El infrafútbol albinegro de Enrique Ballester

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Cuenta Enrique Ballester en Infrafútbol que el término que da título a su libro lo acuñó Sergio Cortina en los artículos que publicaba en Diarios de fútbol. En los primeros renglones de su texto, Enrique Ballester lo define así: «Infrafútbol es el hallazgo de una pasión que te mata lentamente. El hórror vacui en cada córner. La luz pastosa y tenue de los segundos tiempos. Los bocadillos de fritanga. El sabor metálico de las latas de cerveza. Infrafútbol es aprender de qué va la vida ahí fuera: de aprovechar con toda la crueldad posible los errores ajenos».

Hablamos, entonces, de ese otro fútbol que se juega muy lejos del que mercantilizan los medios de comunicación. Un fútbol que no entiende las bicicletas de Cristiano Ronaldo ni sabe nada de los interminables dribblings de Leo Messi. Un fútbol donde los santos se aparecen en el césped muy de vez en cuando y los demonios campan a sus anchas por las gradas. Hablamos de amor, locura y odio por unos colores, y en el caso de Enrique Ballester, del albinegro del Club Deportivo Castellón. Amor, que le empujaba a recorrer kilómetros de bacheadas carreteras secundarias en autobús tras su equipo. Locura, que no temía chupar frío o cocinarse de calor en gradas con vistas a un campo de tierra. Odio, que siempre volvía en la derrota cuando solo valía ganar. Y también tristeza por otro sueño de ascenso hecho trizas.

El camino sin baches hubiera sido más cómodo. Enrique Ballester pudo elegir el blanco —tan pulcro— del Valencia o el amarillo —tan chillón— del Villareal, y ahorrarse los muchos disgustos que le dio su albinegro Castellón. Pero quién quiere transitar por caminos fáciles pudiendo tropezar una y otra vez con la desgracia. Ya lo avisan los que han estado allí: solo bajando al infierno conocerás realmente tu propio corazón. Los que han mamado el infrafútbol nunca le encontrarán sabor al fútbol edulcorado con el que los medios engordan a sus consumidores. Los que han vivido el infrafútbol en primera persona están condenados a morir en el paraíso del derrotado.

Cuentan que en Castellón aún resisten unos cuantos valientes. Son esa inmensa minoría que, como Enrique Ballester, saben que «hace tiempo que el Castellón se convirtió en una cuestión de fe». Y ya se sabe que la fe y la razón juegan en equipos diferentes. 

 

Fútbol a todas horas

Enrique Ballester se crió en el fútbol ochentero y noventero. Aquel de bigotudos, calvos y desmelenados. De hombres de piernas peludas que jugaban sin espinilleras, con las medias bajas, demostrando a la grada que no temían las patadas del rival. Futbolistas sin nombre en la camiseta, representados por un número, que todavía tenían respeto por el escudo que lucían en el pecho y no se tapaban la boca para hablar en el campo.

El fútbol ha cambiado al mismo ritmo vertiginoso que la sociedad. También nuestra manera de vivirlo. Fue una suerte que, en su infancia, no existiera la actual conexión de banda ancha con el mundo mundial. Antes de que su madre le agenciase un zapatáfono para controlar las comidas ingeridas, el joven Ballester tenía que conformarse con las llamadas desde fijos o cabinas a su padre para que le informase del resultado del Castellón. En aquella angustiosa y desconectada espera, la fe en la posible —aunque poco probable— victoria podía más que el realismo de la derrota. Ahora, con el bombardeo de noticias incendiando muros virtuales, en los primeros compases del encuentro la fe se marcharía emborracharse con el olvido.

«Se dice que el hombre vuelve a la infancia cuando se viste de corto para jugar al fútbol, pero empiezo a sospechar que en realidad a los niños se les fuerza a jugar como hombres demasiado pronto». Enrique Ballester se crió jugando al fútbol en la plaza de su pueblo. Llagándose rodillas y codos en partidos que eternizaban la hora de volver a casa a cenar. Si fuera vástago de este siglo, hubiera crecido sin aquella salvaje libertad. «Jugábamos tanto al fútbol», recuerda, «que jugábamos al fútbol incluso cuando no jugábamos al fútbol». Perteneció a la primera generación que pudimos seguir jugando dentro de casa. En su habitación, se enganchaba al teclado del ordenador y se viciaba al PC Fútbol con su primo durante horas. Así creció: memorizando las fichas técnicas de los cromos, leyendo el Marca de arriba abajo, tragándose todos los resúmenes de Estudio Estadio. 

Se curtió como futbolista en partidos de patio hasta que comenzó a militar en el fútbol regional. Su infancia terminó cuando acudió por primera vez al Castalia. «Seguramente un campo de fútbol no sea el mejor lugar en el que puede estar un niño, pero sí donde antes aprenderá cómo son de veras los que le rodean». En esas gradas se fraguó el que sería un ardiente y tortuoso amor para toda la vida.

 

Pasión albinegra en Castalia

ballester02Enrique Ballester tuvo todas las opciones en el momento de la trascendental decisión. El Valencia, el Villareal, el Levante, todos rondaban cerca. Pero ninguno despertó amor verdadero. Con el Levante no se encendió la chispa. Con el Valencia no había relación, apenas se veían las caras, lo justo para no hacerse caso. Con el Villareal, era otro asunto. Equipo uniformado de un llamativo amarillo tenía más poder económico y siempre estaba un peldaño por encima del Castellón. ¿Qué más necesitaba Ballester para caer rendido a sus pies? Nada de todo eso, sin embargo, le conquistó. Y con los años, se ha afianzado en su rotunda decisión de decirle no: «Si el Villareal, por mucho que lo disfracen de obra benéfica, es el dinero, el mecenazgo, el lujo y el control mediático, político y financiero, el Castellón no tiene más porvenir que seguir el sendero del honor, la humildad, la historia, el amor al juego y al escudo».

«Uno se enamora de un equipo de fútbol de la misma manera que se enamora de las cosas que se quedan para siempre». Como todo enamorado que se precie, desde que surgió la chispa, Enrique Ballester ya no cesó de perseguir a su equipo. Fuese dónde fuese, él viajaba tras sus huellas. No importaban las horas de autobús. Ni las tortuosas resacas de una nueva derrota. Ni quedarse sin voz por gritar su nombre. La fragancia del puro le recordaba irremediablemente a las innumerables tardes vividas en Castalia. Todo lo que tenía que ver con el objeto de su pasión lo anotaba en sus libretas: resultados, incidencias, crónicas. Durante un tiempo, hasta fantaseó con escribirle una apasionada novela.

Desde el día que se enamoró, soñó con ver al equipo de sus amores engalanado con los honores de la máxima categoría. En la espera, no ha parado de dedicarle columnas periodísticas. No es tan fácil como parece mantener la chispa viva cuando se visitan demasiados infiernos. Descensos, deudas, mamoneos. Lo que en un principio fue ardiente pasión, inconsciente locura, con el paso de los años ha ido mudando en tortuosa rutina, asfixiante cordura. Lo que al principio le quemaba, ahora le duele. «No sé por qué me gusta el fútbol si por su culpa me paso la vida sufriendo». Al fin y al cabo, en eso consisten los matrimonios para toda la vida.

 

Redimiendo el infrafútbol

Pasolini afirmaba que el periodismo era algo así como una Segunda División de la literatura y, en consecuencia, los periodistas solo eran aspirantes a escritores que no conseguían el ascenso a Primera. Pero ya sabemos cómo se las gastaba el bueno de Pasolini. Juan Tallón, más comedido, escribió aquello de que, cuando el periodismo era de verbo preciso, terminaba haciendo vibrar al lector y redimiéndole incluso del mal fútbol.

Desde pequeño, Enrique Ballester fue un ávido lector de periodismo deportivo. Tuvo suerte: un familiar regentó un quiosco y podía abastecer su vicio con facilidad. Su padre, antes de dormirse, le contaba una historia. Las que más le molaban eran las que narraban partidos épicos de su juventud. Quizás en aquellas historias encontró la respuesta a la eterna pregunta de «cómo contar un partido, cómo combinar el rigor con la emoción pura». En su juventud, hizo todo lo que pudo para no enrolarse en la carrera de periodismo. Pero no fue suficiente para no convertirse en uno más. Eso sí, con la pluma afilada para blandirla contra el verdadero enemigo: «El periodista está ahora mas cerca de la barra de pilates que de la barra del bar. Si antes se aspiraba a desnudar al poder, ahora el deseo se centra el integrarse en él».

Dice Enrique Ballester que nos pasamos la vida convirtiéndonos en lo que odiamos. Él se quejaba de la proliferación de libros de fútbol que crecían como malas hierbas en los estantes de las librerías, y terminó escribiendo uno. «Como está prohibido perder», reflexiona, «hace tiempo que en los medios todos juegan al empate». Él no salió a por el empate. El que sabe que salta al campo a perder y aún así salta, nunca lo hace buscando las tablas. El Infrafútbol de Enrique Ballester, sin duda, redime a aquel infrafútbol que un día creó Sergio Cortina para definir ese otro fútbol del que los medios tan poco hablan.  

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