Infrafútbol en la calle Oscura

 

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Sergio Cortina tiene un ritual los días de partido. Ritual que, por supuesto, se acentúa cuando su equipo, el Real Oviedo, vuelve a jugarse la vida en partidos de playoffs.

Los días previos a las grandes citas, acostumbra a cantar en la ducha las letanías mil veces gritadas a pleno pulmón en el Carlos Tartiere. El día del partido, con la voz perfectamente afinada, se calza su camiseta azul, una reliquia de la temporada 94, y así, pulcramente uniformado, coge el autobús. Se apea, eso sí, cuatro paradas antes del estadio: un aficionado que se precie llega a pie a las puertas de su coliseo. De camino, se agencia una bolsa de pipas. Pertrechado, una vez dentro del estadio, da el último paso: acercarse a las estatuas de Carlos Tartiere y de Armando: un aficionado que se precie muestra respeto a los antepasados antes de la batalla. Entonces —solo entonces—, puede sentarse en su butaca, abrir la bolsa de pipas y disfrutar del sufrimiento de una luminosa tarde de infrafútbol.

Los que arden en el infrafútbol han aprendido una valiosa lección: no es lo mismo ser que estar. No tiene nada que ver «estar de aficionado», escribe Cortina en Saliendo de la calle Oscura, «que ser aficionado». Y añade: «Serlo de corazón». Para ser primero hay que estar, y convivir con la muerte acechando en cada córner. Ser aficionado de corazón es paladear un grasiento bocadillo como si de una delicatessen se tratase. Es aprender que los santos no están el césped, sino sentados a tu lado, ondeando tu misma bufanda. Es recorrer sin brújula el mapa del infrafútbol por sus carreteras secundarias. Un territorio donde no valen las amantes; solo se sobrevive manteniendo la llama del amor para toda la vida.

No es lo mismo ser que estar. De hecho, Sergio Cortina empezó a ser aficionado antes de estar en el estadio. Se enamoró del club de camino al baño del bar Chicote. En el pasillo, se pudría un póster de la plantilla con la que Vicente Mir había logrado el ascenso en la temporada 1987-88. No todas las fiebres tienen que comenzar como la de Hornby y, muchas veces, como dice Cortina, «uno se enamora de las cosas importantes sin darse cuenta». Hasta los doce años no pisó el Tartiere; pero ya intuía que había elegido el camino empedrado, y que animar al Oviedo convertiría el resto de su vida en una carrera de obstáculos.

«El Oviedo es un equipo que reúne dos condiciones perfectas para joderte la vida:», dice, «es pequeño y es histórico». Haber sido un equipo de Primera. Haber jugado en Europa. Haber demostrado estar por encima de los vecinos del Sporting. «Ningún oviedista ha crecido sin saber que nuestro sitio es Primera», sentencia Cortina. Mirar el cielo desde las profundidades del infrafútbol, y ver reflejado lo que fuiste, quizás sea el peor de los castigos.

 

Un Sísifo con la camiseta del Oviedo

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Sísifo era el más sabio de los hombres. Unos dicen que fue castigado por su afición a asesinar viajeros, mientras otros, que por revelar los secretos de los dioses. Albert Camus lo definió como el héroe absurdo, por sus pasiones y su tormento. Sísifo odiaba a los dioses. Y despreciaba tanto a la muerte que encadenó a Tánatos. Durante días, nadie falleció. Su descaro le valió el destierro al inframundo, y el castigo de acarrear eternamente la piedra montaña arriba para que, una vez en la cima, rodase de nuevo cuesta abajo.

Algo de Sísifo tiene el aficionado que, cada domingo, vuelve a bajar con fe renovada hasta las profundidades del infrafútbol. Se anuda la bufanda al cuello ilusionado, observa con optimismo el césped, siente ese cosquilleo cuando el árbitro pita el inicio; sin embargo, la mayoría de las tardes, cuando el colegiado señala el final, los tres pitidos resuenan tristes en el estadio. Ese tipo de hincha sabe que la temporada puede pesar más que cualquier roca, pero irremediablemente se preparará para la siguiente como si fuera la primera. No hay cima inalcanzable para él. No hay piedra inamovible: todo es cuestión de fe ahí abajo donde no llegan las cámaras de televisión.

¿Quién dice que en la victoria esté la felicidad? ¿Quién puede afirmar que Sísifo, en el mismo instante en que corona, no sonría satisfecho por el trabajo bien hecho? ¿Quién sabe si, algunos días, desciende feliz la montaña sabiendo que ha cumplido con su parte? En ese momento, decía Camus, Sísifo engaña a su destino y, durante unos segundos, su fe es más fuerte que la roca. La de Cortina floreció la primera vez que pisó el Tartiere, en 1991, cuando su padre le llevó a ver un partido contra el Real Madrid que acabó con victoria de los locales en el descuento. David había vencido a Goliat, y la fábula le fascinó. Desde entonces, volvió un domingo tras otro al Tartiere.

El Oviedo vivía la segunda época dorada: tras acabar la Liga en sexta posición, se clasificó para la UEFA por primera vez en su historia. Le sobrarían cinco minutos contra el Génova, pero esa temporada llegaron otras alegrías, como la victoria en el Camp Nou contra el Dream Team. Al abandonar el banquillo Radomir Antic, el equipo perdió la brújula y naufragó en desgracias: la retirada de Carlos, la muerte de Peter Dubovsky, el estreno del Nuevo Carlos Tartiere. «Aquel estadio», recuerda Cortina, «como ni niñez, ya no existe. En su lugar han levantado un edificio absurdo diseñado por Calatrava». Y eso no sería lo peor. Vino el descenso a Segunda. Y el descenso a Segunda B. Y el descenso administrativo a Tercera. «En aquel preciso instante, en el umbral de la adolescencia, me pareció que el Oviedo y yo crecíamos realmente al mismo ritmo».

A medida que Cortina superaba la adolescencia, el Oviedo se hundía en lo más profundo del infrafútbol. Entonces, muchos oviedistas se convirtieron en «Sísifos arrollados por una piedra en la que cabalgan Lángara y los goleadores monstruosos en los albores del fútbol». El brillante pasado del club pesaba como una piedra, pero aquel era el momento ideal para demostrar que se era aficionado y no solamente se estaba en la grada. El momento de encender la llama, de dejar atrás a Sísifo para robarle el fuego a Prometeo.

Cortina participó en la campaña para reclutar socios y abonados, y así, insuflar una nueva vida a un club que agoniazaba. «El Oviedo ya había dejado de ser un equipo como cualquier otro porque en mitad de la calle Oscura su gente decidió que fuera único». Fue entonces cuando «supo que el fútbol iba a estar presente durante el resto de mi vida. Y también que mi lugar en el mundo estaba junto al equipo». Y ha estado junto a su equipo en nueve sufridos playoffs. Dos años menos de vida, calcula. Y es que, como él dice, «las aficiones son mantas cosidas a retales que abrigan mucho, pero también pueden dejarte con el culo al aire la noche menos pensada».

¿No se trata de eso? A simple vista pueden parecer veintidós tíos corriendo en calzones detrás de un balón, pero no es tan sencillo. «Podemos barnizarlo de literatura», dice Sergio Cortina, «pero al final el fútbol es un juego tan elemental como las emociones». Y esa simpleza, precisamente, lo hace tan especial.

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