El balón de fútbol de Gerardo Diego

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A Gerardo Diego poco le importaban los royaltis. Mientras decenas de periodistas y novelistas discutían sobre cómo debía llamarse al juego —piebalón, fudbol, pilapie, bolopie y hasta esferomaquia— él se centró en lo verdaderamente importante: zurcir un balón a base de versos. «Tener un balón, Dios mío. / Qué planeta de fortuna» fue el comienzo de su poema Balón de fútbol. Gerardo Diego sabía que daba igual que lo llamasen balompié, furbol o bolapie; lo que mandaba era el balón. Esa maraña de papel, cinta y poesía que callejea en las barriadas pobres. O de plástico naranja, que bota en los patios de los colegios. O de cuero picado que se disputa en los campos de tierra. O esa blanca y negra, que se desliza en la alfombra verde de un estadio.

«Tener un balón, Dios mío.»

Ya los griegos filosofaban sobre la existencia de algo más perfecto que la sphaîra. Cuatro siglos antes, Tsao Tse y Yang Tse documentaron un juego de pelota, el Tsu-Chu, con el que el emperador Xeng-Ti ponía en forma a su tropa. Jugaban como tú en el barrio, pero ellos en las campas del palacio real, con un lazo de seda a modo de larguero uniendo dos palos de bambú separados por ocho metros. La pelota —un pellejo relleno de crines, virutas, estopa o vegetales— nunca se tocaba con las manos. Si alguno osaba perderla, la pagaba con la vida.

Esa era la diferencia entre tener un balón y no tenerlo. La verdadera cuestión; una cuestión vital ante la que ni siquiera Hamlet hubiese dudado. En el barrio, aunque eran sagradas hasta las de pichiglás, no nos lo tomábamos tan a pecho como los chinos: si alguno la colgaba o la pinchaba, se solucionaba con un par de capones o un buen soplamocos. Pero tanto a las antiguas civilizaciones, como a Gerardo Diego y a todos nosotros, nos conquistó lo mismo: esa redondez tan simple que bastaba para dibujar los goles más hermosos del mundo.

«Vamos a los Arenales:
cinco hectáreas de desierto,
cuadro y recuadro del puerto.
Qué olor a Tabacalera.
–Suelta ya el balón, Incera.
–No somos once.—No importa.
Si no hay eleven hay seven.
Qué elegante es el inglés;
decir sportman, team, back;
gritar goal, corner, penalty.
(Aún no se ha abierto el Royalty.)» 

Tener un balón, ese pellejo inflado de magia: con un bote, convertía un polvoriento descampado en el más lujoso de los estadios, y una plaza pedregosa, en el teatro de nuestros sueños. Poco importaba que la portería fuesen dos pilas de mochilas, los pilares de un soportal o las patas de un banco. Nada se resistía a su magia. No había escuadras sino en nuestra imaginación, y el larguero era el salto del portero con el brazo extendido. Más arriba solo estaban los peligrosos balcones donde podía terminar colgada tu felicidad.

«–Marca tú la portería:
textos y guardarropía.
–Somos siete contra siete.
Un portero y un defensa,
dos medios, tres delanteros:
eso se llama la uve.»

De todo se ha escrito sobre la pelota. San Isidoro de Sevilla la llamaba pila porque se rellenaba de pelos, pili. Julián García Candau contó que la primera que se chutó en Inglaterra fue la cabeza de un soldado romano. Giraudoux sentenció que la pelota estaba en la vida, pero que escapaba a sus leyes. Tanto que Juan Parra del Riego afirmó que zumbaba, volaba, reía y hasta cantaba. Wenceslao Fernández no le encontró la música, pero en el primer partido que vio se percató de que representaba una riqueza.

Cruyff convirtió esa riqueza en su filosofía: tenerla siempre acercaba a la victoria. Ramiro Pinilla, sin muchos rodeos, dijo que «el fútbol solo es el jodido balón». Patxo Unzueta tiró de adjetivos: todo dependía de que «la bola elástica, voluble por definición, decida circular unos centímetros arriba o abajo, derecha o izquierda». Para Montero Glez «no hay una manera de jugar sino tantas como balones», mientras que Juan Tallón dijo que, para que corresponda, «merece ser tratado de usted». Su tocayo Juan Villoro fue más lejos: para él, hasta Dios era redondo.

«Y a jugar. Vale la carga.
Pero no la zancadilla.
Yo miedo nunca lo tuve.
(Una brecha en la espinilla.)»

Toques y toques al mismo balón con el que compartiste la infancia. Escuchaste a Maradona decir que la pelota no se manchaba, y no entendías nada; la tuya se manchaba, se picaba, se desinflaba y hasta reventaba. Tú solo sabías que con una sphaîra entre las playeras nunca estarías solo. «Tener un balón, Dios mío». No te hacía falta nada más. Ni nadie más. Tú, el balón y un bordillo. No entendías de protocolo, y lo de llamar de usted no se usaba en tu barrio. Le decías balón, y era tu leal escudero. Cuando la llamabas pelota, se convertía en la novia más fiel.

«Ya se desinfla el balón.
Sopla tú fuerte la goma.
Ata ya el cuero marrón.
El de badana en colores
déjaselo a los menores
para botar con la mano.
–Mañana a la Magdalena
a jugar contra el “Piquío”.
Y al “Plazuela”, desafío».

Podías decirle balón delante de tus colegas pero, en la intimidad, siempre la tratabas como pelota. Nos había salvado, como a Oliver Atom, de morir atropellados por el camión de la infancia, y hasta Patty asumió su eterno papel de segundo plato. No podía competir con la pelota: tú preferías mil veces dejarte el alma corriendo detrás de sus inalcanzables botes, que tras el vuelo floreado de la falda más corta del patio. Tener un balón, y que resuene la poesía de su botes. «Tener un balón, Dios mío. / Qué país de fortuna».

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