Unos quintos de suerte

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La quiniela forma parte del ritual del fútbol. Un domingo sin ella no es un domingo. Es de las pocas cosas que le dan emoción. El 1 que parecía seguro, al final de la jornada, se ha convertido en un 2 inexplicable. La X que nadie esperaba, llegó por sorpresa en el último minuto y lo trastocó todo. La quiniela contiene la ilusión de toda la semana, y la de una vida nueva. La sabiduría de toda una vida viendo fútbol, y de cientos de domingos quedándote a las puertas del pleno que te retire. Y tiene música. Si se canta lentamente, suena como aquellas antiguas alineaciones que los niños aprendían de memoria y recitaban como bardos de descampado antes de los partidos. La quiniela contiene hasta destellos de poesía. Lo demostró Rogelio López Cuenca con un poema titulado así, Quiniela:

Real Madrid – Athletic    1  2
Racing de Santander – Málaga    1
Real Betis Balompié – Espanyol    1
Valladolid – Zaragoza     1 2

Barcelona – Salamanca    1 2
Atlético de Madrid – Celta    1
Sporting de Gijón – Las Palmas    1
Cartagena – Linares    1 2

Palencia – Castellón    1 X 2
Rayo Vallecano – Coruña    X
Tarragona – Erandio     X 2

Lérida – Logroñés     1 X 2
Barcelona Atlético – Alavés    X
San Sebastián – Baracaldo     X 2 

Alea jacta est

Unos dicen que el nombre procede del quintus latino; otros, que hace referencia a un antiguo juego de pelota romano, de cinco jugadores. Hay quien afirma que las primeras quinielas se hicieron en la pelota vasca, importadas de los americanos. Cuentan que, en los frontones, los vecinos apostaban durante los partidos de Remonte, que disputaban una pareja de pelotaris contra un trío. Otro quintus.

Al otro lado de la frontera, en Santander, se jugaron los primeros sorteos serios de football. Antes, ya se habían realizado apuestas como la que narró El Imparcial el 20 de octubre de 1913: «En un partido, Arenas de Guecho-Athlétic de Bilbao, se llegaron a cruzar apuestas por muchos miles de duros». Sin embargo, fueron los hermanos González Lavía, que regentaban el Bar la Callealtera, Casa Sota, en el número 22 de la calle Alta, los que inventaron la quiniela. Con el estreno del flamante Campeonato Nacional de Liga, en 1929, Manolo, el mayor, preparó la primera quiniela. Redactó, incluso, un reglamento para la regulación de premios que recogía posibles contratiempos, así como partidos suspendidos o aplazados. Aquello no era una simple porra. Todo tenía que estar calculado al detalle. Muchos hombres se jugarían los cuartos, y Manolo no quería líos en su taberna.

Decidió precintar los boletos. Si fuera el caso, realizaría un riguroso escrutinio y aceptaría reclamaciones de los apostantes. Creó una comisión integrada por Manuel Cos, Francisco Peral, Manuel Escudero y Antonio Balaguer, futbolista del Real Racing Club. El cómputo se realizaba mediante puntos, otorgados por acertar marcadores exactos o, en su defecto, los más aproximados. El que más obtenía al final de la jornada, ganaba el bote. Sencillo y excitante, tanto que muchos feligreses del bar y vecinos hicieron sus apuestas. El 10 de febrero de 1929 se introdujeron los boletos en el buzón del bar.

«Alea jacta est», hubiera sentenciado Julio César.

El primer gol de la jornada lo anotó el extremo del Espanyol José Pitus Prats, encarrilando la victoria perica, 3-2, frente al Real Unión de Irún. En el derbi vasco, Real Sociedad y Athletic empataron a 1. Alfonso Olaso, del Athletic de Madrid, marcó el primer autogol, aunque su equipo se impuso al Arenas Club de Getxo por 2-3. El héroe de la jornada fue Jaime Lazcano con su hat-trick en la manita del Real Madrid al Club Deportivo Europa. Completó la quiniela el Real Racing Club, que perdió por 0-2 en su feudo contra el F.C. Barcelona.

Los apostantes se dieron cuenta de que aquellos quintos de suerte condimentaban los partidos con una emoción especial.

Los hábitos del monje

56190281_31945239El 95% de la recaudación se entregó en premios, y el otro 5%, a Hacienda. Existen boletos sellados por dicha administración en 1931. Ese año, pasaron a embolsarse tajada doble, al tiempo que se multiplicaban los apostantes. Los altos ingresos que producía la emoción, rápidamente, atrajeron al Ayuntamiento y la Beneficencia.

Los viajantes extendieron el juego por toda España. De los feligreses de Callealtera se pasó a los vecinos de calle Alta, y de ahí, al resto de la ciudad y alrededores. Incluso participaban extranjeros. Los mejicanos que atracaban en Santander organizaban peleas de gallos en el patio de los Sota. Cuando se enteraron de aquellas apuestas, pidieron bolígrafo para rellenar su boleto. También los marineros valencianos, que transportaban manzanilla de Sanlúcar a Inglaterra, aprovechaban la escala para acercase a Callealtera y echar su quiniela. Los lobos de mar aprenden que, por muchos océanos recorridos, nunca se termina de saber a ciencia cierta en qué puerto atracará la suerte.

Solo el estallido de la Guerra Civil detuvo la locura de jugar. Terminada la contienda, el Gobierno entregó la gestión a la Orden de San Juan de Dios, sita en Vigo, y rebautizó el juego como Bolsa del Fútbol. Modificaron los porcentajes: la mitad se destinó a premios, un 5% a la Administración, y el resto, a la Orden. Pronto arreciaron habladurías y rumores sobre posibles estafas, y los escándalos hicieron que surgieran boletos clandestinos, como el del periódico Sprint. Aunque se optó por cambiar de orden, esta vez a la de Santa Clotilde en Santander, ciudad pionera, la gente ya desconfiaba por aquello de que «el hábito no hace al monje».

En 1946, nació el Patronato de Apuestas Mutuas Deportivas y Benéficas. «El gran descubrimiento fue el filón de las quinielas», escribió García Candau. «Las cantidades recaudadas en principio no soliviantaron a nadie, pero cuando el montante final de cada año comenzó a superar los miles de millones de pesetas, el mundo del deporte comenzó a ser codiciado». Aquel 22 de septiembre, se selló el primer boleto oficial. Costaba 2 pesetas. Las 38 mil apuestas facturaron más de 77 mil pesetas. Se continuó con el sistema de puntos: 30 por resultado exacto, 20 por ganador y diferencia de goles, 19 si había diferencia de un tanto y 18 si había dos. Sistema complicado como el boleto, de cuatro cuerpos: el departamento A y B, a entregar en delegaciones o tiendas de tabaco, otro por si se superaban los 130 puntos, y el resguardo de cobro si había premio.

En 1948, al fin, se aplicó el 1X2 para apostar por los 14 partidos de la jornada. El juego de la quiniela se convirtió en uno de los más rentables. La disposición del 23 de diciembre de 1961 estableció que el 22% de la recaudación fuese a parar al mundo del deporte. Sin embargo, acababa en la Secretaría General del Movimiento. Los millones aumentaban, pero las necesidades deportivas no se cubrían. Contaba García Candau que hubo Sociedades privadas que tuvieron acceso a subvenciones para levantar campos de golf, pistas de tenis y lujosas urbanizaciones de chalets, mientras que «para las instalaciones públicas, para el deporte del pueblo, hubo migajas».

Benito Castejón inició una lucha contra aquellas entidades y las sospechosas subvenciones que recibían. Llegó un momento que no le quedó ni una peseta para pagar a sus empleados ni tan siquiera sus propios desplazamientos, que tuvo que sufragar la Federación de Fútbol. El caso quedó archivado. Como afirma García Candau: «El Estado español ha sido, durante años, el que menos presupuesto ha dedicado, en Europa, al deporte. De no haber existido las quinielas, a estas alturas seguiríamos con instalaciones de subdesarrollo».

Con una quiniela en el bubón

«El intelectual debe interesarse por todo lo que está vivo, y el fútbol lo está», afirmó Camilo José Cela el 7 de diciembre de 1963, en la presentación de Once cuentos de fútbol. En el titulado Un ángel aventurero y zascandil, reflexionaba sobre el azar y la fortuna. Conceptos que el demonio Brigadier Sargatanas, especialista en quinielas, maneja con la suerte del 1X2, «como nadie y, con su señuelo, recluta almas cándidas para celebrar la cruel hoguera que no cesa». Una de esas almas cándidas es Victuro Benicolet Cantueso, aficionado que «falleció con una quiniela de catorce resultados escondida en el bubón» de la cabeza; bubón que, curiosamente, compartía medidas con un balón de reglamento.

Quizás el Brigadier Sargatanas de Cela se basó en Julio López Guixot, personaje que, a finales de los 50, pasó al imaginario popular como el asesino de la quiniela. Se dice que «el hambre y la suerte esquiva son fuentes de la inventiva». Julio pasó hambre en la infancia, huérfano de padres. La suerte le fue esquiva: una insurrección, en el ejército, lo condenó a 10 años de cárcel. Al salir, puso en marcha su inventiva y descubrió un método para acertar, sistemáticamente, 13 casillas de la quiniela. Arrastró a su amigo Segarra, alma cándida que trabajaba en banca, junto a varios inversores, a la bancarrota. Sin embargo, Julio no se rindió. Perfeccionó su método, y otra vez con Segarra, encontró nuevos inversores.

Aunque logró premios —uno de 64 mil pesetas—, los inversores lo abandonaron. En vez de hacer caso al proverbio que dice que, «en los juegos de azar, la suerte es no jugar», Julio era más de Nietzsche: «La esperanza es un estimulante vital muy superior a la suerte». Ideó un nuevo plan, más ambicioso: Segarra convencería a Vicente Valero, encargado de transportar el dinero desde la central de Elche a la delegación en Murcia, para que lo acompañase a la casita de veraneo de una vieja conocida extranjera, que le rogaba acudir con un acompañante para su amiga. Alquilaron una casa en Vistahermosa y, el 30 de julio de 1954, Julio asestó dos golpes en la cabeza a Valero con un yunque de zapatero. Le robaron 40 mil pesetas, pero no se deshicieron del cadáver.

Días después lo descubrió la Guardia Civil. Escondidas entre la ropa, Valero conservaba 240 mil pesetas. Julio, mientras avanzaba la investigación, se casó con la hermana de Segarra y no paró de apostar, al ritmo infernal de 200 columnas semanales. Hasta que, al fin, le sonrió la suerte: un premio de 127 mil pesetas que debía cobrar en Murcia o Cartagena. Con su mujer del brazo, se presentó en la primera delegación y fue detenido. Le condenaron, junto al alma cándida de Segarra, a pena de muerte. Sin embargo, solo él fue ajusticiado por garrote vil, el 22 de julio de 1958.

Toda la razón tiene el antiguo proverbio cuando dice que «la mala suerte es pelota, que pega pero rebota».

Baraka, quinielazos y gabinos

Dicen que a más cultura futbolística, menos aciertos en la quiniela. Cuando juegan un partido lógica y azar, conviene marcar la casilla del 2. Sin embargo, no siempre es así. Saturnino García Pereda, carnicero santanderino, en 1952, se convirtió en el primer apostante en ganar un millón con una sola apuesta. Antes de la Guerra Civil, había trabajado de cronista deportivo y sabía lo que se hacía. Tanto que apostó a que el Racing de Santander, equipo del que era socio desde niño, perdía. Y perdió. En el partido que enfrenta dinero y colores, por mucho que duela la traición, conviene dejar de lado los sentimentalismos y poner un 1.

En esos años, hasta el mismísimo Franco gustaba de hacer su apuesta futbolera. Quién sabe si el Caudillo rellenaba las casillas pensando en la frase de Konrad Adenauer que dice: «La suerte es una flecha lanzada que hace blanco en el que menos se lo espera». Cómo no, también lo hizo en el Caudillo. El 28 de mayo de 1967, junto a otras nueve personas, le tocó una de 12 premiada con 3 mil pesetas, aunque otras fuentes aseguran que la cantidad rondaba las 900 mil. Lo único cierto es que Franco mandó a su ayudante Moscardó a cobrar el boleto. Había rellenado 6 columnas, por 320 pesetas. Algo de baraka, sin duda, debía de tener el Caudillo.

Un año después, Gabino Moral Sanz, un agricultor de Valladolid, se embolsó 30 kilos. Y, de paso, revolucionó la manera de jugar. Contó a la prensa que, valiéndose de un dado, había rellenado las 2 columnas que lo coronaron como único acertante de 14. Seguramente, mientras lanzaba el dado, no pensó ni una sola vez en la sentencia de Montaigne: «No ha de maravillarnos que el azar pueda tanto sobre nosotros, desde el momento que vivimos por azar». Desde entonces, los estilistas quinielísticos afirman que hay gabinazo cuando un apostante se lleva un premio gordo con una apuesta sencilla.

En 1988 se introdujo el famoso pleno al quince, conocido como Quinielón. Hacía tiempo que todo tipo de métodos para profetizar resultados se ponían de moda. Fórmulas matemáticas, teorías científicas, libros, combinaciones de dobles y triples, y hasta el Bolígrafo 1×2, compuesto por 15 dados que caían por el tubo pronosticando los resultados de la jornada. Contaba Juan Tallón que Álvaro Cunqueiro, cuando dirigió El Faro de Vigo, cultivó una sección en la que trataba de adivinarlos mediante las cartas del tarot. En 1962, publicó una columna donde explicaba la dificultad de traducir al fútbol una baraja que vaticinaba amores, dineros y ausencias. «Una vez», escribió Cunqueiro, «me salió que el Deportivo estaba embarazado».

Nunca se sabe dónde se esconde agazapada la suerte. Decía Benjamin Franklin sobre la felicidad que «generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días». Algo de ambas tuvo el caso de Josefa Sánchez Sevillano, jubilada de 77 años que, en 1997, se hizo con 308 millones. En realidad, su hijo se encargaba de rellenar la quiniela, pero aquella jornada no pudo. Josefa, sin calentarse mucho la cabeza, decidió copiar los resultados que su hijo había puesto la jornada anterior. Ajena a las sorpresas de Madrid y Barça, se convirtió en única acertante de 14. No fue un pleno al quince pero, sin duda, a Josefa le supo a quinielón.

Sabiamente decía García Lorca que, la mayoría de las veces, «la suerte viene a quien menos la aguarda».

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