El desafortunado partido de B. S. Johnson

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Sostiene W. H. Auden en El arte de leer que, hasta los 40 años, el gusto literario consiste en no tener gusto. Consideraba, pues, esa edad como un paso fronterizo hacia la madurez intelectual y literaria. Para muchos, cumplir los 40 equivale a la mitad del camino de la vida. Para el escritor y cineasta Brian Stanley Johnson, sin embargo, fue el final. Con la mitad del recorrido, tuvo suficiente. La fría y gris tarde del 13 de noviembre de 1973, decidió acabar con su vida cortándose las venas.

Estaba cansado de intentarlo. Harto de probar y no dar con la tecla. Por más que sus escritos rompían con las convenciones, por más que innovaban en lo técnico, Johnson no encontraba el reconocimiento del gran público. Gozaba, eso sí, del respeto y admiración de muchos colegas de profesión. Paul Theroux, autor de La Costa de los Mosquitos, por ejemplo, lo mencionó en el relato donde hablaba de su relación con Naipaul. Uno de sus referentes literarios, Samuel Beckett, incluso le ayudó económicamente. Cuando en 1969 ganó el Nobel, decidió repartir la parte monetaria entre escritores de segunda línea que, según su criterio, merecían un empujón para continuar con su carrera literaria. Uno de aquellos prometedores autores, a ojos del dramaturgo, era B. S. Johnson.

Cuentan que, con aquel dinero, se agenció un descapotable rojo. Así era el excéntrico escritor: pura innovación, rompedor de clichés, provocador, deslenguado. Ese mismo año de 1969, publicó Los desafortunados, su cuarta novela. Como las anteriores, buscaba desmarcarse de lo habitual, huir de los lugares comunes. El mismo formato del libro rompía con lo tradicional: en una caja, Johnson presentó 27 pliegues independientes que, a excepción del que abría y el que cerraba la narración, podían leerse en cualquier orden. No era puro esteticismo. Con esta presentación desmembrada quería que el lector, en el viaje de la lectura, viviera lo más realísticamente posible el flujo y reflujo de la mente.

El estilo —un stream of consciousness, en la línea de sus admirados James Joyce y Beckett— simulaba el caótico funcionamiento de la memoria humana. «No consigo recordar. La mente tiene fusibles», dice el narrador. También afirma que la mayoría de lo que conseguimos recordar es basura, mezclada con retazos de palabras, miradas y el sabor amargo de la cerveza. Lo importante, sin embargo, es que «cualquier cosa significa algo si uno le impone un sentido, lo que en sí mismo es un sinsentido, la imposición». Ahí radica el valor de la novela: tratar de encontrar sentido al sinsentido de la muerte.

 

El cronista deportivo

Los-Desafortunados_baja-201x300-201x300.jpgTambién fue rompedora la aparición del fútbol como uno de los principales temas narrativos. Mediados los 60, había comenzado a asomarse a la literatura, pero no era convencional encontrarse, en los escaparates de las librerías, novelas que mantuvieran una relación tan estrecha con el fútbol. En Los desafortunados, el narrador —del que no sabemos el nombre— se gana la vida escribiendo crónicas. En concreto, viaja a Nottingham para cubrir el partido entre United y City. Es la temporada 65-66. El fútbol, en Inglaterra, está cambiando a ritmo vertiginoso, igual que la sociedad. El modelo industrial se esparce por toda Europa y, temporada tras temporada, va arrancando al deporte rey los últimos flecos de romanticismo.

«Cuando cada sábado uno tiene que cubrir un partido de fútbol en una ciudad diferente, acaba por viajar y orientarse en lugares extraños en un estado casi automático».  Así, de manera incierta y azarosa, se mueve el narrador por las calles de Nottingham. Y así, errática y caprichosa, navega su mente entre los recuerdos. Pasea, piensa, hace tiempo en pubs mientras llega la hora del partido. De camino al estadio, entre la multitud, reflexiona sobre la creciente importancia del fútbol en los medios de comunicación: «las apologías típicas de la tele, mientras que el único deporte que la mayoría de la gente quiere ver es el fútbol, el único deporte de verdad, el mejor, los extremos patéticos a los que llegan los sábados por la tarde para esconder el hecho de que no pondrán fútbol».

Entra en el estadio. Se camufla entre los fans. Como un niño que pisa la grada por primera vez, siente, «siempre, al comienzo de todos los partidos, la expectativa, a menudo el único momento de expectativa, de que este vaya a ser EL partido, […] en donde ocurre lo extraordinario, el partido que uno recuerda y comenta después de años enteros, toda la vida». Por mucho fútbol que ha visto, no ha perdido la fe del aficionado, esa que se renueva domingo a domingo. El partido, sin embargo, no tiene instantes de excepción, ni goles extraordinarios, ni tan siquiera jugadas que merezcan adjetivos brillantes. Pero él debe contarlo, tomar nota porque, en el conjunto del día, quizás encuentre algún sentido.

Apunta en su cuaderno, aunque se aburre. Dar brillo a aquello será difícil. No le interesa lo que ve aunque «me satisface, me contenta, poder hacer este trabajo, me complace esta nueva profesionalidad, poder escribir con horas de cierre tan estrictas, y en extensiones tan rigurosas, poder cumplir con las dos exigencias». Sabe, sin embargo, que no es la calidad de lo escrito lo más importante, sino cumplir los plazos para que la maquinaria no se detenga. Solo importa embellecer lo absurdo con adjetivos. El partido se convierte en un fiel reflejo de su vida: él espera lo extraordinario pero solo ve lo mezquino. Por mucho que tratar de salvar a su amigo fallecido, por mucho que lo intenta salvar con las palabras, apenas vislumbra leves destellos de vida en el reino de la muerte.

 

Un partido sin adjetivos

El narrador entregó su «lealtad de pequeño, al Chelsea, y a ninguno más, cómo va a importarme cuál gana de estos dos, el City o el United, así que solo espero lo extraordinario, el partido inolvidable». Los lances del juego se mezclan con palabras, con correcciones mentales, con recuerdos y gritos de aficionados. Nada destacable sucede en el campo. El partido se convierte en reflejo de su intento por rescatar su propia vida a través de los recuerdos. Bucea en la mente buscando lo extraordinario, pero vuelve a la superficie cargado de mezquindad sin significado.

Una de las primeras cosas que aprende un aficionado es a esperar. Nunca se sabe qué sucederá en los noventa minutos de en un partido. Puede que nada o puede que lo más inverosímil. Quizás el marcador, al final, indique un cero a cero mucho más apasionante que cualquier goleada. O puede que una victoria por la mínima se convierta en épica. Nunca se sabe en qué minuto del juego se esconde lo excepcional, ese bote que convierte la tragedia en gloria, el que transforma un partido en el partido.

Si atendemos a los datos que proporciona el narrador, el encuentro que cubre es el que enfrentó, la temporada 65-66, al City con el United. «Claro que el City ascendió la temporada pasada, o sea, que en cierto modo está excusado, supongo, por no estar a la altura de la primera división». Acudieron casi 25 mil personas, según lee en una nota que pasan a los periodistas. Apenas tiene relación con ellos. Escribe su crónica incómodo y malhumorado. En quinientas palabras, debe contar la historia del partido y esperar al día siguiente para ver cuántas dentelladas le han dado los redactores a su texto. «Aunque el partido sea espantoso, te dicen, tú escribe tu crónica como si fuese épico». Le puede el tedio, sus pensamientos se van al Chelsea, que esa jornada se enfrenta al West Brom. «¿Afecta en alguna medida esta jodida crónica, destruye incluso, mi interés por el lenguaje?». Siente que la escritura mecánica, el uso indiscriminado de adjetivos épicos, asesina el lenguaje.

En la realidad, en enero de aquella temporada de 1965, el City tocó fondo. En uno de los primeros partidos de ese año, se registró la peor entrada de su historia: apenas ocho mil personas acudieron al estadio. El City naufragaba en la Second División y hasta los más fieles seguidores abandonaron el barco. Pero el barco, gracias a la gestión de Joe Mercer, volvió a flote. Tras su contratación, esa misma temporada se proclamaron campeones y recuperaron el lugar que les correspondía en la Premier League. Dos temporadas más tarde, los dos clubes del aburrido encuentro jugado en Los desafortunados, fueron los afortunados protagonistas del campeonato. En la temporada 67-68, el City logró su segundo título al vencer, en el último partido, al Newcastle por 4-3. Su vecino, el United, tuvo que conformarse con la segunda plaza.

 

La luz del fútbol industrial

«Qué frecuentes son ahora, en los últimos años han llegado a ser sinónimo de campo fútbol, cuando uno las divisa entre los edificios, las torres de iluminación, desnudos andamios, sostenes de foco, funcionales, un rasgo que no existía en los tiempos de mi padre». La luz del fútbol. Esa que cambió por completo la dinámica de los partidos. La que convirtió un sport de tarde en uno que no dependía de los rayos del sol. La televisión, estadios más faraónicos, las cantidades de dinero invertidas en fichajes, el creciente interés de los medios de comunicación. Factores  que, como intuye el narrador, mediados los 60, convertían el fútbol en un deporte industrial, en objeto de consumo de masas.

El dinero que movía el naciente fútbol industrial creó nuevos intereses, más materialistas que humanos. «Siempre ha habido, hay en el fútbol dinero a montones, miles de libras por partido, cientos de miles por temporada, la cantidad de gente que va, y los jugadores no sacan nada, hasta hace poco los trataban muy mal». También esto estaba a punto de cambiar. Las revueltas sociales que barrieron Europa en los 60 tuvieron su reflejo en los campos de fútbol. Jugadores de la talla de Johan Cruyff plantaron cara incluso a las grandes marcas. Los futbolistas se dieron cuenta de que no eran esclavos, y lucharon por unos derechos que, en la actualidad, los ha convertido en poderosos miembros de la sociedad.

Lejos quedaba el fútbol que había hermanado a los dos equipos de Manchester durante décadas. Desde sus inicios, los dos clubes habían representado a la ciudad de manera limpia y caballerosa. Como en 1889, cuando ambos —todavía Ardick Football Club y Newton Health— homenajearon a los 23 mineros fallecidos en una explosión cercana a la mina de carbón de Hyde Road, con un partido bajo luz artificial para recaudar fondos y ayudar a las familias de las víctimas. O como cuando, tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial que hundieron parte de Old Trafford, el City cedió Maine Road a sus vecinos para que disputasen sus encuentros.

Al salir del campo, el narrador abandona el estadio entre miles de aficionados, «los mismos en todas las ciudades, da la impresión, generalizar es tan inútil, de camino a cualquier partido, el fanático de verdad no necesita mostrar la devoción con reverencias, sino con el fervor, etcétera, el sentimiento profundo, por el equipo, el único equipo». Muchos de aquellos hombres acudían al fútbol huyendo de la mediocridad. En busca del milagro que rompiese la rutina semanal. Sin embargo, el narrador, perdido en la multitud, ya no espera que el fútbol ilumine su vida.

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