Chus Pereda, héroe del 64

 

Cada uno lo llamaba a su manera: foot-ball, fútbol, furbol, fusbol, balompié, bolapié. No tenía un nombre claro pero cada domingo ganaba seguidores. Durante los años veinte, llegó aquel sport inglés a Medina de Pomar, un pueblo encerrado entre montañas, al norte de Burgos. Algunos jóvenes que habían salido del pueblo para estudiar, habían vuelto con una pelota en la maleta y aprovechaban las vacaciones para enseñar a los vecinos las reglas.

El juego pronto prendió en las calles adoquinadas y explotó como una traca de petardos. Cada barrio formó su equipo: el Medinés, el Deportivo, el Rayo, el Olimpic, Acción Católica. Cada uno con sus colores, su escudo, sus seguidores. Durante años, aquellos clubes jugaron entre ellos y contra pueblos y aldeas vecinas. En 1945, se decidió que solo uno podía representar al pueblo. El Rayo y el Obra Atlético Recreativo Alcázar se lo jugaron a un partido. Venció el Alcázar.

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Unos años más tarde llegó Jesús María Pereda Temiño al pueblo. O más bien volvió: aquel chaval había nacido en Medina de Pomar el 15 de junio de 1938 pero sus padres habían tenido que emigrar a Chile. Todos los vecinos le llamaban Chus. En Medina, todos le conocían: Chus tocaba la trompeta en la banda municipal. Y, con solo doce años, tocaba el balón como nadie. Los que bajaban al campo de Labandión para ver los partidos del Alcázar quedaban maravillados con sus goles.

Cuando los vecinos pasaban por la carnicería de su padre, comentaban que aquel chaval tenía algo especial. Había nacido para as del balón. Su padre le daba un machetazo al pedazo de carne y decía que no le gustaba que jugase con los mayores. Todavía era un niño. Lo único cierto era que Chus, un zagalillo, jugaba con un desparpajo inusual entre hombres de piernas peludas. Se regateaba hasta su sombra, daba pases medidos, ponía el balón donde quería. Aquel chaval no solo hacía música con la trompeta, también con el balón en los pies.

Corrían los años 50, y Chus seguía por la radio las gestas europeas del Real Madrid de Di Stéfano. Pero a él el equipo que le apasionaba era el Athletic de Telmo Zarra y Piru Gaínza, los ases del Mundial de Brasil. Pensaba en ellos mientras, con sus compañeros, cargaban con las porterías por la era de Labandión antes de los partidos. Cuando se calzaba la camiseta del Alcázar, jugaba emulando a aquellos jugadores de los que tanto hablaba la radio. En las fotos que les tomaban antes de los partidos, a Chus le gustaba posar agachado, con el balón cerca, a poder ser entre las manos. Después de la foto, aunque con los pies, él seguía siendo el dueño del cuero.

Su mejor actuación fue en el campo Zatorre, durante el campeonato provincial. El Alcázar llegó a semifinales y perdió por la mínima contra el San Pedro, que para aquel partido se había reforzado con jugadores del Real Burgos. Solo defensas profesionales podían arrancarle la pelota de los pies.

La perla del millón de pesetas

Los vecinos lo presagiaron como cuando se sacaban el palillo de la boca y anunciaban que aquellas nubes traían la tormenta. Aquel chaval no duraría mucho defendiendo el escudo del Alcázar. Y así fue. Con solo quince años lo fichó el Balmaseda. Pero no pudo jugar mucho: el Zalla denunció al club porque aquel niño no tenía edad reglamentaria para la categoría. Chus Pereda, mientras se solucionaban los papeleos, estudió el bachillerato en Bilbao. Bajaba algunos fines de semana al pueblo y jugaba con sus antiguos compañeros del Alcázar. Con dieciséis, fue convocado para jugar un partido con la selección de Vizcaya. Se hizo rápidamente con un puesto en el once titular, y sus compañeros le nombraron capitán.

Todos en Medina lo imaginaban con la camiseta del Athletic. Pero, al cumplir los dieciocho, donde recaló fue en el Indautxu. Acababa de abandonar el club Telmo Zarra, pero Pereda compartió vestuario con Raimundo Pérez Lezama, José Eulogio Gárate, Eusebio Ríos, Gerardo Sasía o Miguel Jones. Rodeado de futbolistas de más calidad, y bajo la batuta de Rafa Iriondo, explotó su fútbol. Exquisito con y sin balón, era un fantástico interior diestro, buen conductor, hábil, técnico, goleador. Formaron una plantilla casi invencible, tanto que el mismísimo Real Madrid de Di Stéfano les invitó a jugar un amistoso en Chamartín. El partido se disputó el 23 de noviembre de 1957. El Indautxu apalizó al Madrid por un contundente 1-4. La goleada se pudo haber completado con la manita, si Pereda no hubiera fallado un penalti.

Aquel penalti no cambió la idea de Ipeña: quería traerse a aquella perla al Real Madrid. Esa misma noche se reunió con Olaso, presidente indautxarra, en el restaurante El Loto, en la calle Serrano. Ipeña ofreció seiscientas mil pesetas; el Indautxu quería un millón. Al final de la noche, se llegó a un acuerdo: ochocientas cincuenta mil pesetas y doscientas cincuenta mil más si el chaval llegaba a internacional. Después del acuerdo, Ipeña y Olaso viajaron en coche hasta Medina de Pomar para comunicarle a Pereda los términos del contrato. Tres días después, firmaba en el hotel Carlton de Bilbao por cinco temporadas.

A la mañana siguiente, todos los periódicos se hicieron eco del fichaje. Los aficionados del Athletic, indignadísimos, agitaban los diarios en el quiosco. No entendían cómo se les había adelantado el Real Madrid. El Athletic guardó silencio. El Indautxu quedó como el traidor de la historia por vender al enemigo la perla más preciada. La verdad era más simple: Chus Pereda era maqueto, y el Athletic solo fichaba vizcaínos.

De monaguillo a delantero de cristal

Debutó con el Real Madrid con solo diecinueve años. En Chamartín, golearon al Jaén por seis a cero. Pero aquel prometedor inicio no tuvo continuidad. Esa temporada el Madrid ganó la Liga y la Copa de Europa, pero Pereda apenas participó en dos partidos. Tuvo, sin embargo, su gran oportunidad en la final de la Copa del Generalísimo. Gento se quedó en el banquillo. El partido lo ganó el Athletic por dos a cero, y llovieron críticas por la suplencia de Gento. Fue el último que la perla del millón de pesetas jugó de blanco. Al final de aquella temporada abandonó la capital en busca de oportunidades. La falta de minutos y las desavenencias con Luis Carniglia forzaron su cesión al Valladolid.

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Formó “la delantera de los monaguillos”, con los jovencísimos Mirlo, Ramírez, Morollón y Beascoechea, que devolvieron al Valladolid a Primera. Regresó al Madrid, pero no terminaba de cuajar. Con la intención de pulirle, lo traspasaron al Sevilla. Tenía veintiún años. En su primera temporada, anotó once goles. Aquellas grandes actuaciones a orillas del Nervión provocaron que, en 1960, le llegase la alternativa con la Selección. Su primer partido, el 15 de marzo, contra Inglaterra, en el Santiago Bernabéu. Volvía al estadio que le había visto debutar, pero en esta ocasión convertido en un hombre. En un futbolista más completo. El partido no pudo tener un rival mejor: los ingleses, los maestros del foot-ball. España venció aquella tarde por tres a cero y Pereda se hizo un sitio en el vestuario de la Roja. Aquel año derrotaron a Perú y a Chile en dos ocasiones, y perdieron contra Argentina y Austria.

En su segunda temporada en el Sevilla, Pereda se convirtió en uno de los miembros de “la delantera de cristal” junto a Agüero, Diéguez, Antoniet y Szalay. Su fútbol brillaba con luz propia y hacía que el de sus compañeros luciese más. El 24 de enero de 1961, Pereda demostró que ya estaba listo. La perla estaba pulida. Fue en el Carlos Tartiere. Aunque solía arrancar desde la banda derecha, aquella jugada floreció en la izquierda. Burló a un rival, después a otro, y a todos los que le salieron al paso. Se introdujo en el área, el balón cosido a la bota, y obligó a Carlos Gómez, arquero del Oviedo, a salir a la desesperada. Lo recortó como a un novillo y, sobre la línea de cal, sin apenas ángulo, le batió. Aquel gol sentenció el partido, y la ovación que recibió de la afición contraria le consagró como futbolista de primer nivel.

Le esperaba el gran salto. Estaba listo, por fin, para volver a un equipo de primera línea.

La Polvorilla del Barça

9733640El Barça no pasaba por su mejor momento. La derrota en la final de la Copa de Europa del 61, sumada a la crisis por la salida de Helenio Herrera y Luis Suárez al Inter, habían dejado al club naufragando a la deriva. Chus Pereda pronto se convirtió en el cerebro de aquel equipo. En la brújula. Y se ganó un apodo: Polvorilla. Hablaba en el campo y fuera de él. Se calentaba en el césped tanto como lejos de él. Si un compañero perdía un balón tonto, el Polvorilla trotaba hasta él y le recriminaba. Le pedía más. Él mismo, cuando el error era suyo, apretaba los dientes y bregaba. Siempre se exigía más.

Su debut con el Barça fue, de nuevo, en el Santiago Bernabéu. Con veintitrés años, Pereda volvió al estadio que le había visto debutar. Perdió el clásico por dos goles a cero. Pero el mal inicio vestido de blaugrana no le amedrentó. Cada vez jugaba más rápido, regateaba con más facilidad. Se asociaba, y aquel juego combinativo gustaba en Can Barça. No fueron pocos los domingos que salió ovacionado del Camp Nou. Como en la final de la Copa del Generalísimo de 1963. Se jugaba en el coliseo blaugrana por primera vez. Pereda solo tardó nueve minutos en marcar el primero de los tres tantos con los que el Barça venció al Zaragoza. En carrera, dejó atrás a dos rivales, entró por el centro, regateó con facilidad al último central y, desde la media luna del área, se sacó un chupinazo raso que golpeó el poste y entró.

También contra el Zaragoza disputó la final de la Copa de Ferias, en 1966. Y la ganó. Solo habían pasado tres años pero en aquel tiempo las lesiones de rodilla le habían amargado ciertos tramos de la temporada. De nuevo, el destino le preparó una visita decisiva al Bernabéu, en 1968, esta vez para disputar la final de la Copa del Generalísimo contra el Real Madrid. Aquel partido pasó a la historia como «la final de las botellas». El árbitro balear Rigo tuvo una actuación tan polémica que irritó a la grada madridista. Sobre todo, a raíz de una violenta entrada de Gallego a Serena, fuera del campo, y un derribo al propio Serena en el área que no fue castigado con penalti. El público despidió al colegiado con gritos de «¡Rigo, campeón!». Pero el verdadero campeón fue el Barça, gracias a un gol en propia meta de Zunzunegui.

Aquel fue el último título que Pereda consiguió con el Barça. El mismo día que cumplió treinta y un años, le comunicaron que no renovaría. Lloró durante tres días.

Gol, en blanco y negro

Aquel gol en blanco y negro fue el más importante de España. Y tuvo dos versiones, dos héroes.

En las imágenes de TVE, se veía a Amancio apurando la banda derecha y, sobre la línea de cal, sacarse un centro al corazón del área. La imagen parpadeaba una vez mientras el balón volaba. Todo un país contenía la respiración. Justo antes del remate, la imagen volvía a fundirse en negro. Los tonos grises pintaban el balón volando hacia la cabeza de Marcelino. El remate era difícil, pero no imposible. Marcelino marcó los tiempos en el aire, uno, dos, y dibujó el escorzo. Remató de cabeza abajo, donde duele a los porteros. A la única esquina donde la araña Yashin no había tejido su negra tela. Durante los segundos que duró aquella jugada, todo un país se olvidó del hambre y la miseria. Aquel gol otorgaba a España el título de Campeones de Europa.

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Las más de cien mil almas que abarrotaban el estadio Bernabéu no parpadearon en el gol. Vieron en directo cómo Chus Pereda recibía en banda, dejaba que el balón corriera, y terminaba la jugada destrozando la cintura del soviético Mudrik. Con el lateral vencido, Pereda sacó el centro al corazón del área. Ni un aficionado parpadeó. Ni uno respiró. El balón voló sobre el área embarrada hacia la cabeza de Marcelino. El remate era difícil, pero no imposible. Marcelino marcó los tiempos en el aire, uno, dos, y dibujó el escorzo. Remató de cabeza abajo, donde duele a los porteros. A la única esquina donde la araña Yashin no había tejido su negra tela. Durante los escasos segundos que duró aquella jugada, todo un país se olvidó del hambre y la miseria. Aquel gol otorgaba a España el título de Campeones de Europa.

Días después del partido, muchos dudaron cuando vieron las imágenes del NO-DO. ¿Había centrado Amancio o Pereda? Parpadeaban, se frotaban los ojos y volvían a mirar la pantalla. El que centraba era claramente Amancio.Los que habían seguido la retransmisión del partido por la radio sabían que el centro del gol del triunfo había salido de las botas de Pereda. Como sabían que el primer gol, el que había allanado el camino de la victoria, llevaba su firma. Sin piedad, Pereda había cazado un rebote en el área y había fusilado a Yashin. Todos los que seguían el partido por la radio habían celebrado otro gol de Pereda, que finalmente el árbitro había anulado.

Se tardarían décadas en hacer oficial la verdad sobre el gol más importante de la Selección: el centro había sido de Pereda. El gol de Marcelino estaba raspado, así que los montadores del NO-DO decidieron empalmar una jugada aislada de Amancio con el remate del delantero zaragocista. Unos dijeron que había sido otro tejemaneje del régimen: Pereda jugaba en el Barça y Franco quería que un madridista contribuyese a la gloria del país. Otros que, simplemente, había sido otra chapuza del franquismo. Lo único cierto es que Chus Pereda había sido el héroe de aquella Eurocopa. Por eso, en la foto que inmortalizó, en blanco y negro, a los campeones de Europa de 1964, Pereda sujetaba la copa como si fuera suya.

Brindis con champán

Los campeones visitaron el palacio del Pardo con la copa. Les esperaba el general Franco. El pueblo se había echado a la calle para ver a los primeros héroes del fútbol español. Chus Pereda, sin embargo, tenía el billete para volver esa misma mañana en avión a Barcelona. Villalonga le dijo que nanay, que él se tenía que quedar. Que ya lo arreglarían. Que no se preocupara y lo dejase todo en sus manos. Llamó al aeropuerto, le pasaron con la compañía de vuelos y explicó que el héroe de la final contra la URSS llegaría con retraso, que le esperase el avión. Cuando colgó, le dijo a Pereda que lo que tenía que hacer era relajarse y disfrutar de aquello. Pereda se quedó a la visita. Apuró las manillas del reloj todo lo que pudo. Una vez terminado el acto, Villalonga le pidió un taxi. Y una pareja de guardias civiles para que le abrieran paso por la Nacional II en el denso tráfico madrileño. Las dos motos arrancaron, encendieron las sirenas y condujeron al taxi hasta el aeropuerto. Aún así, llegó con más de hora y media de retraso. El avión le esperaba. Pereda pensó, mientras corría hacia la puerta de embarque, en el cabreo de los pasajeros. Los pilotos y las azafatas le esperaban en la escalerrilla de acceso al avión. Todos sujetaban una copa de champán. Le dieron la enhorabuena, y una copa que chispeaba burbujas. Cuando entró en el avión, los pasajeros le recibieron con una cerrada ovación.

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