Un encontronazo poético

 

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José María de Cossío contestaba con una pregunta cuando le comentaban su pasado como presidente del Racing de Santander: «¿Qué inconveniente puede haber en eso?», respondía a su interlocutor. «Es como si usted me dijera que he sido —y soy— aficionado a leer toda clase de libros y a comer bien, lo mejor posible. ¿Es que leer buenos libros y comer bien son cosas incompatibles?». Paladeaba la buena literatura que encontraba en la biblioteca Marcelino Menéndez Pelayo, apreciaba una diestra verónica en el ruedo y le emocionaba la plasticidad de una estirada del arquero. ¿Por qué elegir? Cossío escribió Los Toros, la biblia de la tauromaquia, y al mismo tiempo, además de presidir el Racing entre 1932 y 36, participó activamente en la reestructuración de la Liga en los años en que taurinos y futboleros más estocadas y patadas se lanzaron.

Siempre abierto a cualquier tipo de arte, futbolistas, poetas y toreros visitaron su casa de Tudanca. Mediado mayo de 1928, Rafael Alberti aceptó su invitación para retirarse a la casona y alejarse del ruido que nublaba los versos en su cabeza. No atravesaba un buen momento, falto de inspiración. Desde que recibiera el premio Nacional de Poesía, tres años antes, el manantial de rimas parecía haberse secado. Necesitaba huir de los demonios, de los insomnios, de las pesadillas. Debía desarraigarse del mar al que había dedicado sus primeros versos. Olvidarse de la voz del Marinero en tierra.

Llegó a Tudanca una noche lluviosa, a caballo, alumbrando la oscuridad con un farol; pero el tortuoso y embarrado camino mereció la pena: pronto se encontró como en su hogar en aquel villorrio de cuarenta casas. Leía al calor de la chimenea, arrullado en los sillones fraileros de la biblioteca de Cossío, mientras jugueteaba con Carlota, una criada a la que comparaba con una corza escurridiza. Olvidó el naufragio que lo ahogaba al agarrar la pluma. Olvidó el horizonte infinito del mar, se afianzó en la firmeza de la orilla. Y entre lectura y lectura, empezó a escribir.

Aquellos días en Tudanca cambiaron su escritura. Nunca más volvería al verso corto. Escribió, entre otros, Tres recuerdos del cielo en homenaje a Bécquer; pero el poema que marcaría su plácida estancia en Tudanca vino inspirado por un partido de fútbol, como relató en La arboleda perdida, sus memorias:

«De pronto, dejando a un lado alas y tinieblas, hice una oda a un futbolista —Platko—, heroico guardameta en un partido entre el Real de San Sebastián y el Barcelona. Fue en Santander: 20 de mayo de 1928. Allí fui con Cossío a presenciarlo. Un partido brutal, el Cantábrico al fondo, entre vascos y catalanes. Se jugaba al fútbol, pero también al nacionalismo. La violencia por parte de los vascos era inusitada. Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán».

Artistas en la grada

La poesía nace de una chispa, de un segundo que ilumina con luz propia. La de Rafael Alberti se gestó en un choque, en un encontronazo brutal. Sucedió en el Sport Sardinero, en el primer partido de la final de Copa entre el FC Barcelona y la Real Sociedad.

En la grada, Cossío y Alberti se mezclaron con el numeroso público. Casi veinte mil almas se habían dado cita en el estadio. Charlaron con algunos cronistas sobre la rivalidad entre los dos equipos y la posibilidad de que el FC Barcelona se quedase el trofeo en propiedad si ganaban. Aquella podía ser su quinta Copa. Cuando se disponían a sentarse, se encontraron con un amigo común: el tanguista Carlos Gardel, aprovechando su tercera gira por España, había acudido al partido invitado por sus amigos Josep Samitier, El Mago del Balón, y Ferenc Platko, El oso rubio de Hungría. Entre choques de manos y palmaditas, Gardel les contó que se había tomado un descanso en la gira para acompañar a la expedición blaugrana hasta Santander.

Arrancó el partido. Llovía, bufaba el viento sobre los futbolistas. La Real Sociedad, en los primeros compases, dejó claro que vendería cara su derrota y comenzó el asedio al área defendida por Platko. El guardameta húngaro blocaba con seguridad por alto, achicaba espacios con temerarias salidas y sacaba en corto a pesar del barro. Cossío conocía bien al equipo catalán: había ayudado al club con más de un fichaje y sabía de primera mano que las negociaciones con el MTK de Budapest, seis temporadas atrás, para hacerse con los servicios de Platko, no habían sido fáciles, pero sí fructíferas: con él bajo palos, el Barcelona había logrado cinco Campeonatos de Cataluña, uno de España y dos Copas del Rey.

Corría el minuto 40 cuando se produjo el violento choque entre Cholín, delantero de la Real, y Platko. Así lo relataría el cronista de Sport Cantabria:

«Cuando la Real estaba achuchando la portería catalana, su delantero centro Cholín, en una posición envidiable, avanzó hasta la portería. Cuando el gol parecía inevitable, el guardameta Platko realizó una gran estirada y se arrojó sobre el pie del jugador donostiarra conteniendo así el tiro, pero a cambio de recibir en la cabeza el golpe destinado al balón. La patada fue brutal, Platko quedó conmocionado y tuvieron que retirarle del campo para aplicarle seis puntos de sutura en la herida ensangrentada».

Aquella final pasó a los anales porque no solo se disputó con un balón, sino también con tinta. Su historia se dirimió en el césped, y en hojas en blanco. Y el resultado no solo se cantó con goles, también con versos.   

Un vendaje ensangrentado

Alberti quedó impresionado al ver a Platko sangrando sobre el barro. El guardameta se había lanzado a por el balón como si de aquella parada dependiese su vida. «En medio de ovaciones y de gritos de protesta», recordó Alberti en sus memorias, «fue levantado en hombros por los suyos y sacado del campo, cundiendo el desánimo entre sus filas al ser sustituido por otro». Desde la grada, los tres artistas vieron cómo Platko se arrodillaba en la banda para que los médicos detuviesen la hemorragia con un vendaje.

Así se llegó al descanso. Carlos Gardel lo aprovechó para acercarse a animar a los futbolistas culés mientras, en la grada, las protestas encendían a los hinchas. Hubo acalorados enfrentamientos, y la Guardia Civil repartió culetazos para enfriar el ambiente hasta que Pedro Vallana señaló el comienzo de la segunda mitad.

El público se mantuvo expectante, pero Platko no saltó al campo con sus compañeros tras el descanso. Tampoco Samitier, atendido por otro golpe que los médicos le cerraron con un punto de sutura. El Barcelona salió con 9 jugadores, y el juego duro avivó las iras de los aficionados, que solo se calmaron con la vuelta de Samitier. «Mas, cuando el partido estaba tocando a su fin —relató Alberti—, apareció Platko de nuevo, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar». La venda, con la lluvia, el barro y las estiradas, se desprendió lentamente hasta dejar al descubierto el flequillo rubio teñido de sangre. En el minuto 63, Samitier abrió la lata a pase de Piera. «La reacción del Barcelona fue instantánea. A los pocos segundos, el gol de la victoria penetró por el arco de la Real, que abandonó la cancha entre la ira de muchos y los desilusionados aplausos de sus partidarios».

El partido, en realidad, acabó con empate a un gol. Faltando siete minutos para el final, Mariscal logró el empate rematando un centro de Kiriki. Quizás Alberti lo sintió como una victoria porque, con cada parada del Oso Rubio de Hungría, un verso encendía un fogonazo en su imaginación. El vendaje ensangrentado de coraje no solo arrancó miles de aplausos a la grada, también una oda a la pluma de Alberti.

Un tango al Mago, una oda al Oso

«Por la noche, en el hotel, nos reunimos con los catalanes. Se entonó Els Segadors y se ondearon banderas separatistas. Y una persona que nos había acompañado a Cossío y a mí durante el partido cantó, con verdadero arte y maestría, tangos argentinos». Mientras Gardel ponía música a la noche, en las mesas se comentaba que el famoso vendaje de Platko se lo había ajustado con sus propias manos el cantante argentino. En todos los corrillos se hablaba del portero: de sus años en el WAC Viena, de su paso por el MTK de Budapest, del Middlesbrough y de la temporada en la liga checoslovaca con el Sparta de Praga; de cómo había madurado en Les Corts hasta convertirse en el único que podía competir con la alargada sombra de Ricardo Zamora.

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Tras la fiesta, los tres artistas decidieron tomar un coche y recorrer algunos pueblos olvidados en las profundidades de Castilla. Antes de partir, visitaron al portero en el hospital. En la habitación encontraron a Samitier, también recuperándose de los golpes. Vestía de traje y el vendaje en la frente desentonaba con su elegancia. Una foto inmortalizó el momento: Platko, recostado en la cama, la cabeza totalmente vendada, Samitier sentado en el filo de la cama, y Gardel al otro lado, en una silla junto al convaleciente.

Finalizada la gira, Gardel le dedicó un tango a su amigo Samitier. Antes ya lo había bautizado cuando dijo: «El domingo no se comprometan: iremos a la cancha a ver jugar al Mago del Balón».

De las playas argentinas, donde el tango es la ilusión,
tú mereces, bravo Sami, que te brinden la canción,
tú mereces que las notas de un tanguito de arrabal,
lloren penas por tu ausencia, que quizás nos cause mal.
Cuando el tango, rezongando, nos murmure “Samitier”,
caballero que has dejado mil recuerdos por doquier,
brindaremos nuestro aplauso por el “Mago del Balón”,
que vivir horas nos hizo, de entusiasmo y emoción.

¡Sami!
capitán del Barcelona…
con tu juego, que emociona,
nos has hecho estremecer…
¡Sami!
portador de la nobleza
de tu tierra de grandeza…
¡caballero Samitier!

Cuando llegues a tus lares, a tu tierra la inmortal,
y en los campos de la añeja, de la fiel Ciudad Condal,
tu silueta se deslice sobre el césped tentador,
y retumben los espacios, ante el grito alentador,
no te olvides ¡bravo Sami! ¡valeroso capitán!
que los buenos argentinos te recuerdan con afán
pues dejaste en el Plata simpatías por doquier,
¡capitán del Barcelona!… ¡caballero Samitier!

Siete días después del encontronazo, apareció en La Voz de Cantabria un larga oda con el héroe de aquella tarde, el Oso Rubio de Hungría, como protagonista, y dedicada a «José Samitier, capitán». La firmaba Rafael Alberti. Un año después quedaría recogida en A cal y canto, poemario que comenzó a gestarse entre las paredes de la casona de Tudanca.

«Ni el mar,
que frente a ti saltaba sin poder defenderte.
Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.
Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,
guardameta en el polvo,
pararrayos.

No nadie, nadie, nadie.
Camisetas azules y blancas, sobre el aire.
Camisetas reales,
contrarias, contra ti, volando y arrastrándote.
Platko, Platko lejano,
rubio Platko tronchado,
tigre ardiente en la yerba de otro país.

¡Tú, llave, Platko, tu llave rota,
llave áurea caída ante el pórtico áureo!
No nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Volvió su espalda al cielo.

Camisetas azules y granas flamearon,
apagadas sin viento.
El mar, vueltos los ojos,
se tumbó y nada dijo.
Sangrando en los ojales,
sangrando por ti, Platko,
por ti, sangre de Hungría,
sin tu sangre, tu impulso, tu parada, tu salto
temieron las insignias.
No nadie, Platko, nadie,
nadie se olvida.

Fue la vuelta del mar.
Fueron diez rápidas banderas
incendiadas sin freno.
Fue la vuelta del viento.
La vuelta al corazón de la esperanza.
Fue tu vuelta.
Azul heroico y grana,
mando el aire en las venas.
Alas, alas celestes y blancas,
rotas alas, combatidas, sin plumas,
escalaron la yerba.
Y el aire tuvo piernas,
tronco, brazos, cabeza.

¡Y todo por ti, Platko,
rubio Platko de Hungría!
Y en tu honor, por tu vuelta,
porque volviste el pulso perdido a la pelea,
en el arco contrario al viento abrió una brecha.

Nadie, nadie se olvida.
El cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan.
Las insignias.
Las doradas insignias, flores de los ojales,
cerradas, por ti abiertas.

No nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Ni el final: tu salida,
oso rubio de sangre,
desmayada bandera en hombros por el campo.

¡Oh, Platko, Platko, Platko
tú, tan lejos de Hungría!
¿Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte?
Nadie, nadie se olvida,
no, nadie, nadie, nadie».

La historia de aquella final, sin embargo, no terminó con los versos de Alberti. Tampoco con aquel primer choque. Se jugó un segundo encuentro de desempate que finalizó, de nuevo, con empate a uno. En el tercero, el FC Barcelona venció por tres goles a uno. La Real Sociedad, no obstante, no salió del todo derrotada: aquel 20 de mayo de 1928 otro poeta, pero de corazón blanquiazul, también se encontraba en la grada.


 

FUENTES:

La arboleda perdida, Rafael Alberti.

365 Historias del fútbol mundial que deberías conocer, Alfredo Relaño.

GARDEL.ES. La canción del Barça, Marcelo O. Martínez.

Platko, el oso rubio de Hungría, ABC.

 

 

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