El portero que esculpió el barro

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Siete metros y treinta dos centímetros, de cepa a cepa. Dos metros y cuarenta y cuatro centímetros, del corazón del área al cielo del larguero. Eduardo Chillida se repetía a sí mismo las medidas, mientras se arremangaba el jersey y flexionaba las rodillas. La ropa de calle no era la más cómoda para volar. Pero un portero lo es cargue o no con el peso del uno en la espalda. Llovía con una suavidad insoportablemente gris, como acostumbra en Donosti, y sus zapatos se hundían en el barrizal de la portería. Al borde del área, como bolas de cañón, una hilera de balones moteaba la negrura del barro.

Aquella tarde Chillida había llegado a Atocha vestido de calle, con la armadura de portero bajo el brazo. Benito Díaz, el tío Benito, le había convocado para una prueba. Si la superaba, ficharía por el primer equipo de la Real Sociedad. Los clubes buscaban nuevos ases después de la guerra. Un ojeador lo había visto en el Campeonato de Guipúzcoa, y había comentado que apuntaba maneras. Y que nada tenía que ver con ser hijo de quién era. Lo llamaban el Gato.

Cuando Chillida se dirigía al vestuario, el tío Benito le dijo que no se cambiase. Que fuera para la portería. «De repente me encontré bajo los palos», recordaba Chillida en ABC«tirándome en el barrizal, mientras varios jugadores disparaban sin parar. Llegué a casa con un aspecto lamentable. Unos días después, Díaz me mandó llamar: «Estás fichado», me dijo. De esta manera empezó todo». De esta manera arrancó una relación, fugaz pero eterna, entre un portero y la geometría de los tres palos que defendía.

El sueño de un presidente

El fútbol es una enfermedad que se transmite de padres a hijos. El de Eduardo, Pedro Chillida, ejercía como Presidente de la Real Sociedad. Y tenía un sueño anclado entre ceja y ceja: devolver al club, uno de los diez fundadores de la Liga, y la ciudad de Donosti, al lugar que les correspondía: Primera División. Imposible que su hijo se librarse de la fiebre.

El 27 de septiembre de 1942, Eduardo debutó como guardameta titular en el primer equipo de la Real Sociedad. Pedro se preparó para las críticas. Sabía que un portero suele llevar las de perder, y que los goles pesan el doble si eres el hijo del que manda. Aquella temporada, padre e hijo hablaban acalorados sobre los partidos a todas horas. Durante la comida, repasaban incansablemente cada jugada. Con el café, hacían cávalas sobre las posibilidades de ascenso. Algunas sobremesas se alargaban hasta la cena, discutiendo las nuevas variantes de la WM que el tío Benito había importado del Girondins de Bordeaux, en su exilio durante la guerra.

Arrancó el campeonato con derrota frente a Osasuna, en Navarra, por tres a dos. Durante unos días, en el hogar de los Chillida flotó una extraña frustración que, como una niebla pasajera, se esfumó con la victoria por la mínima ante el Constancia en casa. Las dos palizas a Sabadell y Ferroviaria hicieron soñar a Eduardo, por mucha prudencia que reclamase su padre. El trabajado uno a cero frente al Gerona los colocó líderes, y entonces sí, padre e hijo saborearon la felicidad. Contra el Alavés, la portería quedó a cero. Ante el Terrassa cosecharon otra abultada victoria. La visita de Osasuna a Atocha se saldó con un sufrido dos a uno. Empataron con el Constancia. Las tres jornadas que Eduardo no jugó las vivió con más nervios que bajo palos. Volvió para enfrentarse al Alavés, ganaron cinco a uno y se aseguraron la clasificación matemática. En la última jornada, consiguieron otra victoria por dos a cuatro contra el Terrassa.

Acabaron segundos, a un solo punto del Sabadell. El ascenso al sueño de Primera se materializaba. Incluso Pilar Belzunce, que odiaba el fútbol, acabó sabiéndose de memoria la melodía de la alineación: Chillida, Mancisidor, Tellería, Izaga, Patri, Urbeitia, Pérez, Eidegain, Unamuno, Ontoria y Pedrín. Los niños la recitaban en los descampados. Los viejos, entre pote y pote, brindaban con txakoli por los ases txuriurdines. Decenas de banderas blanquiazules pintaban los balcones que miraban al Urumera. En la fase de ascenso, S.D. Ceuta, Real Valladolid Deportivo, C.D. Sabadell F.C., Real Gijón C.F. y Xerez C.F. eran los últimos escollos para alcanzar el sueño.

 

El día de los enamorados

Los recuerdos, como las olas, vuelven una y otra vez, golpean con furiosa impertinencia la roca de la memoria, sin descanso. Si en aquel tiempo hubiera existido el día de los enamorados, pensaba Pilar Belzunce, quizás Eduardo hubiera olvidado el dichoso fútbol por una tarde, y hubieran caminado de la mano por el Paseo de la Concha, al amparo de los tamarices. O puede que hubieran tomado unos potes en Gros. Quién sabe. O que hubieran visto una película en el cine Gran Kursaal. Esas cosas cotidianas. Amor.

Siendo críos, él la esperaba en el muro a la salida del colegio. Al verla, saltaba o hacía el pino para llamar su atención. Ella apretaba los libros contra el pecho, y el paso. Pero Eduardo era testarudo y no dejó de hacer tonterías hasta que ella se detuvo. Le dijo que era una monada así, vestida de colegiala. Que la quería de novia. Ella, decidida, contestó que no serían novios hasta los dieciocho. Y así fue. Desde entonces, no se separaron aunque siempre lo compartió con sus dos pasiones: el primer año, con el fútbol, y el resto de la vida, con la escultura.

Con diecinueve años, Eduardo oía botar un balón y perdía la cabeza. El dichoso balón. Demasiado niño para saber amar a una mujer, ya amaba a la pelota como un hombre. A ella, no le hacía gracia el fútbol. A primera vista parecía que jugaban como niños pero en realidad peleaban como hombres. Cualquier día, aparecería con la cabeza abierta o un hueso fracturado. Pilar se enfadó muchísimo cuando le dijo que abandonaba los estudios de Arquitectura por la locura de dedicarse al fútbol. Nunca acudió al estadio, ni siquiera a los partidos de ascenso a Primera. Prefería esperarle pacientemente en casa hasta que volvía contando eufórico cómo había volado para agarrar el balón. Aquel 14 de febrero de 1943, sin embargo, no volvió entusiasmado a pesar de la victoria en Valladolid. Cojeaba ostensiblemente. Decía que no era nada pero ella, a poco que hurgó en sus ojos, dio con la mentira.

Muchos años después, en una zapatería,  el dueño se le acercó. «Usted», dijo titubeante, «es la mujer de Eduardo Chillida, ¿me equivoco?». Acostumbrada a este tipo de preguntas, asintió. El hombre no pudo reprimir su entusiasmo y comenzó a navegar entre recuerdos de partidos casi olvidados, paradas fantasmales, barro y goles. «¡Qué lástima lo de su lesión!», exclamó. Y suspiró: «Menudo porterazo perdimos los txuriurdines». Pilar sonrió, mientras salía: «Y qué escultor ganó el mundo». Atardecía. Se subió el cuello del abrigo y enfiló la acera. Quién sabe qué hubiera sucedido de existir entonces el día de los enamorados.

En la luz naranja y morada que flotaba sobre el mar, resonaban las palabras que Petón escribiría años después: «El Peine del Viento es el vuelo de una ciudad sobre la mar, la estirada definitiva de un portero, una tarde de Atocha para siempre, el último remate del Cantábrico, la puerta marina de San Sebastián».

 

La historia que escondía un córner

Le aburrían soberanamente las visitas al otorrino. Pero hablar de fútbol lo ponía de un humor fantástico. Por eso, Miguel Delibes relató muchas veces la historia que escondía aquel córner a la hija de Ildefonso Fernando Sañudo, felizmente casada con su otorrino, don Luis Gil Carcedo. Tras la pertinente revisión, Delibes le contaba a la joven que seguía al Valladolid desde 1929, cuando jugaban en el Campo de la Sociedad Taurina y ser socio solo costaba 1,5 pesetas. Su padre le había dejado sin paga a cambio de financiarle los seis reales de la cuota. Hincha antes que aficionado, por las noches le rezaba al Todopoderoso para que el Valladolid ganase sus partidos. En 1943, al fin, sus plegarias habían sido escuchadas: jugaban la promoción a Primera.

Ya no era un niño aunque en el viejo Zorrilla, muchas tardes, lo pareciera. Había publicado sus primeras colaboraciones en El Norte de Castilla, además de sus habituales dibujos a plumilla. El título del primer artículo, como el remate del primer gol, nunca se olvida: El deporte de caza mayor, firmado como MAX. Ese año viajaba a Madrid para sacarse el carné de periodista, y aprovechó para ver los cuartos de final de la Copa del Generalísimo. Nunca olvidaría cómo celebró, en el Metropolitano, la volea de Sañudo que rompió el empate con el Atlético Aviación. En aquella angustiosa eliminatoria se prometió incluirle en sus monos futbolísticos.

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La carrera de un futbolista, en aquel entonces, tenía mucho de carretera bacheada. Sañudo recorría sus últimos kilómetros. Había debutado, con quince años, en el Gimnástica de Torrelavega. Pasó por el Portugalete con nombre falso para que no lo reconocieran sus padres, y por el Alavés, de donde vino a Valladolid cuando la República disolvió la Compañía de Jesús. Quería seguir con sus estudios de Leyes, y así lo hizo hasta que lo fichó el Madrid por 20 mil pesetas. En la capital le disputó el puesto a Lángara. Le apodaron Pies de oro. Durante la guerra jugó en el Aviación de Zaragoza, y finalizado el conflicto, volvió a su tierra. El viejo pistolero regresó a Valladolid en 1942, por 1500 pesetas de ficha y 300 de sueldo, de dónde se descontaba el kilométrico. Aunque regresar quizás no fuese la palabra: entrenaba en su tierra y conducía hasta el viejo Zorrilla para disputar los partidos.

Nada más pisar el graderío, Delibes lo buscaba con su mirada de cazador y solo respiraba aliviado cuando lo veía calentando con el nueve a la espalda. «No sufras, Miguelón», le decía un parroquiano ofreciéndole un cigarrillo liado. «Hoy ha llegado en hora». Conducir de Torrelavega a Valladolid, más de 300 kilómetros por infernales carreteras minadas de baches, entrañaba sus peligros. Más de un domingo, Esteban Platko, el entrenador, se comía las uñas esperando a que Sañudo apareciese por el túnel de vestuarios minutos antes del pitido inicial. Al verlo, le arrebataba sin miramientos la camiseta con el nueve a quien fuese y se la entregaba.

Aquel 14 de febrero de 1943, llegó a tiempo pero no anduvo fino contra la Real Sociedad. Perdieron por uno a tres. Sañudo cabalgaba desorientado, con la pólvora mojada. En la grada rezaban para que cazase, al menos, un córner. Pero los centros sobrevolaban tibios el corazón del área y el Gato los despejaba a zarpazos. En uno de tantos, Chillida saltó con autoridad y solo Sañudo intentó rematar. Chocaron. Ambos cayeron al césped, pero el portero enseguida se rehízo para poner el balón en juego.

Hasta pasados muchos meses, le decía Miguel Delibes a la hija del delantero, ninguno conocimos la verdadera historia de aquel córner. Y ya nunca sabremos qué hubiera ocurrido si Sañudo hubiese llegado al viejo Zorrilla con retraso aquella tarde.

 

Elogio a los espacios

Si aquella entrevista hubiera coincidido con los años de la gauche divine, Gonzalo Suárez no hubiera dudado en pedir un café humeante y un cruasán recién hecho para desayunar. Echaba de menos esa vieja costumbre del joven Martín Girard que un día fue. Si faltaba cualquiera de los dos, la entrevista no fluía como debía. En ayunas, le producían ardores las descripciones y los adjetivos se le atragantaban. Cosas de aquel nuevo periodismo.

Aquel día entrevistaría a Chillida para el libro Elogio al horizonte. Le interesaban sus cientos de esculturas, pero los catorce partidos en la portería de la Real Sociedad le despertaban una curiosidad especial. Además de su singular concepto de los espacios. Desde los años sesenta, cuando trabajaba para Dicen y Lean, le interesaba esta cuestión. Se había contagiado de esa manía por los espacios siendo los ojos de Helenio Herrera. En Italia, había trabajado como ojeador del Inter. Espiaba a sus rivales y radiografiaba los partidos para que el entrenador argentino pudiera ver los detalles que se escapaban a las cámaras de televisión. De aquella experiencia había nacido Yo, Helenio, memorias en las que había trabajado como negro. Y también Los once y uno, novela futbolística con Helenio Herrera como protagonista.

Chillida le confesó que, tras el fatídico encontronazo con Sañudo, terminó la temporada y lograron el ascenso, pero él ya sufría la triada. El 19 de abril, en un amistoso contra el Real Madrid, tuvo que ser sustituido y nunca volvió a ponerse la camiseta de la Real Sociedad. Chillida recordó que la revista Nueva Forma, en 1970, le había dedicado el número 51 con una foto de aquel partido en la portada. En blanco y negro, aparecía de espaldas, blocando en el aire un chut lejano. Al pie, se leía: «El guardameta de la Real Sociedad de San Sebastián, Chillida, tuvo, hasta que se lesionó, una brillante actuación bajo el marco donostiarra. Aquí le vemos en una de sus lúcidas intervenciones de ayer al detener, con seguridad y excelente estilo, el golpe franco que disparó Belmar durante el primer tiempo». Aquella foto había inmortalizado una de sus últimas estiradas.

No pudo debutar en Primera, por muchos reporteros que esperasen su vuelta. En El Mundo Deportivo, en septiembre de 1943, escribían: «Si la Real dispone desde el primer momento de ese fuerte trío defensivo que pueden formar Chillida, Mancisidor y Tellería contará el equipo guipuzcoano con una base muy sólida atrás, capaz de frenar a los mejores ataques». Aquella línea defensiva no volvió a formar. Faltó, para siempre, la pieza clave del candado. Chillida se retiró con 15 goles encajados en 14 partidos oficiales. Tanto en la prensa como en las tabernas, muchos hablaban de Selección. Incluso lesionado, Real Madrid y Barcelona se interesaron por él pero su padre se opuso a cualquier traspaso. Hizo todo lo que estuvo en sus manos por recuperarse. Hasta en cinco ocasiones pasó por quirófano: «Hubo un momento en el que intenté todavía volver a jugar, poco a poco. Entonces ya no tenía la posibilidad de moverme con la velocidad que me movía antes ni de usar una pierna al mismo nivel que la otra».

De no haberse lesionado, le confesó a Gonzalo Suárez, le hubiera encantado convertirse en entrenador. Vio miles de partidos de la Real por televisión. No solía acudir al estadio porque nunca le gustó el olor a césped que lo perfumaba las tardes de domingo. Contaba Petón que solo una vez volvió a Atocha, y que «los viejos aficionados le decían, tú sí que eras bueno, Eduardo, un Eizaguirre eras, un Arconada, un Iríbar. Un Gato. Eduardo Chillida los escuchaba sin más que una sonrisa y no decía nada». En 1947, había realizado un dibujo a lapicero de su maltrecha rodilla. Cuatro trazos amorfos, desvaídos, fracturados. Cuatro trazos para curarla definitivamente.

 

El barro de Atocha

«Se ha hablado mucho de la soledad del portero pero eso forma parte de la épica del fútbol, una bella historia hecha todas las tardes, llueva o haga sol, que no se detiene pase lo que pase», reflexionaba Chillida. «Pero yo no me sentía solo. El portero ocupa un lugar especial: entre los palos, frente a un rectángulo que preside él, bajo las cornisas de un estadio, también rectangular».

Campo rectangular, círculo central, línea de banda, saque de esquina, palo corto y largo, travesaño, semicírculo del área, esférico. El lenguaje geométrico del fútbol le fascinaba, y lo rememoraba en la jaula del área. «La portería es el lugar tridimensional del campo, es donde ocurren todos los fenómenos complejos del fútbol, cosas que tienen que ver con la geometría: por ejemplo, todas las salidas del portero en busca del que viene son para hacer más pequeña la portería». Chillida la convirtió en su atalaya. En un lugar donde ni siquiera le asustaba el castigo del penalti. A sus ojos, la pena máxima se transformaba en una operación que relacionaba espacio, velocidad y tiempo: «En vez de colocarme en el centro de la portería, como hasta el portero más heterodoxo hace, me situaba un poco hacia un lateral, para dejar menos hueco y así obligar al futbolista a disparar por el otro lado, el que yo había elegido para tirarme. No es poco intuir por dónde van a ir los tiros». 

El barro de Atocha fue su primera materia creativa. El instinto de portero le obligaba a salir y achicar espacios, y el de artista, le empujó a abandonar los estudios de Arquitectura. La lesión de rodilla le había hecho pedazos su primera pasión. Nada podría detenerle en la búsqueda de la segunda. Pilar le miró a los ojos y no dijo nada. Su padre, tampoco. Eduardo tenía la misma determinación con la que salía a despejar un balón envenenado. En el taller de escultura de José Martínez Repullés, decidió que «no deseaba meter las manos en la bustiña». Nunca más. Desde entonces, el barro no volvió a ser material de su arte.

Con motivo del Mundial’82, Bilbao amaneció empapelado con unos carteles blancos. «¡Son de Chillida!», decía la gente. En todas las esquinas se formaban corrillos de curiosos. Algunos avispados arrancaron uno y, bien dobladito, se lo metieron con disimulo en el bolsillo del pantalón. Quizás, en el futuro, aquel pedazo de papel se cotizase a precio de oro. «¿Qué es, qué es?», preguntaban algunos. «¿Es que no lo ves?», decían otros. En el centro de cartel, aparecía un puño titánico, de un portero colosal, a punto de despejar un enorme balón bordado de palabras. Un balón que solo Eduardo Chillida sabía si provenía o no de un córner.


 

FUENTES:

Conversación con Elisa Delibes.

Elogio al horizonte. Conversaciones con Chillida, Susana Chillida.

Historias de fútbol, ABC Literario. Eduardo Chillida, portero de barro.

El fútbol tiene música, José Antonio Martín Petón.

La suela de mis zapatos, Martín Girard.

El Mundo. La revista, número 94. Entrevista a Eduardo Chillida

Nueva Forma, Número 51.

Chillida, el guardameta del arte, CIHEFE.

 

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2 comentarios en “El portero que esculpió el barro

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