Una cuestión de fe para Enric González

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Enric González nació en Barcelona, ciudad con dos equipos de fútbol en Primera División. Una urbe, en consecuencia, con el corazón dividido. Los que viven en Sevilla, Madrid, Valencia o Bilbao saben lo que es eso. Saben que necesitan del otro para ser ellos mismos. Sin el rival, no se paladearían con el mismo placer los carajillos del lunes por la mañana. Ni las risas en el descanso de la fábrica serían lo mismo. Sin el otro, no tendrían gracia los chistes, ni saludar con la mano abierta. Sin derbis, sin esos odios y rivalidades eternas, el fútbol sería algo así como comerse una tortilla sin cebolla.

«El gusto por el fútbol», afirma Enric González en Una cuestión de fe, «y la devoción por unos colores u otros, nacen, creo, de una forma natural a partir de hechos cotidianos». Así es en su historia. Su padre era periquito; su madre, culé. Fue su padre el que se llevó el gato al agua. O, más bien, el periquito a la cazuela. Le llevó por primera vez al viejo Sarrià, y ese día selló su destino. Sucedió mediados los 60. No corrían buenos tiempos para el Espanyol pero tampoco para los culés, y ya se sabe que las desgracias del vecino hacen más llevaderas las propias. La derrota del Barça en la final de la Copa de Europa del 61, sumada a la crisis que provocó la salida de Helenio Herrera y Luis Suárez al Inter, habían dejado al club navegando a la deriva.

Enric González pronto aprendió que ser del Espanyol era otra cosa. Eran muy distintos a los culés, como de otro planeta, aunque compartiesen las mismas calles. Nada tenía que ver pasar unas temporadas sin ganar títulos, con arriesgar el pellejo bajando de categoría y vagar un tiempo en el infierno. Enric González vivió los cuatro del Espanyol. «El más doloroso», recuerda, «fue el de 1970. Por edad y porque yo estaba enamorado de aquel equipo». Todavía le quedaba por sufrir. En 1988 el Espanyol logró salvarse de la quema, pero la temporada siguiente descendió. Solo un año después volvió a la élite, pero en 1993 se hundió de nuevo en lo más profundo del pozo. Deudas, presidencias convulsas, fraudes, fichajes insulsos. Y la dolorosa venta de Sarrià.

No todo fueron tragos amargos. Hubo momentos dulces, como la UEFA de 1988, con Clemente en el banquillo. Enric González se casó el día del partido de vuelta de semifinales. Consensuó con Lola, su mujer, pasar la luna de miel en la final. Lo acordaron antes de que se jugase la ida. El Espanyol venció por un contundente tres a cero. Olía a fiesta, a celebración por todo lo alto. El trofeo de la UEFA podría haberse convertido en la guinda perfecta del pastel; pero, en el partido de vuelta, el Bayern Leverkusen dejó a Enric González compuesto, con novia y sin copa. Como tampoco la tuvo, 20 años después, en la final contra el Sevilla.

Más allá de la pasión: Una cuestión de fe

gonzalezweb_70339dcd-a303-4180-9b16-9e4a7326052e_largeNo cuenta Enric González aquellas finales como recuerdos únicamente amargos. Los pasos en el camino, para él, son más importantes que el destino final. Ahí radica una de las diferencias con los vecinos: si ellos pierden una final, la temporada es un desastre; para un periquito, en cambio, llegar a una la convierte en un sueño.

Ninguna de aquellas derrotas provocó que se arrepintiese de la elección de sus colores. Enric González nunca hubiera dejado a su equipo esperando en el altar: «El amor solo se puede medir por el grado de dolor que es capaz de infligirnos aquello que amamos. Y a mí ninguna institución futbolística puede dolerme tanto como el Espanyol». Alejándose de la línea general, para él, «el fútbol no es una de las bellas artes. Es una simple actividad deportiva. […] El fútbol es lo que se vuelca en él». Pasión, fe, amor incondicional, odio, incertidumbre son algunos de los sentimientos que provocan las patadas al balón. Que le dan sentido al deporte rey. Sin ellos, solo sería un juego más.

Todos los domingos, los santos ofician su misa sobre el césped y millones de almas acuden a las catedrales para verlos. Desde que el árbitro pita el final, los feligreses enaltecen a los semidioses con la narración de sus gestas. Goles imposibles, jugadas divinas, paradas milagrosas. La fe obra remontadas prodigiosas. La fe de una grada, en muchos partidos, se calza la camiseta número doce y empuja a los futbolistas hasta el gol de la victoria. Muchos escritores han comparado el fútbol con la religión. Enric González reflexiona sobre lo que significa para el espanyolista: «La religión surge cuando el mensaje divino se incumple, por ello obliga al creyente a reformular el mensaje en términos puramente humanos». La verdadera fe en unos colores se demuestra cuando tu equipo está destinado a la derrota; cuando, a pesar de saber que el partido está perdido, te quedas afónico animando.

Existen, eso sí, diferentes tipos de fe. No es la misma la que mueve a los culés que la que hace aletear a los pericos. Como afirma Enric González, los seguidores del Barça «pueden sentirse tristes, pero jamás han experimentado el auténtico vacío existencial de quienes sospechan, con bastante fundamento, que su dios se ha largado para siempre». La identidad de los espanyolistas se ha construido sobre una fe ciega que no entiende de fronteras ni límites. Una fe, en definitiva, forjada con sudor y levantada sobre los sólidos pilares de la derrota.

El césped del viejo Sarrià

La historia del aficionado no podría concebirse sin la de su estadio, como la del fiel sin su iglesia o la del borracho sin su bar. La de Enric González se construyó sobre los pilares del viejo Sarrià.

Sarrià abrió sus puertas por primera vez el 18 de febrero de 1923. El partido enfrentó a los locales contra el U.E. Sants en el Campeonato de Catalunya. La tribuna lucía aquella tarde sus entrañas porque la empresa constructora se había declarado en quiebra. Su construcción supuso un gran esfuerzo económico para el club, que sufragó recaudando fondos con una gira por Sudamérica. Aquella tarde, el Espanyol venció por cuatro goles a uno, y Vicente Tonijuán inauguró las redes. Ese mismo año se jugó el primer partido internacional, contra el SK Viktoria Zizkov. Acabó en derrota. Ricardo Zamora no pudo jugar porque había sufrido un accidente de coche días antes. Cinco años después, con la tribuna ya levantada, Sarrià fue el escenario del primer título blanquiazul conseguido en su césped: el Espanyol venció por dos a uno al Barcelona en la penúltima jornada del Campeonato de Catalunya, y se alzó con el trofeo.

Vendrían muchos más partidos importantes, como el primero de Liga. En su césped se marcó el primer gol oficial: el extremo Pitus Prats, en el minuto cinco, abrió el marcador en el encuentro que enfrentaba al Espanyol y al Real Unión Club de Irún, el 10 de febrero de 1929. Dos décadas después, la torreta del chalet lució orgullosa el tremendo correctivo —seis a cero— que los pericos le asestaron al eterno rival. Aquella torreta marcó la última victoria local en 1951. En las semifinales de Copa, el Español derrotó al Athletic por cuatro a dos, y todos los goles se lograron en su mítica portería.

Los 50 fueron los años de la explosión del fútbol en España, y los principales estadios se remodelaron para albergar el creciente número de seguidores. En Sarrià, comenzaron las demoliciones de la torreta para levantar el graderío sur y la tribuna. En los 60, llegó la luz eléctrica. En los 70, se cerró por completo el estadio. El 5 de julio de 1982, más de cuarenta y cinco mil almas abarrotaron sus gradas. Se enfrentaban Brasil e Italia: el ataque más florido contra el catenaccio más cerrado, fútbol-arte contra fútbol-estrategia. Sócrates, Oscar y Cerezo contra Gentile, Rossi y Conti. No fue la última vez que el mundo estuvo pendiente de Sarrià: diez años más tarde, su césped acogió partidos de los JJOO de Barcelona 92.

Enric González creció en aquellas gradas. Recuerda que Sarrià «no era demasiado grande ni especialmente cómodo. Había envejecido y las sucesivas ampliaciones le habían restado elegancia». Llegó a conocerse sus rincones de memoria. Podía aletear en la jaula con los ojos cerrados. «La muerte de Sarrià fue precedida de una larga agonía que comenzó, creo, con la terrible final de Leverkusen». En los 90, el club se sumió en una crisis futbolística y económica que le obligó a vender su estadio a empresas inmobiliarias. El 21 de junio de 1997 se disputó el último partido oficial. El Español venció por tres a dos al Valencia. El último tanto de la historia del viejo Sarrià lo anotó Iván Campo, en el minuto 77. Nunca más volvieron los goles a besar sus redes. Ni los tacos a agujerear su césped.

«Sarrià fue demolido el 20 de septiembre de 1997», escribió Enric González. «Todavía duele».

La identidad de una minoría

La Ciudad Condal quedó divida por el foot-ball cuando, en 1900, en las aulas de la Universidad, Ángel Rodríguez fundó el Reial Club Esportiu Espanyol. Los jugadores que formaron la primera plantilla eran de la casa o, a lo sumo, españoles. No querían extranjeros en sus filas, en contraposición al club que había fundado Hans Gamper dos años antes. Vistieron de amarillo porque uno de los primeros socios les regaló la tela de aquel color para que confeccionasen los uniformes; hasta que, en 1909, se calzaron las camisetas blanquiazules, como el blasón del Almirante Roger de Llúria.

No tardaron mucho en enfrentarse los vecinos. El 23 de diciembre de 1900, en el Camp de l’Hotel Casanovas, empataron a cero. Comenzaba la primera Navidad del nuevo siglo y, con ella, arrancó una rivalidad que dividiría la capital catalana. Pero no en dos porciones iguales: temporada tras temporada, la blaugrana le fue comiendo terreno a la blaquiazul. Algo que a Enric González no le preocupa.

«Un periquito es alguien que podría haberse dejado llevar por la corriente dominante, muy dominante, y hacerse del Barça (o del Madrid, ya puestos), pero ha decidido sin embargo afrontar un destino incierto y abundante en sinsabores». Y añade: «Un periquito es alguien que opta por pertenecer a la minoría».

Su identidad futbolística nada tiene que ver con la de sus vecinos. «Mientras los vencedores inventaban su historia, el Español no inventaba nada. Y se encontró a la sombra de la historia ajena. Si el Barça simbolizaba el antifranquismo y el catalanismo, el Español, su vecino y rival, debía simbolizar lo contrario». Desde las primeras décadas del siglo XX, voces como la de Josep Maria de Sagarra perfilaron lo que simbolizaba el club. En 1928, en La Publicitat, escribió un texto titulado Meditació blaugrana: «Barcelona es un club de fútbol; es una cosa de hombres, y de intereses materiales y de intereses de todo tipo. ¡Ya lo sabemos, ya lo sabemos! Pero el Barcelona es algo más: es el azul y el rojo; y la vibración de ese azul y este rojo la aportamos nosotros». Escritores como Vázquez Montalbán o Sergi Pàmies reescribieron aquel simbolismo y lo adaptaron a los nuevos tiempos.

La voz del Espanyol apenas se hizo escuchar entre el creciente sentiment que se apoderaba de Barcelona. El Barça acaparaba todos los focos, se adueñaba de los micrófonos y estampaba las postales que se llevaban los turistas de recuerdo. Las camisetas de sus estrellas pintaban de blaugrana los escaparates de las tiendas de la Rambla. El Camp Nou y la Sagrada Familia se convirtieron en las únicas catedrales de la ciudad. Al periquito se le dejaba olvidado en su jaula. Sin embargo, por mucho tiempo que pase encerrado, un pájaro no pierde las ganas de volar. Enric González sabe que «la identidad del Espanyol se ha construido desde la minoría, con derrotas muy doloras, en una época de éxito y una constante necesidad de resistir».

En realidad, solo queda eso: resistir con fe. Por mucho que el vecino se adueñe de las calles, que el eterno rival les arrincone. Aunque se pierdan pocas finales y se visiten infinidad de infiernos, los seguidores espanyolistas resistirán. A los periquitos les mueve una fe más poderosa que cualquier pasión, que ha demostrado en infinidad de ocasiones su carácter inquebrantable.  

 

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