Las patadas empelotantes de Canal Feijóo

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En 1923, se disputó en Argentina el trigésimo noveno torneo de Primera División, organizado por la AAF. Aquella edición tuvo un final abrupto: la AAF decidió darlo por terminado cuando todavía no se habían jugado todos los partidos. Para elegir al ganador se disputó un desempate entre los dos equipos que compartían el primer puesto. El Boca Juniors, tras cuatro encuentros contra Huracán —entre el 16 de marzo y el 27 de abril de 1924—, se proclamó vencedor. El último de estos partidos, para más desajuste, se jugó cuando ya había arrancado la siguiente edición del torneo ligero. Este inesperado final se sumó a otras irregularidades: por ejemplo, el Estudiantes de la Plata y el Sportivo Palermo se retiraron, sin que se anularan los partidos disputados por ambos, o el Club Atlético Palermo se incorporó dos meses y medio después del comienzo.

A pesar de estos contratiempos, desde 1891, la liga argentina se había afianzado como el torneo liguero con más solera del continente. En la primera década del siglo XX, el fútbol local amateur experimentó un primer auge que acabó, paulatinamente, con el antiguo dominio de equipos integrados por británicos y escoces. En 1919, el conocido como amateurismo marrón —salarios y primas pagadas a jugadores de forma encubierta— salpicó la esencia del torneo y desencadenó la segunda gran división (tras la escisión producida entre 1912 y 1914). Nació, entonces, la Asociación Amateurs de Football, una liga disidente que creó su propio campeonato en paralelo al organizado por la Asociación Argentina de Football, que se disputaría hasta 1926. En esa década, el fútbol de provincias se consolidó en todos los rincones del país a través de ligas locales.

Contaba el poeta Carlos Juárez Aldazábal en Poesía y deporte: la originalidad de Bernardo Canal Feijóo que, en aquellos años decisivos para el fútbol argentino, Bernardo Canal Feijóo trabajaba para el diario El Liberal. Escribía y dibujaba viñetas humorísticas, dos de sus pasiones. También se ocupaba de la sección deportiva, sobre todo del fútbol, otra de sus aficiones. Licenciado en Derecho, era un joven despierto, moderno y sensible a los movimientos culturales de su época. Y el fútbol representaba a la perfección aquella incipiente modernidad. Fuera de la redacción ejercía de Presidente del Club Atlético Santiago, equipo local de Santiago del Estero. En el Anuario de 1923, se lee que el club «cuenta con trescientos cincuenta asociados, cinco divisiones, (campo) propio con tribuna, cancha de pelota vasca y otras comodidades».

Cuando se sentaba a escribir, le gustaba sentirse libre, sin ataduras. Igual que aquel poeta chileno, Juan Parra del Riego, al que había conocido en su periplo por Argentina. Como sus versos polirrítmicos, Canal Feijóo quería imprimirle a su poesía la velocidad de una jugada por la banda, la osadía del gambeteo sobre la línea cal. Ambos buscaban temas originales, verbos rompedores, imágenes renovadas que dinamitasen las bases de la poesía tradicional. En 1924, Bernardo Canal Feijóo publicó su primer poemario, titulado Penúltimo poema del futbol. Sus versos reflejaban esa libertad destinada a abrir las puertas a nuevas prácticas artísticas. El tema del fútbol —innovador, dinámico, vigoroso— exaltaba la juventud, la fuerza y la vitalidad de la modernidad que se avecinaba.

Aquel poemario supuso una patada vanguardista a los cánones de la literatura establecida. Y se convirtió en el primero que unió literatura y fútbol en Argentina. Bernardo Canal Feijóo tenía 27 años, y los bolsillos llenos de libertad y osadía.

La invocación de la patada

penultimopoemadefulbol.tapa_solaTodavía faltaba casi medio siglo para que explotase la literatura dedicada al fútbol en Argentina; pero Canal Feijóo traspasó los límites de la poesía adentrándose en terrenos inexplorados. Aquel poemario vanguardista se convirtió, no solo en el primero del Noroeste, sino en el primero de todo el país que unió dos temas, por entonces, antagónicos: poesía y patadas.

A pesar de su importancia, Penúltimo poema del futbol permaneció en la sombra del olvido durante décadas, hasta que, en 1971, Roberto Santoro rescató uno de sus poemas para incluirlo en su Literatura de la pelota. En Argentina, solo el texto de Horacio Quiroga, Juan Polti half-back, precedía a los poemas de Canal Feijóo en antigüedad. La generación literaria porteña de los 60 incluyó el fútbol —totalmente profesionalizado y metropolitano—, como un tema cultural serio, símbolo del país a la misma altura que el tango. Quizás ahí radicase una de las razones de aquel olvido: el fútbol que poetizó Canal Feijóo era de provincias. Otra, su transformación como escritor: de irreverente vanguardista pasó a convertirse en un ensayista solemne.

En la madurez literaria, Canal Feijóo nunca reivindicó aquel primer poemario. Son muchos los escritores que, con los años y una carrera literaria a la espalda, reniegan de sus primeras obras. Se arrepienten del estilo, la temática o las inquietudes que les movieron a escribir semejantes textos. Otros, en cambio, ven en sus primeros escritos un grito que, en la indomable juventud, solo supieron traspasar al papel de aquella manera. Son los primeros pasos de un camino y, sin ellos, no hubiera comenzado a andarlo nunca. Penúltimo poema del futbol no tiene nada que ver con los sesudos ensayos ni con las profundas obras de teatro que consagraron la pluma de Feijóo, pero fue el primer paso de su camino, la primera piedra de su obra literaria.

Y así invocó a la patada en el poema Invocación que abre el libro:

«Vuele la pelota, vana como un grito!
Tilde una alta cima y desde allí se descuelgue bañada en oro, como una gran naranja!
El alma desemboca en el limbo solar de esta tarde, como en el acto de espléndida e innumerable determinación de las explosiones.
Qué delirante conjuro lograría la expansión maravillosa del prisma de oro en que se labra, se uniforma y se inflama para una gran jornada, esta tarde!
Patadas!
El ímpetu que hiera el dormido y dislocado reptil del vértigo,
Y la patada que introduzca en el orden prudente del mundo una maciza sinrazón!.»

Gambeteos y patadas empelotantes

Penúltimo%20poema%20del%20fútbolSu acto de modernismo, por mucho que lo rechazara con los años, tuvo, si cabe, doble valor. En el norte del país, donde se emplaza Santiago del Estero, la tradición literaria era más reacia al cambio. Canal Feijóo se movía en una sociedad provinciana, refugiada en el esplendoroso pasado colonial y regida por valores rurales tradicionales. Todo lo que venía de Río de la Plata se veía como algo frívolo y fantasioso. Lo urbano no interesaba. Si en Buenos Aires dominaban las rompedoras vanguardias, allí poco importaba. Todo lo que oliese a moderno se quedaba al otro lado de las montañas, perdido en la inmensidad de la llanura pampeana.

Literariamente, el norte del país vivía anclado en el cancionero y la copla, formas férreas reñidas con los aires de cambio que proponían los ismos en Buenos Aires. Canal Feijóo rompió las atadura con el pasado literario norteño y lo regateó, porque una gambeta no es más que «un mareo momentáneo, una broma pesada, una broma gastada a un señor serio, agrio, reumático». En la primera edición, acompañó los poemas con sus dibujos. Al leerlos junto a las imágenes, el lector tiene la sensación de sentarse con el autor en la grada, cerquita del banderín de córner, y disfrutar de un  apasionante partido. Las voces se mezclan en un carnaval de digresiones: opiniones superpuestas, adjetivos surrealistas, gritos de gol.

El joven Feijóo escribió sobre un tema que le apasionaba. Pasión presente en el alegato de la patada empelotante: Paréntesis es uno de los textos más interesantes del poemario. Como muchos de los versos, escrito entre paréntesis. Arranca así: «(Está ya dicho que en el principio fue la acción, no el verbo, —y hay que agregar: que la acción inicial fue indudablemente la patada». Es el primer alegato literario, en Argentina, en favor del fútbol, de la unión de la poesía y la patada. Defiende que «verbo y acción tienden a hacerse simultáneos en la expresión de su alma, —y sólo en la patada se regocija, y consigue la síntesis esférica su genio». Canal Feijóo se presenta como defensor de la patada, acción menos vil que el puñetazo o la trompada. La patada es noble, de caballeros. 

«Tras el minuto de embriaguez, toda cosa gozada merece, más o menos, la patada», porque «una patada es siempre algo que abre una puerta a un más allá insospechado. […] Apurada en la vida, hasta el hueso, la efusión orgiástica de la potencia, el fin natural y forzoso de la vida es la patada empelotante». 

Para el joven Bernardo —como firmaba sus obras por entonces—, la patada «es hija de la democracia igualitaria moderna, fundente y permeable, y hermana del sufragio universal. […] La patada es el único don olímpico que está atribuido hoy al hombre».

Más patadas disparatadas

Penúltimo%20poema%20del%20fútbol2Dedicó versos a todas las figuras de la tragicomedia balompédica. Al árbitro, por ejemplo, en el poema titulado Referí: «El réferi husmeaba todo, estaba empeñado en revertirlo todo hacia sí, en sorprender las delanteras sin darse mucho afán, con una judiciaria propensión a descubrir la falta, a aplicar sus sanciones de pito solemne». Las fronteras entre los géneros se diluyen a medida que corren los minutos y las páginas. En dos poemas, Bernardo Canal Feijóo se acercó al área para observar la solitaria figura del portero. El primero lo tituló El arco, solo dos versos enjaulados entre paréntesis como el portero en su área: «(El arquero sabe de la alegría de transmutar / en juego el ceño homicida del adversario.)».

El segundo, Ansiedad:

«El ansia del triunfo
anidaba en el ángulo de la red,
a espaldas del arquero,
una gran araña torva…
(El juego se agolpaba contra uno de los arcos, como en un peloteo a la pared. El arquero tenía ya empastelados los ojos, y aunque volvía las espaldas en las contorsiones bruscas, quedaba siempre mirando de frente como un búho idiota.
Solo, abandonado en su arco, el arquero adversario se paseaba de un lado para otro, se detenía, parecía ladrar al tumulto lejano, como un perro atado a su garita.)»

En su conjunto, los poemas funcionan como una disparatada colección de retratos fotográficos de un partido de fútbol surrealista. Una visión alucinada, transformada con palabras en elogio y alabanza de la destreza y la fuerza física. Salpicando los versos con tintes futuristas, gambetas literarias y paredes estilísticas, en una sola pincelada, Canal Feijóo dio muestra de su ingenio. Entre otros poemas, también el Córner —esa esquina maldita donde suele agazaparse el gol traicionero— mereció sus versos:

«Los jugadores se reunieron a dar la bienvenida.
Como de un lejano horizonte
se levanta la pelota del córner,
abriendo su vuelo de serpentina…
Se encoge la guardia de los jugadores
y ajusta el paredón del gol.
Entonces,
entre las frentes endurecidas,
una frente,
aristada de voluntad
en un salto más alto que ninguno,
quiebra como un florete
el acero flexible de la parábola del córner…»

Cómo no, también le dedicó un poema al gol: ¡Gol!:

«Fue apenas una alternativa ambigua.
—¡UN GRITO!—
Y el desmoronamiento lapidario
de la multitud.
En la rotura del corset del júbilo, la muchedumbre se derramó por el estadio como en una enloquecida desratización, y ahogó a los jugadores con uniforme y todo».

Después de goles y patadas, después de páginas de descarados gambeteos con las palabras, con Epílogo, se acaba la tarde y, con ella, el surrealista partido al que el joven Bernardo Canal Feijóo, allá por 1924, invitó a sus primeros lectores:

«La tarde se dispersaba
Sin ninguna apoteosis.

La fatiga de la jornada
Hallaba blanda
La cabalgata de la sombra…

La muchedumbre
Había perdido su himno
Como las nubes después de la tormenta,
Y tenía un desparramo ancho de nubes…

Todo el polvo agitado de la tarde
Asentaba sobre la ciudad,
Con algo de vapor de insensatez
Que se enfría.
(Patadas lejanas)

En lo alto, un pájaro negro,
Lleno de gracia,
Sorteaba la última alegría…

Los árboles se alineaban en su acera
Para balconear la retirada.

(Oculto en la fronda,
Vindicativo, un pajarillo granuja,
Devolvía a la multitud
Su más infamante silbatina).

Hasta que la noche
Crispó en la Ciudad,
Como su sexualidad,
El collar de ganglios de las luces.»

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