Un don Quijote vestido de negro

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Decía un poeta —de cuyo nombre no puedo acordarme— que lo importante en la vida es ser flor entre el follaje. Algo de flor, aunque de pétalos negros, tiene el árbitro cuando salta a la verde alfombra de césped y se mezcla entre las camisetas de colores. Imposible pasar desapercibido.

Durante los noventa minutos, y posiblemente después, un incómodo pitido le perfora los tímpanos. Si no son unos los que le ponen de vuelta y media, son los otros. Todos tienen palabras que dedicarle. Oprobios a su persona. Vituperios contra su familia. Mofas con su oficio. Señale lo que señale, una parte de la grada lo sentirá como un ultraje. Silbe lo que silbe, le lloverán injurias y algún que otro objeto camuflado entre cánticos y amenazas. Sus decisiones, irremediablemente, engordan la polémica. Pero en eso consiste su oficio: fallar, sentenciar, dictaminar. Impartir justicia en un juego injusto. Y, para tan magna tarea, solo se pertrecha con un silbato y dos tarjetas.

No siempre fue así. Hubo un tiempo en que los árbitros ajusticiaban con el silbo y sus palabras. Cuenta la leyenda que Paco Bru, tras su carrera como futbolista, decidió vestirse de réferée. En su debut, un calentito Universitary contra Atlético de Sabadell, saltó al campo ataviado con una elegante chaquetilla negra. En la cintura, se había enfundado un revólver Colt que había cargado con exasperarte lentitud delante de los futbolistas. De su época de jugador había aprendido una lección: con el silbato y las amonestaciones verbales no era suficiente para mantener a raya al personal. En aquel partido no tuvo que desenfundar. Ni un solo incidente. La leyenda cuenta, sin embargo, que cuando los pitidos ya no surtieron efecto, disparó al aire. «Podemos hacer dos cosas:», cuentan que dijo, «o terminamos con el partido otro día o mañana unos cuantos salimos en las necrológicas».

En aquel football de principios de siglo XX, era natural limar asperezas a pedradas o porrazos. La tormenta, por supuesto, solía pillar al árbitro en medio. El sport que habían traído los ingleses se expandía por todos los rincones de la península, y hasta se colaba en la literatura. Juan Antonio Zunzunegui, en 1931, publicó la novela Chiripi, donde le dedicó varias páginas al réferée, sobre todo apiadándose de su desgraciado destino: «Tú, réferée, animoso, sales al campo a pastorear la habilidad de los veintidós muchachos […] Tú, réferée, la figura más simpática del espectáculo, no contaste con el lado más sangriento del espectáculo».

Tres años después, en 1934, Jacinto Miquelarena publicó Stadium. Notas de sport, y también se apiadó del colegiado:

«Yo no conozco monstruo más grande que ese hombre que destroza su laringe en un partido, obligado a ayudar al equipo a cuyos pies ha puesto, por lo visto, el honor de su familia», escribió. «El monstruo se dirige principalmente al árbitro, y este es su error fundamental. Porque el árbitro es todo el fútbol, y sin árbitro no podría existir este juego». 

Más de un domingo, el don Quijote vestido de negro tendría que salir escoltado del campo por dos improvisados Sancho Panzas, armados con porras y coronados con tricornios de la Guardia Civil.

Silbando por el mundo

No todos los escritores se apiadaron de él. Eduardo Galeano no sentía ninguna pena por el árbitro. En El fútbol a sol y sombra lo describió como ese «abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera». Galeano, sin duda, lo miraba con los ojos del hincha, pero sin perder de vista su crucial función en la obra teatral del fútbol. Sabía que «los derrotados pierden por él, los victoriosos ganan sin él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan».

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Sin él, los partidos nunca serían injustos y el fútbol perdería la grandeza del error humano. Su cometido al iniciarse el partido, pitar fallando, puede volverse fácilmente en su contra y convertirse en fallar pitando. Noventa minutos pueden transformar el sueño de justicia en la pesadilla más injusta. Los elogios, en insultos. El aplauso, en abucheo. Así lo escribió Miquelarena: «Gracias al árbitro, que contempla el partido, que lo interpreta arbitrariamente, que lo enmaraña, tiene el fútbol riqueza espectacular». Decía Zunzunegui que los sueños del árbitro, como «los más bellos sueños de nuestro señor don Quijote, terminaron así, a batacazos». Para evitar el linchamiento, un árbitro debe poseer al menos un poquito de la sabiduría del rey Salomón. La que tuvo, por ejemplo, el colegiado belga John Langelus, encargado de pitar la primera final mundialista.

Como Paco Bru, antes había sido futbolista; pero una lesión le obligó a descordarse las botas. Solo le quedaron dos opciones para permanecer cerca del balón: el silbato y la pluma. Se vistió de árbitro y, al terminar los partidos, escribía las crónicas para el periódico Kicker. Dominaba cuatro idiomas y medía más de uno noventa. No tuvo problemas para ganarse el respeto de los futbolistas. Y tardó poco en ser considerado el primer gran colegiado de la historia, por encima de David Elleray. Su elegancia al saltar al campo engrandeció su fama. Como un golfista de la época, se ataviaba con pantalones bombachos, camisa blanca y una pulcrísima chaqueta negra.

En su libro Silbando por el mundo, confesó el miedo que sintió antes de pitar aquella primera final mundialista. Tanto que llegó a apalabrar con el capitán del barco Duilio un pasaje por si tenía que salir huyendo del estadio y del país. Por suerte para su integridad física, no necesitó coger aquel barco. En el partido, eso sí, tuvo que tomar una decisión salomónica antes de empezar. Los dos equipos protestaban por el balón y, tras darle vueltas, Langelus decidió que cada parte se jugase con uno para acallar todas las protestas.

En el libro contó muchas otras anécdotas, como el suspenso en el primer examen para obtener el título de colegiado. No encontró respuesta a dos preguntas. La primera: «Qué hacer si el balón impactaba contra un avión». La segunda: «Cómo hacer que un portero baje del larguero si le da por encaramarse al palo más alto y negarse a continuar jugando».

El silencio de las tarjetas

Explicaba Juan Tallón en su Manual de fútbol

«La tarjeta ahorró muchas conversaciones, incluso evitó tener que levantar la voz innecesariamente […] Solo había que meterse la mano en el bolsillo y asunto zanjado. Sin tarjetas, expulsar producía cierta pereza, porque había que argumentar y explicarle al jugador por qué debía marcharse del campo. Bla bla bla».

Ya se sabe: la palabra nunca deja nada claro. Por mucho que el fútbol tuviera un sistema de significados comunes a todos los idiomas, las confusiones babelianas estaban al orden del día. Como sucedió en Wembley, con Rattín, en el Mundial de 1966. Mediada la primera mitad, Rattín se dirigió al colegiado alemán, Rudolf Kreitlein, señalándose el brazalete de capitán. Protestaba una falta y exigía las explicaciones del colegiado. Ni él ni Kreitlein hablaban inglés. Pero el gesto del árbitro no necesitó explicaciones: el dedo señalaba el túnel de vestuarios al sorprendido capitán argentino. Sus compañeros exigieron que saltase al césped un traductor. Y así fue, aunque solo sirvió para confirmar la expulsión.

Parado delante de un semáforo en Kensington High, el colegiado inglés Keneth George Aston pensaba en cómo evitar este tipo de situaciones. En el mundo arbitral era conocido como el Trencilla. Como Langelus, le gustaba saltar al campo con elegancia: siempre con casacas negras con ribetes blancos. En aquella expulsión de Rattín, ejercía de Responsable del Arbitraje. Cuatro años antes, en Chile 62, tuvo que lidiar en la famosa Batalla de Santiago. No hace falta entrar en detalles sobre el tipo de patadas que se repartieron aquel día. Frente al semáforo, a Aston se le iluminó una idea. ¿Y si se utilizaran aquellos colores? No sería su única innovación: impulsó la figura del cuarto árbitro, quién sabe si la vio reflejada en el retrovisor.

Por fin, el Quijote vestido de negro tuvo armas con las que defender la justicia. Custodiado por linieres, sus fieles escuderos, y con las tarjetas enfundadas en el bolsillo, consiguió que el revolver de Paco Bru pasase definitivamente a la historia. Desde entonces, como escribió Galeano, el árbitro, «tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio». Sobraban las palabras. Un color, un veredicto. La tarjeta —amenazadora, disciplinaria, incontestable— silenciaba explicaciones, pero avivaba quejas y polémica.

Colegiados cervantinos

Pier Luigi Collina, Mejuto González, Horacio Elizondo, Howad Webb, Roberto Rosetti o Anders Frisk han sido algunos de los últimos árbitros que han marcado el camino a seguir en la actualidad cotradiciendo la sentencia de Miquelarena: «Para que un árbitro sea un buen árbitro tiene que ser un mal árbitro».

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Cada uno lo ha hecho siguiendo su propio criterio al igual que cada maestrillo tira de su librillo. Cada árbitro utilizó sus métodos a la hora de impartir justicia, y no todos fueron tan salomónicos como los de Langelus. El periodista Alberto Salcedo Ramos, en una de las crónicas que componen Viaje al Macondo real, entrevistó a Guillermo Velásquez. Más conocido como el Chato, este árbitro colombiano pasó a la historia en los 70 por ser el primero en expulsar a Pelé. En aquel partido amistoso entre el Santos y Colombia, recibió palos de todo el mundo: «De veintiocho personas que tenía la delegación brasileña, me agredieron veinticinco. Los únicos que no me pegaron fueron el médico, el periodista y Pelé».

El primero en agredirle fue Lima. Lo expulsó, pero se escapó de la custodia policial y volvió al campo a golpearle. No era un árbitro que se achicase ni con quejas ni con golpes. En el minuto treinta y cinco, Velásquez expulsó al mismísimo Pelé por protestar. Pero los que protestaron fueron los sesenta mil aficionados que exigieron la vuelta del astro brasileño al campo. Para algo habían pagado su entrada. Al final, Pelé volvió y el expulsado fue Velásquez. Por suerte, no noqueó a Pelé. Velásquez había sido púgil antes que árbitro y varios futbolistas —Alberto Castronovo, Eduardo Lujana, Orlando Herrera— habían probado el acero de sus puños. Aprovechaba el bullicio de los córners para devolver los golpes a los futbolistas. Y por muchos de esos puñetazos pasó más de una noche en prisión.

Desde el Mundial de Méjico 70,  fueron las tarjetas de colores de Aston las que funcionaron como puñetazos en la cara de los futbolistas. Una amarilla, un tortazo con la mano abierta. La roja, tumbado por KO. En todo el mundo, menos en España. Aquí se utilizó una tarjeta blanca, en vez de amarilla, durante seis temporadas. El 15 de enero de 1971, el Comité de Competición autorizó al Colegio de Árbitros para su funcionamiento. Nueve días después, en Sarriá, Quini fue el primer jugador de Primera División en verla ante sus narices por protestar. El porqué del color, no queda del todo claro. Se apunta a que Andrés Ramírez, Secretario General de la Federación, vio el Mundial de México en su televisor en blanco y negro, y confundió los colores.

Son muchas las situaciones cervantinas que han protagonizado los árbitros. «Joder, Rafa, me cago en mi madre, ¿expulsión de quién?». Aquella conversación les catapultó a la fama. Tanto que hasta el gran público aprendió sus nombres de memoria. Por norma, a los árbitros españoles se les conocía por sus dos apellidos —Fernández Borbalán, Clos Gómez, Gil Manzano—, al contrario que en el resto del mundo, donde son ciudadanos de nombre y primer apellido. El trauma, como tantos otros, viene del franquismo. En 1971, el árbitro murciano Ángel Franco Martínez tuvo una actuación desafortunada en el Sánchez Pijuán. Arreciaban los lógicos cánticos mofándose de él. El apellido daba mucho juego y, para evitar confusiones de alta alcurnia, se impuso la norma de nombrar a los colegiados por los dos apellidos.

Cuentan que Franco Martínez fue designado para pitar un derbi entre la Real y el Athletic. Por San Sebastián, antes del partido, corría una cantinela: «Primero vamos a acabar con este Franco y después con el de Madrid». Se le convocó a una reunión urgente y se le pidió que fingiera una lesión para no arbitrar en Atocha. Y así se hizo. Tras el fallecimiento del dictador, el árbitro mejoró en calidad de vida. Pitó en el Mundial de Argentina y tres finales, entre ellas la que acabó en tangana entre los jugadores de Athletic y Barça del 84.

El exilio más doloroso

Un futbolista expulsado es un hombre desterrado de su patria, el rectángulo de hierba. Un jugador expulsado es un niño separado de su primer amor, el balón. Un futbolista expulsado es, en definitiva, un alma en pena exiliado a la soledad del túnel de vestuarios. Pero eso poco le importa al árbitro una vez alzada la tarjeta.

En ocasiones, como la justicia, la tarjeta no castiga al que debe. Así le sucedió a Maradona en el Mundial de España. En vez de ser expulsado Gentile por el marcaje criminal al que le sometió, el que se fue a la calle fue el Diego en su encuentro ante Brasil. O a Johan Cruyff en su segundo partido con la camiseta de los tulipanes. En Cruyff 14. La autobiografía, contaba que el árbitro Rudi Glöckner lo expulsó por protestar las reiteradas patadas que estaba recibiendo. «El árbitro era el jefe», recuerda Cruyff, «y nadie cuestionaba su autoridad». Fue el primer tulipán expulsado de la historia, y quisieron sancionarlo con todo un año de suspensión. Galeano contaba que no solo había habido protestas: «Siendo un muchacho debutó en la selección holandesa, jugó estupendamente, marcó un gol y desmayó al árbitro de un puñetazo».

En vez de golpearlo, Salih Dursun, jugador del Trabzonspor, decidió quitarle la tarjeta de la mano al colegiado para mostrársela tras señalar un penalti en el último minuto. Un Mundial sin expulsados nunca fue un Mundial. Desde su primera edición, Uruguay 1930, se sentó cátedra. El primer futbolista expulsado salió del choque que enfrentó a Perú y Rumanía. Fue un 14 de julio, en el estadio Pocitos, Montevideo. El árbitro chileno Alberto Warnken alzó el brazo y señaló el camino de los vestuarios al peruano Plácido Domínguez. La decisión no estuvo exenta de polémica. Algunas crónicas recogieron que, en realidad, el castigado debía haber sido su compañero Mario de las Casas.

En el choque inaugural de Méjico 70, se enfrentaron Méjico y la URSS. No tardó en salir del bolsillo la primera tarjeta de la historia de los mundiales. El árbitro alemán Kurt Tschenscher enseñó la amarilla al defensa soviético Kakhi Asatiani. Funcionó el truco de la precaución; en aquel Mundial no hubo que sacar ninguna cartulina roja. La primera en una cita mundialista se mostró en Alemania 74. El 14 de junio, Alemania Federal se enfrentó a Chile en el Olympiastadium de Berlín. En el minuto 67, Carlos Caszely cazó a Berti Vogts, y el árbitro turco Dogan Babacan no lo dudó: roja.

Una roja puede arrodillar, y hasta hacer llorar, al futbolista más macarra. Lo sabe Paul Gascoigne, que suplicó su perdón tras un entradón a Thomas Berhold en el Mundial de Italia 90. Una roja puede privar a un genio de sus últimos minutos de gloria en el césped. Así le sucedió a Zinedine Zidane, expulsado en la final de Alemania`06, tras su penalti a lo Panenka y su cabezazo a Materazzi. Una roja puede doler más en el alma que el vampírico mordisco de Luis Suárez en el cuello de Chiellini. Y, por supuesto, una roja castiga a todos los futbolistas por igual. Da igual que sea el más rico o el más guapo, como bien sabe Cristiano Ronaldo.

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