Los irreductibles piratas del fútbol

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El Sankt Pauli es el equipo del fútbol moderno más parecido a los Missionaries of Empire, nombre con el que bautizaron a los jugadores del Corinthian FC. Hace más de un siglo, un grupo de futbolistas amateurs decidieron plantarse y mantener su condición como tal, mientras el resto de clubes se dejaban seducir por las dulces mieles del profesionalismo. Aquellos hombres jugaban a la contra: todos los beneficios que conseguían con los partidos de football y rugby, los invertían en variados fines sociales. Su único objetivo era marcar más goles que el rival cuando saltaban al césped. Y así pasaron a la historia: futbolistas amateurs que jugaron por el simple gusto de competir y disfrutar, y que, de hecho, demostraron hacerlo con más calidad que los profesionales cuando, en 1894, la selección inglesa se enfrentó a la de Gales, y todos los jugadores ingleses pertenecían al Corinthian.

El arte por el arte, el fútbol por el fútbol. Romanticismo a patadas, sí. Pero también convicción, valores, respeto. El Corinthian FC decidió plantar cara hasta las últimas consecuencias a un movimiento, el profesionalismo, que terminó cambiando el destino del fútbol para siempre. Más de un siglo después, cuando otro movimiento más agresivo está modificando el rumbo del fútbol mundial a golpe de talonario, otro equipo ha decidido plantar cara. Por supuesto no se trata de un club grande con un laureado historial deportivo, sino más bien de un pequeño David rebelde que, en vez de una honda, enarbola banderas rojas y negras con una calavera contra el temido Goliat financiero.

Los Piratas del fútbol surcan el río Elba, y es habitual verlos naufragar en el infrafútbol alemán. Pero ya se sabe: los piratas nunca siguen la corriente porque donde mejor se manejan es en mares revueltos. Los días de partido, cientos de velas negras se izan en el graderío poblándolo de calaveras y tibias, ese «emblema que usamos los pobres contra los conjuntos ricos», Sven Brux dixit. Sus bucaneros, uniformados de marrón y blanco, se arman de cervezas para incendiar el estadio con bengalas y cánticos reivindicativos. No se muerden la lengua: lo mismo increpan al político de turno que al patrón de su propio barco cuando toma el rumbo equivocado. Antes de los partidos, retruenan acordes de AC/DC, nada de remilgada música comercial. En Millerntor solo se escucha la música del barrio, y se ha prohibido la agresiva publicidad que reina en la mayoría de estadios.

Los Boys in Brown, como cuentan Carlos Viñas y Natxo Parra en el libro St. Pauli. Otro fútbol es posible«se convirtió el primer equipo alemán en prohibir oficialmente los cánticos racistas y las banderas neonazis en su estadio». Excepto fascistas y racistas, todo el mundo es bienvenido en las gradas de Millerntor: punkis, okupas, anarcos, ultras, aficionados venidos desde todos los confines del mapa, hinchas de cualquier raza o religión. Y mujeres, sobre todo mujeres. No en vano, es «el equipo europeo que cuenta con mayor presencia femenina en su estadio». Quizás este mestizaje tan peculiar hace que un partido de los sankt paulianers no sea simplemente ver fútbol porque, en Millerntor, lo más importante no sucede en el césped sino en la grada. Quizás por eso mismo el Sankt Pauli se ha convertido, para más de 20 millones de aficionados de todo el mundo, en el buque insignia con el que amotinarse contra el odioso negocio en que un puñado de poderosos pretenden convertir el fútbol de todos.

Sus futbolistas tienen alma de piratas, pero no ansían el cofre del tesoro. Todo lo contrario: el club ha vetado los nombres en las camisetas y los sueldos astronómicos. Tampoco ansían llenar las vitrinas de su museo con relucientes trofeos. La idea no es esa, sino crear una «simbiosis, comunión, unidad de acción en todos los ámbitos y en todos los frentes, el deportivo y el social. Todos a una, futbolistas, técnicos, directivos y aficionados». A través de Fanclubs, se invierte parte de los ingresos en programas para mejorar la convivencia en el barrio, educar a los más jóvenes o rescatar a minorías desfavorecidas socialmente. Sus jugadores tienen corazón de piratas, pero no son mercenarios que se dejan embaucar por cantos de sirenas. Todo lo contrario: promueven el respeto a unos colores, una historia y un barrio muchas veces maltratado socialmente.

Unión, cooperación, equipo: lo colectivo frente al individualismo feroz del siglo XXI. «No se puede entender el equipo sin el barrio, de la misma manera que no se puede entender el barrio sin equipo». Por eso atrae, reflexionan Viñas y Parra, «por lo que representa, por su lejanía respecto al resto de clubes profesionalizados, por los mensajes claros y nítidos que ofrece ante cualquier problemática social y porque es un club de fútbol singular y cercano».

Otro fútbol, ¿es posible?

CarlesVinasNatxoParra_StPauli-450x702Esa es la pregunta más importante a la que se enfrenta el Sankt Pauli: realmente, ¿es posible otro fútbol? ¿Se puede navegar eternamente contracorriente? ¿Resistirá el buque los envites del tsunami económico que engulle la esencia del fútbol?

Millenrtor se ha convertido en el corazón de un barrio que es y ha sido rojo desde sus inicios. Los primeros trabajadores portuarios se mezclaron con prostitutas, mendigos y apestados, mientras el barrio no dejaba de crecer a espaldas de Hamburgo. Llegaron estripers, pícaros y gánsters que, décadas después, dejaron paso a los autónomos, los punks y los okupas. En la actualidad, conviven familias humildes de clase trabajadora, estudiantes, inmigrantes, refugiados, poetas, escritores, artistas. Un barrio que sufrió los ataques de los daneses en 1833, y se reconstruyó piedra a piedra. Que renació de sus cenizas tras el incendio de 1843. Que quedó aislado del resto de la ciudad, hasta 1860, por una puerta con el mismo nombre que el actual estadio, pero sobrevivió. Abocado a la oscuridad de la noche, hizo de ella su modo de vida y, «desde entonces, la concreción de una comunidad obrera, al abrigo del crecimiento industrial, convirtió St. Pauli en un feudo de izquierdas».

Durante el nazismo, a pesar de que Hamburgo fue una de las cinco ciudades del Fürher, el St. Pauli no incluyó la clausula aria en sus estatutos hasta 1940. Los bombardeos británicos dañaron el estadio y destruyeron los archivos que contenían el pasado del club, pero el St. Pauli continuó mirando al futuro para reconstruir su historia. Sus hinchas bailaban los ritmos prohibidos del swing y el rock, y fueron perseguidos por asozialen. Multitud de huelgas, manifestaciones y enfrentamientos con la policía han forjado la historia de este barrio obrero, contestatario, reivindicativo, antisocial, luchador. Y ese espíritu, heredado por el club, es con el que se enfrenta al fútbol moderno: «Es un posicionamiento político y una apuesta por un modelo diferente del deporte, por la concepción de los clubes como algo más que la organización profesionalizada de una actividad deportiva».

Siempre demostraron ser un club diferente. No se amilanaron, mediados los 80, ante el creciente hooliganismo que infestaba las gradas de toda Europa. El club tomó una posición clara de rechazo y lucha, y fue entonces cuando llegó la «transformación: la del club de fútbol de barrio hasta entonces despolitizado que acabó convirtiéndose en un referente del fútbol rebelde a nivel internacional». Paro, precariedad social y miseria han azotado al barrio a lo largo de su historia pero, al mismo tiempo, han transformado el fútbol en algo más que un simple deporte: es una forma de afrontar el día a día, una manera de combatir desde lo colectivo, un estilo de vida.

La televisión se encargó del resto, llevando la calavera pirata a las pantallas de medio mundo. Camuflado en su propio caballo de Troya, los sankt-paulianers se han colado entre los clubes más seguidos del globo. Han conseguido introducir su fútbol político y cooperativo como opción al económico. Su fútbol de barrio frente al globalizado. Lo colectivo como opción ante el individualismo atroz de las sociedades modernas. Sin embargo, al mismo tiempo que su fama se esparcía por todos los rincones del mundo, comenzaron a aflorar las primeras voces críticas. La creciente comercialización del equipo provoca que la calavera corra el riesgo de convertirse en otro símbolo más fagocitado por las modas capitalistas, como ya lo fueron los propios AC/DC o el Che Guevara.

¿Se puede luchar sin capital, proyección y merchandising? «Es esta la disyuntiva a la que se enfrenta el club», escriben Viñas y Parra. «La lucha entre los que creen en la profesionalización para alcanzar el ascenso a la Bundesliga sin perder el carácter rebelde, y aquellos que perciben esta inversión como un paso más hacia la mayor comercialización de la entidad y, en consecuencia, hacia la pérdida de valores». ¿Se puede cambiar pero seguir siendo fiel a uno mismo? «Lo más importante no eran el resultado ni los éxitos deportivos. Al menos en St. Pauli eso nunca ha sido una prioridad».

Poco importa que el buque naufrague irremediablemente cada vez que se adentra en los profundos mares de la Bundesliga. En el césped de Millenrtor una derrota puede esconder una victoria, y aprender a celebrarla se ha convertido en una filosofía de vida. Su centenaria historia demuestra que no ha habido marea ni viento que haya obligado a cambiar el rumbo a estos irreductibles piratas. Porque, al fin y al cabo, siempre quedará el tesoro: el placer de jugar.

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