El añorado fútbol noventero

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Añoramos el fútbol de los 90 porque en esa década —la última antes de naufragar en el líquido siglo XXI— mutó en el infausto negocio actual.

Como afirma Álvaro Pinuaga en su libro El fútbol de los 90. Del Dream Team a la Francia de Zidane: «Los 90 fueron una década que supuso el tránsito definitivo del fútbol clásico al moderno». Por eso se torna inevitable recordar a aquellos futbolistas peludos, bigotudos, melenudos y hasta con un poco de barriga; aquellos caretos que, al abrir el sobre de cromos, provocaban un escalofrío: imborrable la cara de preso de Trifon Ivanov. Futbolistas de pelo en pecho y mierda en las rodillas, que no se tapaban la boca para hablar en el campo ni tenían miedo a las patadas: eran parte de su oficio y algunos incluso se bajaban las medias hasta los tobillos para demostrar al rival que jugaban sin espinilleras.

En aquella década los partidos se disputaban por mucho que lloviese o nevase, aunque no rodase el balón. Es inevitable añorar las áreas peladas e ingobernables, y las cepas de los postes negras, salpicadas del barro de los tacos del portero. Los balones blancos, sencillos porque su complejidad reside en su redondez. Las camisetas, en aquel entonces, se usaban XXL, los pantalones a medio muslo, y molaban las cadenas de oro asomando por el cuello de la camiseta. Las botas negras, como el atuendo de los árbitros: impartir justicia en un juego injusto podía tener un final trágico, y mejor estar vestido de riguroso luto para la ocasión.

Se llevaban dorsales del 1 al 11 porque el fútbol era más simple: un 3 sabía que tendría que vérselas con un 7 escurridizo y traicionero. En esa década, precisamente, aparecieron los nombres en las camisetas, la publicidad en el pecho y los dorsales más propios del baloncesto. Los jugadores podían convertirse en modelos (de pasarela) fuera del campo. Se acabaron las entrevistas dentro de los vestuarios, y las tácticas organizadas en los despachos empezaron a ser tan importantes como las de la pizarra. Las televisiones invadieron los estadios, y el periodismo deportivo se puso la bufanda. Nacieron los canales de pago: El día después narró magistralmente todo lo que ojo no veía, al tiempo que El Larguero de Cadena Ser rompía la hegemonía del mítico José María García.

El fútbol, en definitiva, empezó el siglo XXI totalmente cambiado, pero pocos intuían hasta que punto mutaría. Como pocos imaginaban que el futbolista más trascendental de la última década del siglo XX sería uno de segunda fila, Jean-Marc Bosman; un jugador que cambiaría el sino del fútbol, y lo haría en los despachos. Todo esto y mucho más cuenta El fútbol de los 90: «Un ejercicio de nostalgia de equipos, partidos y jugadores que dejaron huella en el aficionado y que han formado parte de sus vidas desde entonces».

 

Del Dream Team a la Francia de Zidane

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Hubo momentos en los 90 que los aficionados culés no olvidaran nunca. Por encima de todos, el fútbol brillante y moderno del Dream Team de Cruyff que terminó de desplumar a la “Quinta del Buitre”. Joan Gaspar lo celebró como nadie: tras el legendario gol de Koeman en la final de Copa de Europa en Wembley, se sacudió la resaca con un baño en las frías aguas del Támesis. No era para menos: aquel libre directo fue «la superación de una maldición, la consecución del campeonato más emblemático para la ciudad, en la que ese año se van a jugar los JJOO». La década de los 90 fue increíble para los culés: ¿Quién no contuvo la respiración mientras Djukic colocaba el balón en el punto de penalti justo en el momento en que agonizaba la Liga del 94? ¿Quién no se comió las uñas en los dos finales de infarto en los que la maldición por fin decidió a castigar al eterno rival? A pesar del traumático divorcio entre Cruyff y Nuñez, la semilla ya estaba plantada. Dolió el varapalo de la final europea contra el Milán, pero Gaspar aún disfrutó ondeando la bufanda culé en el césped del Bernabéu, con el himno a todo trapo, tras ganar la Copa del Rey al Betis de Finidi.

«A mediados de los 90 el fútbol se había convertido en un producto de diseño muy distinto del que se había conocido hasta entonces. La prensa empezó a tratarlo de forma radicalmente distinta, con un interés creciente en presentar los estilos de juego como consecuencia de filosofías personales […] Era la época de las fraticidas luchas mediáticas».

Como fraticidas eran las guerras presidenciales. También botó el presidente blanco, Ramón Mendoza, cuando ganaron la Supercopa al Barcelona. En Barajas, al ritmo de «¡Que bote Mendoza!», celebró que las maldiciones de Tenerife parecían cosa del pasado. Aunque, meses más tarde, una manita de los culés en Liga le quitase las ganas de dar botes. Aquel irregular Real Madrid tuvo que reconstruirse tras los últimos vuelos de la “Quinta del Buitre”, y no volvió a tener alas hasta que debutó de un joven delantero de 17 años, con hechuras de torero y un olfato de gol inigualable, de nombre Raúl González. La Champions de 1998 no solo será recordada por el gol (en probable fuera de juego) de Mijatovic, sino también por los 72 minutos que el Bernabéu esperó para que trajeran una portería de recambio. Finalizaba la década, y «el Real Madrid se había convertido en una acumulación de excelentes jugadores pero sin sentido colectivo». Algo que, por otro lado, no impidió que los blancos se hicieran con otra Champions frente al Valencia, en la primera final española de la historia.

«Hay que destacar que en este punto, el fútbol español se vio sometido a una convulsión con la aparición de los jugosos contratos televisivos que llenaron las arcas de los equipos […] En realidad, el Barça y el Madrid se vieron beneficiados con la llegada del maná televisivo que les permitía ingresar un dinero que poco a poco les iría distanciando de forma sideral del resto del conjuntos españoles».   

Pero en aquel fútbol noventero, aunque hubiera diferencias de presupuesto grandes, todavía no eran decisivas, y varias cenicientas intratables demostraron que podían plantarles cara a los dos grandes. El Atlético de Madrid del mítico Jesús Gil y Gil, por ejemplo, consiguió un doblete histórico. Ya lo anunciaba su presidente en las presentaciones de nuevas incorporaciones: «Aquí no hay un duro pero hacemos las cosas a lo grande». También dijo aquello de que al negro le cortaría el cuello, y al resto, si hacía falta, los fusilaría. Y no dudó en hacerlo con los entrenadores: 9 pasaron por el banquillo en solo dos campañas. Para el recuerdo de los colchoneros quedarán los goles de Caminero y Kiko, el sudor de Simeone, la clase de Pantic, y el récord de 1275 minutos de imbatibilidad de Abel: la afición ovacionó a su portero tras encajar el gol de Luis Enrique. Tampoco olvidarán los atléticos que, tras la gloria del doblete, se escondía la estrepitosa caída a los infiernos.

«A lo largo de este binomio negro un factor ha suscitado la atención de toda la España futbolística: el fabuloso comportamiento de la afición colchonera, que en los peores momentos ha llenado el campo y mostrado un apoyo constante a sus maltrechos colores».  

La afición del Deportivo de la Coruña seguramente recordará los 90 con nostalgia. En aquella década se gestó el mítico Super Dépor que asombró a toda Europa. Bajo las órdenes de Arsenio Iglesias, los gallegos pusieron en jaque a los dos grandes. «De repente, el panorama futbolísitico español se vio sacudido por la presencia de una entidad secundaria que, con un fútbol alegre y vistoso, ganaba dentro y fuera de Riazor aportando frescura al campeonato». El penalti de Djukic, sin duda, fue el momento más intenso de la década, aunque el sabio Arsenio lo resumiera en una sola frase: «Mucho que contar y poco que decir». Bebeto, Fran, Mauro Silva, Voro y Donato mantuvieron al Dépor en lo más alto de la tabla durante varias temporadas, y trajeron la Copa del Rey a Riazor, eso sí, tras 72 horas de espera para jugar los últimos instantes de la final, aplazada por una lluvia torrencial. Y lo más importante: plantaron la semilla para vengar aquel penalti de Djukic en el nuevo siglo.

«El fenómeno del Deportivo supuso una alteración tan radical al status quo futbolístico español que puede decirse que casi todos los aficionados adoptaron a los blanquiazules como segundo equipo».

Otro equipo adoptado por todos fue el Zaragoza. La afición maña puede presumir de haber vivido una de sus décadas gloriosas en los 90. Comandados por Pardeza, vivieron su gran noche aquel 10 de mayo de 1995 con el gol de Nayim en el último suspiro. El milagro de Nayim, que diría Martínez de Pisón. Cáceres, Esnéider, Poyet o Higuera dejaron partidos memorables para el recuerdo, como el 6 a 3 que le endosaron al todopoderoso Dream Team, o la final de Copa del 94, contra el Celta, que ganaron en una agónica tanda de penaltis.

Sporting de Gijón, Osasuna, Betis, Sevilla, Espanyol, Athletic y Real Sociedad jugaron la UEFA. Alavés y Tenerife fueron semifinalistas, y el Mallorca de Hector Cúper incluso debutó en la Champions. Otro fútbol, otra emoción.

La maldición nacional

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A nivel de selecciones, los 90 fueron —literalmente— un querer y no poder: «A la hora de la verdad, una maldición parecía perseguir a la escuadra nacional». Tras el célebre oro logrado en Barcelona’92, no se volvió a saborear metal. Dos años antes, el combinado de Luis Suárez había naufragado en Italia’90: pagó carísimo su falta de gol y cayó eliminada en octavos contra Yugoslavia. «Algo lógico si se tiene en cuenta que la mayor parte de los equipos tenían jugadores extranjeros en esas posiciones»; problema que provocó que España ni tan siquiera se clasificase para le Eurocopa de 1992.

Llegó la era Clemente: seis años y un día de continuas peleas del seleccionador con los medios de comunicación. Arrancó su mandato cargándose definitivamente a la “Quinta del Buitre”, al tiempo que insufló aire fresco a la alineación con Caminero, Guerrero o Luis Enrique. Este último protagonizó el momento culminante del Mundial de EEUU: «La imagen de Luis Enrique con la nariz rota da la vuelta al mundo, y supone que la FIFA sancione al defensa milanista con ocho partidos, utilizando por primera vez el vídeo como medio de prueba». Con aquella sangre salpicando el blanco de la camiseta, con aquellos hijos de puta de Luis Enrique, terminó la infancia de toda una generación.

A pesar de contar con más goleadores como Kiko, Raúl o Alfonso, tampoco se logró pasar de cuartos en Inglaterra’96. Precisamente los anfitriones terminaron con la andadura española, en los penaltis. El campeonato, además, concluyó de manera vergonzosa: en el túnel de vestuarios, el seleccionador se enzarzó con el periodista de la Cadena Ser, Jesús Gallego. «Al resultadista Clemente le faltan los resultados», titulaban los periódicos; pero, en realidad, solo en las grandes citas: España se mantuvo imbatida la friolera de tres años y medio, hasta que Francia les venció por 1 a 0 en un amistoso. En el país vecino se jugó el Campeonato del Mundo de 1998 y, tras dos fiascos, llegó la inútil goleada a Bulgaria. «Fiel a su costumbre, España jugó de forma espléndida, y cayó eliminada».

Clemente fue destituido tras una bochornosa derrota contra Chipre, formada por jugadores amateurs. La llegada de Camacho tampoco acabó con la maldición y, en la Eurocopa que inauguraba el nuevo siglo, España volvió a caer en cuartos. Esta vez contra Francia. Esta vez por un penalti que Raúl mandó a las nubes. «El fútbol español no pudo culminar las esperanzas iniciadas con la consecución del oro olímpico de Barcelona’92». Y tardaría aún ocho largos años en lograrlo.

Bonus-track: Imágenes para el recuerdo

Son miles las imágenes que han pasado a la memoria colectiva. Como la sangre manando del muslo de Julen Guerrero tras el pisotón de Simeone en La Catedral. O los sobacos sudados de Camacho en el banquillo nacional. Por supuesto, la de Jesús Gil y Gil en su piscina, teléfono en mano, rodeado de las despampanantes Mamachichos. O la de Guardiola diciéndole al árbitro que no jugaban contra el Atlético. Aquel gol que falló Julio Salinas delante de Pagliuca en Boston, y que cualquiera de nosotros hubiéramos metido.

Todos imitamos el arquero de Kiko. Todos quisimos cabecear como Hierro frente a Dinamarca y que nuestro gol nos clasificase para un Mundial. (Para cabezazos, el de Bakero, en el último suspiro, frente al Kaiserlauten, un gol que a la postre valdría la primera orejona culé.) Todos quisimos imitar en el patio la cabalgada de Ronaldo en Compostela. Y llevar las botas blancas de Alfonso. Y hacer el taconazo de Redondo. Y, de vez en cuando, hasta meter un pisotón como el de Stoichkov a Martín Vázquez. ¿Quién no dijo aquello de: «Rafa, joder, me cago en mi madre, ¿expulsión de quién?»? ¿Cómo olvidar las butifarras de Giovanni en el Bernabéu? ¿Y a Raúl mandando callar al Camp Nou?

Pero si hubo una imagen por encima de todas, esa fue la que nos regaló la última final de Champions del siglo, en el coliseo blaugrana: los jugadores del Bayern tirados por el césped, Pierluigi Collina poniéndoles en pie, las cara de derrota de Oliver Khan.

«Posiblemente no ha habido mejor muestra del dramatismo que se puede vivir en un estadio de fútbol que lo que aconteció en el Camp Nou aquel 26 de mayo de 1999, en el que, en apenas tres minutos, se pudo vivir la gloria y la tragedia del fútbol, de forma tan intensa».

Fútbol en estado puro. Por eso lo añoramos.

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