La gloriosa jugada de Andrés Iniesta

 

p-jugada-mi-vida-678x1024Si Pier Paolo Pasolini hubiera gozado de la oportunidad de ver a Iniesta trenzando versos con el balón, se hubiera atragantado con sus palabras. Su famosa sentencia, aquella de que el mejor poeta del año siempre es el máximo goleador, pierde todo su valor cada vez que la pelota llega a sus botas. En ellas, el tiempo se detiene. El balón se amansa. El partido parece morirse durante unos segundos. Hasta los rivales dudan si entrarle o solo rodearle. En el fondo, poco importa qué hagan. Iniesta ya ha visto cómo terminará la jugada siglos antes de que ninguno de ellos pueda ni siquiera imaginar el hueco invisible por dónde colará el pase de gol.

En realidad, Andrés Iniesta parece salido de la serie de Oliver y Benji. Muchos dicen que, de pequeño, se puso el disfraz de Oliver Atom, agarró la pelota y ya nunca más la soltó. Sin embargo, su historia y su manera de jugar se parecen más a la de Tom Baker. Para los dos, un pase al primer toque —preciso, en el momento justo, medido— es infinitamente más bello que un gol. Los dos son la eterna pared, un escudero fiel, un yo que entiende la importancia del nosotros. Y lo más importante: ambos tuvieron que arrancarse las raíces muy pronto. Iniesta lo hizo en silencio. Sin escándalos. Con humildad. La misma que demuestra en La jugada de mi vida, sus memorias: en vez de narrarlas en primera persona, deja que sean otros los que cuenten su vida por él.

Quizás esa sea la verdadera conquista: formar parte de la vida de tantas personas. Como dice Pedraza: «El mejor márquetin para el fútbol es ver jugar a una persona como Andrés; no hay mejor anuncio». Dime cómo juegas y te diré cómo eres. En el campo, Iniesta prefiere que otros se lleven la gloria del gol. En la vida, lo mismo: sin vosotros yo no soy. Igual que nosotros ya nunca seremos sin Iniesta. El fútbol siempre acaba poniendo a los futbolistas en el lugar que les corresponde, y a él le tocó un altar. No buscaba el gol, pero marcó el más importante de nuestras vidas. Camacho lo había visto dar sus primeras patadas con diez añitos y lo vio marcar el gol más valioso de la historia del fútbol español. Y resumió el sentimiento de todo un país en cuatro palabras: «¡Iniesta de mi vida!».

Entonces Iniesta corrió hacia el córner gritando, se quitó la camiseta azul y abrió los brazos para agarrar toda la felicidad que pudiera soportar su pecho. No dio tiempo a leer lo que ponía en su camiseta interior porque sus compañeros lo sepultaron, y nosotros nos moríamos en abrazos de gol. En la repetición, se vio de qué pasta estaba hecho el héroe: «DANI JARQUE, SIEMPRE CON NOSOTROS». En ese gesto transcendió el gol. Lo hizo eterno, y conquistó un pedacito de cielo.

De la plaza de Fuentealbilla al césped de la Masia

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre sí quiero acordarme, Fuentealbilla, el once de mayo de 1984, vio la luz un niño pálido de cara y escuálido de complexión, pero bienaventurado de destino. Debajo del brazo, aquel rapaz no trajo pan alguno; entre los pies, sin embargo, tenía un desinflado balón con el que, muchos años después, reinaría en todos los campos de España y del mundo.

Su historia comenzó en la plaza de Fuentealbilla y nadie la conocía mejor que Manu. Nadie, igualmente, vendía mejor las excelencias del fútbol de Iniesta que su primo. Si decían que no tenía planta de futbolista, él les respondía que era un artista. Y les retaba a que le quitasen el balón. Ni los más grandes del pueblo podían arrebatárselo cuando lo llevaba entre las playeras. Con su primo Manu y su amigo Julián, Andrés se pasó la infancia corriendo detrás de la pelota, sin saber que solo uno de los tres conseguiría alcanzarla. La vida, en aquellos años, era un partido fútbol sin fin imitando a sus ídolos: Laudrup, GuardiolaDe la Peña. Jugaban torneos defendiendo la camiseta del equipo del bar de su madre, el Luján, hasta que un día, su padre se bajó del andamio y decidió llevarlo a Albacete. La plaza no era  el escenario adecuado para un fútbol prodigioso como el de Andrés.

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En el Albacete deslumbró. La pelota era más grande que él, pero nadie conseguía descosérsela de las botas. En los entrenamientos, todos querían ir con él pero él se emparejaba con Mario, uno de los más flojos del equipo. Los entrenadores rivales pedían que lo sacasen un rato del campo para que los otros tocasen un poco el balón. Su Albacete sí que sabía a queso mecánico y no el de Benito Floro.  En su segunda participación en Brunete, asombró. «Todos los que fuimos a Brunete vimos algo diferente en Andrés», cuenta Cazorla. Perdió en semifinales pero fue nombrado mejor jugador. Y llegó el fichaje del Barça. Con solo doce años optó por mudarse a la Masía y arrancarse las raíces, todavía tiernas. Decía Miguel Pardeza que hay cordones umbilicales que, una vez rotos, no se pueden recuperar.

Iniesta sufrió mucho lejos de los suyos. «Mi cuerpo estaba allí dentro pero mi cabeza y mi alma estaban con mi familia». Pero nunca rompió ese cordón, sino que trasplantó con mimo sus raíces al césped de la Masía. Tuvo el apoyo de Puyol, Valdés, Reina y muchos otros con los que compartió tappers y horas de soledad mientras esperaba con ansia la visita mensual de sus padres. «Era un chico de doce años que se pasaba veintidós horas llorando por todos los rincones de la Masía», recuerda José Carlos. Las otras dos, corría detrás del balón. Los domingos, en el Camp Nou, mientras ejercía de recogepelotas con Troiteiro, soñaba con marcar goles como los de sus ídolos. Tanto soñó que «el día que iba a debutar con el Infantil B del Barça me quedé dormido», recuerda. Menos mal: sin dormir ni desayunar les endosó cuatro de los ocho goles al Cinco Copas.

Aquel debut prometía un ascenso meteórico. Gracias a la semilla que había plantado Cruyff, el fútbol de Iniesta floreció rápidamente en el césped del Camp Nou. En el primer entrenamiento con el primer equipo, Guardiola le dijo a Xavi: «Tú, Xavi, me quitarás el puesto, pero este chico que ha venido hoy a entrenar nos lo quitará a los dos».

 

El infierno entre dos iniestazos

El infierno se esconde en los sitios más insospechados. El de Andrés Iniesta le esperaba entre los que, seguramente, han sido los dos goles más importantes de su carrera: el de Stamford Bridge en semifinales de Champions y el del Soccer City en la final del Mundial de Sudáfrica. El primero clasificaba al Barça a la primera final europea de la era Guardiola. El segundo, convertía a España en campeona del mundo. Entre aquellos dos goles, la vida de Iniesta fue un calvario de continuas lesiones. Entre uno y otro, acechó la depresión. Entre sus dos goles más importantes, Iniesta perdió a uno de sus mejores amigos, Dani Jarque, y todo pareció desplomarse.

Aquel año el Barça batió todos los récords. Debía ser su mejor momento. Pero, cuando la Liga agonizaba, se lesionó en el séptum. Quedaban pocas semanas para la final de Roma y Andrés quería jugarla. Necesitaba quitarse la espina de haber comenzado como suplente la final de París. Aunque había cambiado el rumbo de aquel partido contra el Arsenal de Titi Henry, Iniesta quería sentirse protagonista desde el minuto cero. Llegó medianamente recuperado al partido, lo jugó y lo ganó. Pero pagó caro el sobreesfruezo. Detrás de aquel título se escondían más de diez semanas de continuas recaídas. Cuando no era una pierna, era la otra. Cuando no, su cabeza comenzaba a jugarle malas pasadas: «Es muy duro tener la sensación de no ser tú. Aterra».

El calvario no había hecho más que empezar. Cuando parecía mejorar la lesión, recibió el mazazo de la muerte de Dani Jarque. «A partir de ahí», cuenta, «comenzó mi caída libre hacia un lugar desconocido… Vi el abismo». Se sentía de cristal, frágil a cualquier roce. Fue entonces cuando Emili, Imma y Raúl, médicos y psicólogos, trataron de sacarlo del pozo. Un pozo que parecía no tener final: volvió a lesionarse días antes de que Vicente del Bosque diese la lista definitiva para Sudáfrica, y volvió a recaer en el primer partido del Mundial. Por suerte, solo faltó a aquel partido. En su vuelta, marcó contra Chile y aquel «no era un gol cualquiera porque en la temporada 2009-2010 solo había anotado otra diana en 42 partidos con el Barça».

El tercer gol de aquel año nunca lo olvidaremos. Él lo había vaticinado: antes de la final le dijo a Puyol que marcaría uno más importante que el suyo frente a Alemania. Como si lo oliera, le pidió a Hugo Camarero que le pintase la camiseta con la dedicatoria a Jarque. El Iniestazo se hizo de rogar. Llegó en el inolvidable minuto 116 para matar el partido y cerrar un ciclo de dolor en la vida de Iniesta.

 

La armonía del primer capitán

Afirma Juan Villoro que los goles no solo suceden una vez, sino que ocurren una y otra y otra vez. Todos recordamos qué estábamos haciendo en el momento en que Iniesta dio dos pasitos atrás para evitar el fuera de juego y recibir el pase de Cesc. Jessica, la mujer de Jarque, volvió a ver un partido aquel día y no pudo mirar a la pantalla cuando el pase le llegó a Iniesta. Todos dejamos de respirar mientras el balón botaba. Un país entero contuvo la respiración, en silencio. «En ese silencio eres el único que puede dominarlo todo», dice Iniesta cuando recuerda el momento antes de empalar el Jabulani. Si en el gol de Satmford Bridge, Guardiola dijo que en la pierna de Andrés estaba todo el barcelonismo, en el del Soccer City tenía el alma de todo un país.

Quizás en ese silencio logró encontrar la armonía perdida. Todos los que han compartido vestuario con él lo clichaban a la primera: Andrés era un líder futbolístico nato. Y la confirmación llegó cuando le pidió a Del Bosque lanzar uno de los penaltis decisivos contra Portugal en las semifinales de la Eurocopa de 2012. Se retó a sí mismo desde los once metros. Y marcó. Estaba preparado para asumir la primera capitanía del Barça. Para ascender el último de los peldaños. «El fútbol te lo devuelve todo», reflexiona Iniesta. «Te lo devuelve si trabajas, si crees, si sientes este juego, si vives para él». El camino no había sido fácil pero siempre estuvo arropado por su familia, y ahora lo está por la que ha ido construyendo al lado de Anna, ValeriaPaolo Andrea.

La jugada de tu vida, Andrés, ha sido la jugada de nuestras vidas. Nunca la olvidaremos. Nos pusiste una estrella cerca del corazón que ya nadie podrá arrebatarnos. Como afirma Messi, nos enseñaste que lo difícil es hacer que el fútbol parezca tan fácil. Neymar te compara con un jugador de Playstation y Suárez dice que te expresas con el balón. Dani Alves te llama “el mago Andresinho” y Mascherano sentencia que «el respeto verdadero no te lo da la palabra, te lo da el balón». Son infinidad las voces que hablan en tus memorias pero solo una la que te hace hablar a ti: la del balón. Llevas toda una vida hablando en el campo. Expresándote con él. Él te da tu carácter. Él ha sido tu mejor amigo y confidente. Nunca te ha abandonado en este largo viaje. Botaba entre tus playeras en la plaza de Fuentealbilla y sigue deslizándose contigo en la hierba del Camp Nou. Cosido a tu bota. Esperando a que le enseñases el hueco donde se esconde el gol.

Puede que ahí radique la esencia del verdadero éxito: que tanta gente te acompañe en el camino. En La jugada de mi vida no solo hablan todos tus compañeros de vestuario, también muchos de tus rivales más feroces. Quizás ahí se esconda tu verdadera victoria: que, al acabar el partido, todos tus contrarios se peleen por cambiar contigo la camiseta.

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Un comentario en “La gloriosa jugada de Andrés Iniesta

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