La lección de foot-ball de Montherlant

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Píndaro compuso las Olímpicas y las Odas triunfales para alabar las hazañas de los deportistas que participaban en los Juegos de Olimpia. Ocho siglos antes de Cristo, la palabra se puso al servicio del deporte. Los vencedores de Olimpia, los semidioses de Delfos, los superhombres de Corinto y Nemea, todos tuvieron odas y laureles con los que coronar sus gestas y epopeyas deportivas. Aunque, sin duda, no fue el primero, Píndaro se convirtió en el máximo exponente de una larga tradición de bardos deportivos y con sus odas arrancó un nuevo tema literario: el deportivo.

«Ningún atleta gira
como él, sin tropezar, sobre la arena.
La multitud lo mira
¿a quién la faz no encanta
de tan bello garzón y hazaña tanta?».

La belleza del cuerpo en el lanzamiento del disco. La elasticidad del músculo en la lucha. El sudor empapando el dorso en la carrera de carros. Un anfiteatro que ruge al contemplar el vuelo de la jabalina. El polvo que araña los ojos en el pentalón. La gloria de la victoria en la maratón, la inevitable tragedia de la derrota. Las lágrimas del campeón coronado de laureles. Afloraba en los versos el agon y, con él, la estética y la ética del deporte, su intensidad y su épica. Aquellos primeros deportistas atrajeron los adjetivos de Píndaro, arrancaron versos a Mirón, sedujeron a las crónicas de Homero. Aun así, algunos bardos, como Jenofonte de Colofón, advirtieron que la sabiduría siempre debía estar por encima de la fuerza física.

Los Juegos en la Edad Antigua alcanzaron una magnitud tal que los griegos contaban los años por Olimpiadas. Fueron esenciales en la civilización romana y la etrusca. Se representaba a los atletas en los frisos de los templos, en las piezas de cerámica, en los frescos. El cuerpo heleno alcanzó sus cotas más altas de belleza en la escultura. Hasta el 393 a.C., año en que se terminó con aquel ritual deportivo. Teodosio I el Grande prohibió los Juegos Olímpicos por la creciente devoción pagana que arrastraban, y provocó que, durante la Edad Media, el tema deportivo se desligara del arte para relacionarse con la brutalidad bélica.

No sería hasta 1896, con los Juegos de Atenas, cuando el deporte volvió a subir los peldaños del pódium. Y volvió, igualmente, a convertirse en objeto artístico.

La generación deportiva

paris 1924El 15 de enero de 1894, el Barón Pierre de Coubertin lanzó un manifiesto en favor del restablecimiento de las Olimpiadas. Poco más de dos años después, el 25 de marzo de 1896, el Rey Jorge I inauguró los  Juegos de Atenas. Las primeras Olimpiadas de la época moderna nacieron vinculadas a las preocupaciones de los intelectuales; pero no fue hasta los Juegos de Estocolmo de 1912, cuando se consolidó la conexión entre sport y literatura.

La Oda al deporte de Coubertin, publicada bajo el seudónimo de George Ohrod, fue considerada como el renacimiento de una literatura, la deportiva, olvidada durante siglos. Su consagración, sin embargo, llegó años más tarde, tras el final de la Primera Guerra Mundial. En 1924 se celebraron los Juegos Olímpicos de París, todo un acontecimiento social en el que se dieron cita, además de atletas venidos de todo el mundo, cientos de intelectuales. Poetas y narradores se interesaron por la modernidad que representaba el deporte. La máquina, la velocidad y los nuevos horizontes por conquistar fueron el tema central de poemas y cuentos. El movimiento, la vitalidad y la fuerza de la juventud se enfrentaron, en una lucha cuerpo a cuerpo, con el paroxismo del pensamiento.

Porteros, ciclistas, pilotos, corredores, tenistas, nadadores o boxeadores se convirtieron en los héroes modernos de las letras. La victoria de uno, que conllevaba la irremediable derrota del resto, se narró, se fotografió, se pintó, se esculpió. La guerra sin armas, la lucha deportiva, la pelea de pulmones, músculos y corazón acaparó el heroísmo en los años de entreguerras. Millones de jóvenes habían perdido los mejores años de su vida en la sangrienta guerra que había enfrentado a las principales potencias del mundo. Era innegable, en aquel momento, una reflexión del mundo moderno en la que el deporte debía jugar un papel clave. Los artistas así lo percibieron, y no solo introdujeron el motor, los guantes de boxeo y las raquetas de tenis en sus obras, sino que ellos mismos practicaron esos deportes.

Entre aquellos artistas, un jovencísimo Henry de Montherlant quedó retratado para siempre con los guantes de portero, en calzones cortos y el cuero bajo el brazo.

El Píndaro moderno

Fue el Barón Pierre de Coubertin el que bautizó a Henry de Montherlant como el Píndaro Moderno. Montherlant fue, sin duda, un hombre de sport. Así lo afirmaba él mismo: «Tengo más de deportista que de escritor». Practicó varios deportes en el club popular L’Auto: corredor, piloto en carreras de velocidad y, sobre todo, goalkeeper. Él todavía no lo sabía, pero con sus paradas arrancaba una larga estirpe de escritores que dedicarían al fútbol un lugar importante en sus obras literarias. Era el primero, además, de los muchos escritores que elegirían la portería como lugar en el terreno de juego.

Henry de Montherlant tuvo una sensibilidad especial para captar el espíritu deportivo. Y para practicarlo. Se le dio especialmente bien el atletismo. En 1923, cubrió la carrera de los cien metros en once segundos y dos quintos, tiempo nada desdeñable. Condujo coches de carreras para saborear en primera persona la adrenalina que producía tomar una curva con el motor pasado de revoluciones. Practicó, incluso, el arte de la muleta. Tenía familia en Cataluña, y viajó en repetidas ocasiones a España en la adolescencia. En Burgos, saltó al ruedo y mató un becerro. Así lo contaron en un periódico vasco, al día siguiente: «Muy valiente estuvo un aficionado de París, el señor Montherlant, que después de haber dado buenos pases de muleta, colocó una estocada excelente». Sin embargo, donde más disfrutó del deporte fue bajo los palos. De su sacrificada posición, afirmó: «El juego del zaguero es un juego de abnegación. Subsanar, ante todo, las fallas de los otros, parando la pelota que ellos han dejado pasar».

Ernest Hemingway fue uno de los muchos escritores que consolidó el París bohemio de los años 20 como la capital de las letras y la luz. En cuanto al deporte, fue uno de los pioneros en cantar las gestas de los toreros, considerados en aquella época como deportistas. También Henry de Montherlant dedicó páginas brillantes a los toros y España, en Los bestiarios. Pero, sobre todo, se convirtió en el Píndaro Moderno por su obra Les Olympiques, publicada en 1924 con motivo de los Juegos. En sus páginas demostró que el deporte podía introducirse en todas las disciplinas literarias. Fue, como explicó el escritor español Marichalar, «el primer hombre de una generación esencialmente deportista, que ha llevado al arte una manera inédita de sentir y ver».

Montherlant con Les Olympiques, Giraudoux con Maximes sur le Sport, Prévost con Plaisirs des Sports, o Morand, entre otros, se convirtieron en las Olimpiadas de París en los clásicos franceses de esta nueva rama literaria. Las vanguardias también se sumaron al movimiento deportivo, proclamando el culto a la juventud. La velocidad les fascinaba. El avión se convirtió en su símbolo por excelencia, y el piloto, a su vez, en el Ícaro Moderno. Poetas como Jean Cocteau o Pierre Reverdy, o el pintor André Lhote, fueron algunos de los que pusieron su arte al servicio del deporte. Muchas de sus publicaciones aparecieron en la revista Maintenant, fundada por Arthur Cravan, sobrino de Oscar Wilde. Al fin el tema deportivo llegaba al gran público.

Lección de foot-ball en un parque

563926ab51d3fe99638b4567.RS500x500 (2).jpgNo es casualidad que Montherlant titulase su libro con el mismo que había utilizado Píndaro veinticinco siglos atrás. De cada página se desprenden adjetivos de la lírica ateniense, y se escuchan ecos de los mitos que moldearon la Antigua Grecia.

Sentía pasión por la frase lírica medida con ritmo, brusca en otros momentos como un regate que te rompe la cintura. Su reivindicación de la juventud, la belleza, la fuerza, el desafío y el juego beben de los poetas griegos. «Tan pronto toca la pista de hierba, la suave materia infunde al cuerpo una gran alegría heroica. El aire y el sol, los dioses y rivales se lo disputan y él oscila entre uno y otro». Muchos escritores de la época criticaron tanta pasión desmedida. Montherlant les sonreía desafiante. Los sentimientos debían plasmarse con la misma energía que afloraban. Sus textos, además, eran el canto desesperado al deporte de una generación marcada por el horror de la Primera Guerra Mundial. En muchos fragmentos del texto, la pureza del deporte se ve salpicada por las esquirlas de la guerra: el deterioro del cuerpo, la imposibilidad de huir de los recuerdos, el fracaso o la muerte acechan entre los renglones.

Les Olympiques es una mezcla de géneros —relato corto, poesía, teatro y ensayo—, que componen una entusiasta apología del cuerpo y la juventud. Como un antiguo deportista de Olimpiadas, Henry de Montherlant blande la pluma en todas las disciplinas literarias para cantar las bondades y vilezas del deporte. Además de los poemas dedicados a las botas de fútbol o al extremo, destacan Lección de foot-ball en un parque y Los once ante la puerta dorada, dos piezas teatrales en las que Perony y el Ala Izquierdo dialogan sobre la esencia del fútbol, y sus enseñanzas:

«El joven animal idealista, mejor dicho el sublime imbécil que era yo a los diecinueve años, recibió en el de campo del Parque de los Príncipes una buena lección de realismo. […] Esto es lo que puedo hacer, esto es lo que no puedo hacer».

Como los clásicos, Henry de Montherlant alaba el cuerpo cincelado de músculos. Es la imagen del alma. Al igual que el partido es la batalla, el capitán un general, y los futbolistas sus soldados: «No hay más que repetir las palabras del juego para que sienta el olor de la guerra». Tanto Montherlant como sus personajes —Perony y el Ala Izquierdo— son chicos de entreguerras. Él mismo había combatido en la Primera Guerra Mundial y había vuelto a Francia con esquirlas de obuses en el cuerpo. El football fue para esa generación la única cura contra las esquirlas que astillaban el alma: «Los hijos de la guerra, educados lejos de sus padres, que estaban en el combate, encontraban en los campos deportivos la manera de librarse de las cadenas de la anarquía».

Montherlant encontró poesía en el estadio, dentro del vestuario, en un pase. Así definió su amor por el fútbol: «Si encuentra un balón será el más desgraciado de los hombres —así, el más desgraciado—, mientras no pueda irse derecho a él y acometerlo». Siempre defendió, a capa y espada, su posición en el campo: «Un zaguero tiene en el equipo la misma dignidad que un delantero; y el equipo decimotercero, el más débil del Club, tiene tanta dignidad y tanta nobleza en sí como el primero».

Los once ante la puerta dorada

En París, Uruguay se proclamó campeón olímpico venciendo con solvencia en todos sus encuentros. Cuando Montherlant vio jugar a los charrúas, escribió: «¡Una revelación!  Esto es fútbol de verdad. Comparado con esto, los que conocíamos antes, eso a lo que nosotros habíamos jugado, no era más que un juego de niños de colegio». El fútbol que practicó Montherlant fue esencialmente amateur. Un sport que se practicaba por el honor de la victoria y en el que la unión de los miembros del equipo construía unos lazos más fuertes que los de la propia familia.

Dicen que para escribir hay que haber vivido intensamente antes. Que para encarar la solitaria tarea del escribiente, antes hay que haber jugado con la vida en los años de pubertad. Henry de Montherlant aprovechó su adolescencia para disfrutar de la libertad del juego. Pero antes tuvo que pasar por el infierno de la guerra. En Los once ante la puerta dorada, otra pieza teatral, Perony le dice al Ala Izquierdo que deja el equipo para fichar por un club profesional. El Ala Izquierdo se indigna. No comprende que el joven Perony se desentienda de los cuatro años que han jugado juntos. No entiende que su alma se desligue, tan fácilmente, de la soldadura con la que el fútbol las había soldado.

«Para vosotros, el foot-ball se reduce a una manera de hacer el mayor número de goals. Para mí, era un ejercicio que formaba parte de toda una regla de vida: el cuerpo jugando lo mismo que deben jugar el espíritu, el alma el corazón, la carne, todo».

El fútbol, para Montherlant, era un elixir que solo los dotados con un talento natural podían probar. Un licor que los volvía diferentes al resto: «Todo el que vive un día, dos días enteros, en medio de la juventud y la fuerza, en medio de la naturaleza, saltando, venciendo a los demás corporalmente, acaba por ver el mundo de otro modo que aquellos que no probaron este vino». Aquel el elixir al que habían sucumbido los griegos, el que había convertido a los hombres en semidioses en la arena de los estadios. «El hombre contra el hombre y no contra la idea, no contra la sombra». El deporte retaba a las letras. Comenzaba la batalla entre los defensores como forma de narrar la realidad, y los detractores, que no lo consideraban con el suficiente peso intelectual.

Henry de Montherlant, el Píndaro Moderno, lanzaba la pregunta a la que todos los bardos venideros tratarían de responder: «¿Qué hay en el juego de los cuerpos que me atrae con esa fuerza sombría tan semejante a la fuerza del amor?».


 

FUENTES:

Litoral, Revista de la Poesía, Arte y Pensamiento. Número dedicado a Deporte Arte y Literatura.

Las Olímpicas, Henry de Montherlant.

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