Literatura entre los tres palos

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A un lado, la magia del gol. Al otro, la de la literatura. Mientras defendían la delgada línea de cal que separa gloria y tragedia, muchos escritores narraron historias memorables. Como la de Ramón del Valle-Inclán: afirmaba que, a finales del XIX, importó el fútbol a España. Así, sin más. En el diario Ahora narró un esperpéntico —a la par que histórico— partido en Aranjuez en el que él ofició de guardameta para el Ría de Arosa, mientras que el mismísimo Conde de Romanones hacía lo propio por el Alcarria. Empataron a uno. Siendo el primer match en España, el asunto no podía quedar en tablas, así que se disputó un desempate en el Ateneo. Más literatura, imposible.

En 1920, Pablo Hernández Coronado abandonó la portería con solo veintiún años. Aquel foot-ball romántico de principios del siglo XX tenía estas cosas. Había defendido la meta del Stadium, el Gimnástica de Madrid y, durante tres temporadas, la del Real Madrid C.F. Años más tarde, escribió Cosas del fútbol. Para hablar de la portería, sobre todo, conviene saber una: qué se siente al calzarse los guantes. Henry de Montherlant lo sabía cuando literaturizó la figura del portero. Una foto de entreguerras lo inmortalizó apoyado en el poste, enfundado en un jersey de cuello de cisne, con calzones cortos y guantes. En sus poemas, definió al portero como un tipo solitario que encierra sus pulsiones más íntimas, bajo llave, en la jaula de la portería. Y su oficio, como el más abnegado: eternamente subsanando errores de los compañeros. Definiciones que había sentido en sus propias manos Arthur Conan Doyle cuando todavía era conocido como Smith y jugaba al football, de goalkeeper, con sus amigos de  Portsmouth.

Dime cómo paras y te diré cómo escribes. En cuanto olía el césped, Vladimir Nabokov se transformaba en un mariscal que ordenaba a sus defensas con mano de hierro. En Habla, memoria, se preguntó si alguien husmearía en el barro negro de una enorme portería de Cambridge, tras las huellas de sus botas. Pasó infinidad de tardes —más que en la biblioteca— volando sobre ese barro. No se sentía enjaulado; todo lo contrario: la portería guardaba un secreto y él disfrutaba siendo su cancerbero. Con el balón lejos, gustaba de sentarse, la espalda apoyada en el poste, cerrar los ojos y relajarse escuchando los sordos latigazos del cuero. Afición que compartía con El Tubo Gómez, arquero del Guadalajara. En el Parque de Oro, ante el escaso trajín de los delanteros del Atlas, decidió recostarse en el palo, sentarse y leer una revista.

A Nabokov le fascinaba la armadura del cancerbero. «Su jersey, su gorra de visera, sus rodilleras, los guantes que asoman por el bolsillo trasero de sus pantalones cortos», escribió, «le colocan en un lugar aparte». Bien lo sabía el dandy Ricardo Zamora. La gorra bien calada. El peinado a la modé, brillante de velutina. El elegante jersey de cuello alto. Los guantes de caballero, las rodilleras embarradas. Miles de jovencitas suspiraban por sus huesos cada vez que despejaba el pelotón con el antebrazo. Los forwards se disculpaban de sus goals estrechándole la mano. Y los aficionados, muchas tardes, lo sacaban a hombros como a un torero. Contaba Petón que, únicamente, las estiradas de Salvador Dalí rivalizaron con sus plongeons. Hasta que «una tarde [Dalí] se puso una chalina, una corbata ancha y una boina. Como un figurín del siglo XIX se fue a Madrid y dejó en una percha de Cadaqués sus guantes, sus rodilleras y su gorrilla de portero. No se puso más entre los tres palos».

También demasiado pronto, Eduardo Chillida tuvo que quitarse la gorra y los guantes. Con tan solo diecinueve años, sufrió la triada. Pero aplicó, en sus esculturas, muchas enseñanzas que aprendió bajo el travesaño. La portería, a sus ojos, se transformaba en un espacio tridimensional donde el arquero debía aprender a manejar, con sus manos, la velocidad del balón y el espacio entre palos. Los penaltis no eran, para él, el mayor de los castigos, como explicó el inolvidable arquero retirado, Josef Bloch, que dibujó Peter Handke. Más bien, se convertían en una oportunidad de poner en práctica su particular estrategia: mientras el lanzador cogía carrerilla, Chillida daba unos sutiles pasos a derecha o izquierda, jugando con los espacios. Para un portero, solía decir, ya es mucho intuir por dónde vendrán los tiros.

Cada maestrillo, su librillo. Cuando le señalaban un penalty en contra, Zamora, con parsimonia, se quitaba gorra y guantes, y  pedía serrín para aplanar el área pequeña. El mítico Eizaguirre lo hacía con arena de la Concha. Había probado el amargo sabor de un bote traicionero, en el peor de los escenarios, y se juró que jamás se repetiría. Con las gradas aun vacías, se internaba en el área, vertía la arena de la espuerta y rastrillaba con paciencia, como si peinase a su niña bonita. En definitiva, cada portero se ha apañado con sus truquillos para defender su casa: la temida Araña Negra Yashin utilizaba su vestimenta para atemorizar a los delanteros que sobrevolasen su área; el Loco Higuita ahuyentaba disparos lejanos con acrobáticos escorpiones; y el Mono Burgos se valía hasta de la cara, como en el penalti que le detuvo a Figo.

Bruce Grobbelaar se tambaleaba como un borracho, o como si la línea de gol fuese un estrecho alambre. Quizás había escuchado la sentencia de Jean Paul Sartre: «Un buen guardameta es aquél que con sus peculiar actuación sobrepasa sus facultades y salva más veces a su equipo». No es extraño que muchos poetas les cantasen como a héroes. Rafael Alberti le dedicó una oda a Platko, el Oso Rubio de Hungría, que acabó la final de Copa de 1928 con un aparatoso vendaje en la cabeza. Miguel Hernández le dedicó otra a Lolo Sampedro, el valiente cancerbero del Orihuela F.C. que, en la poesía, se dejó la vida contra el palo por despejar un gol cantado. Y, cómo no, Ricardo Zamora también tuvo la suya, firmada por Pedro Montón: «Mientras yo, entre dos árboles urbanos/ crecía en sueños de pelota y manos,/ tú andabas por París o por Amberes/ prendiendo en los estadios grito y eco».

Otro poeta, el petiso Mario Benedetti, también fue golero. Le seducía el aura especial que flota bajo el travesaño y confiere al guardavallas un aire distante, misterioso, solitario, impasible. Decía ser muy malo, pero le gustaba pensar que el asma no pudo arrebatarle su pasión. En el reino del área no es preciso correr, sino volar. Compartía con el Che Guevara las dos cosas: el asma, y el corazón de portero. El Che, contaba su padre, junto a uno de los palos, escondía un inhalador que se enchufaba después de cada estirada. Benedetti aprendió que cada gol pesa diferente, y no le quedó más remedio que apiadarse de Moacir Barbosa. La alegría del Maracanazo en Uruguay cargó una cruz sobre sus hombros. Tan pesada que, ya retirado, Barbosa compró la portería y la quemó en una barbacoa. Las llamas bailaban al ritmo de Tabaré Cardozo: «Quema los palos Barbosa/ del arco de Brasil/ la condena del Maracaná/ se paga hasta morir».

Andrés Sorel escribió un relato en el que contaba su debut, en 1944: «Pese a mi corta estatura, los compañeros de equipo me eligieron como portero, quizá por mi falta de agresividad, mi afición a la lectura, la debilidad que me presuponían y, ciertamente, la agilidad a la hora de tirarme a tierra y anticiparme a la llegada de los delanteros». Augusto Roa Bastos también hizo sus pinitos con los guantes, y hasta prometió escribir la biografía del estrambótico Chilavert. Y otro Nobel, García Márquez, narró así su última parada: «Empezamos a jugar con pelotas de trapo y alcancé a ser un buen portero, pero cuando pasamos a balón de reglamento sufrí un golpe en el estómago con un tiro tan potente, que hasta allí llegaron mis ínfulas». No siempre un balonazo obliga al desdichado arquero a abandonar su puesto. Un poema arrancó a Ryszard Kapuscinski de la portería. Desde los cuatro años, defendió los colores del equipo local de Pinsk para, en juveniles, militar como portero del Legia de Varsovia. Luego, se quitó los guantes y agarró la pluma. Salió del área y no encontró más fronteras.

Tampoco las encontró Ramón Lobo. En El autoestopista de Grozni contó cómo le detuvo un penalti, en Morovia, a un tipo que, tiempo antes, disparaba con una kalásnikov. Tras detenerlo, escupió la arena de la boca y gritó: «¡Casillas!». Ser pieza única otorga la gran ventaja: acariciar el cuero con las manos. Pero también el mayor de los castigos: «Un delantero marca un gol en el último minuto y es el rey», escribió Toni Schumacher. «Un portero comete un error en el último minuto, le marcan un gol y es un estúpido». A Miguel Delibes no le achantaba ese cuento. Ni mucho menos, no celebrar los goles con los compañeros. Él los había marcado en su juventud, cuando jugaba de delantero en el equipo del colegio de Lourdes contra los maristas, los jesuitas y los Huérfanos de Caballería. Era un ratón de área habilidoso y fino. Con los años, sin embargo, se cansó de darle la espalda a la portería. Su sitio estaba bajo el larguero, y a su sombra se quedó hasta bien entrados los cuarenta, en el arco del Sedano F.C. Siempre fue más del otro fútbol, el de campos de tierra y alpargatas.

No usaba alpargatas, pero el fútbol también fue su primera pasión desordenada. Cada recreo, Albert Camus soñaba con coronarse como rey del patio. El problema le esperaba en casa. Su abuela pasaba revista a las suelas de sus únicos zapatos. Si lucían más desgastadas de la cuenta, le zurraba con el vergajo. Para evitar los latigazos, Camus les colocó unos tacos de acero, hasta que, en el Liceo, decidió convertirse en portero. Desgraciadamente, el 4 de enero de 1960, se estrelló con el coche camino de París. Entre los hierros, se encontró el manuscrito, de su puño y letra, de El primer hombre. Una de las últimas frases dice: «Aquel adolescente flaco y musculoso, de pelo revuelto y mirada exaltada, acababa de ser designado portero titular del equipo del Liceo». Aquel accidente truncó la narración del Camus futbolista, pero no nos privó de su filosofía: en la soledad del área, la importancia del yo; en el vestuario, la del nosotros para enfrentar al ellos.

Precisamente, en el vestuario coincidían los escritores Petón y Javier Sanz. En aquellos años mozos, Sanz defendía la portería del Club Deportivo Sigüenza. Petón le llamaba chuleta cuando se cambiaba la camiseta en el descanso, pero así son los poteros: gente con clase, con ideario propio forjado en soledad. Soledad que cada uno combate con su filosofía. Juan Tallón gustaba de citarse con su novia, junto al palo derecho. Mientras sus compañeros sudaban detrás del balón, él se apretaba contra la muchacha para calmar los ardores del juego. Hasta los delanteros rivales respetaban aquel amor. Quería ser como Arconada, y lo imitaba saltando al verde con las medias caídas. Mientras se morreaba, Tallón olvidaba por un rato el sacrificio de cargar con el uno. Ese número, escuálido y fino, que parece querer pasar desapercibido en la camiseta, pero que, muchas tardes, aplasta los hombros del portero.

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