EURO2016 (V): Un portero bajo la lluvia y otras fotos

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En los cruces ya no sirven las caretas. Ni los lamentos. Ni tampoco los condicionales. Solo vale dar la cara, marcar más goles, correr por cada balón con más ímpetu que el rival. Y tener esa pizca de suerte que aderece la receta mágica del éxito.

España volvió a salir con el equipo de las dos caras: el que había maravillado en los dos primeros partidos y el que había tropezado con los croatas. Y nunca se sabe cómo se saldrá en la foto cuando se juega con los italianos. En una inolvidable, Luis Enrique había quedado inmortalizado sangrando por la nariz y desangrándose en  hijos de puta al árbitro. En otra, Salinas fallando en el peor de los momentos. En las dos, casualmente, los futbolistas españoles vestían de blanco. Luego había comenzado la era del tikitaka con aquella foto en la Iker se ganó el título de santo y terminó con la maldición de cuartos. Y la había culminado la goleada en la última final. Pero todas aquellas fotos pertenecían al pasado. El presente esperaba en al campo y solo hizo falta ver con que fuerza entonaban los futbolistas italianos su himno para saber que aquella tarde España iba a tener que sudar para batirles.

No hubo que esperar mucho para ver por dónde irían los tiros. A los pocos minutos, De Gea se lució bajo la lluvia. Solo nueve minutos después del pitido inicial, se estiró para salir en la foto a la altura de la cepa del palo. La parada casi coincidía con sus mil minutos vistiendo la camiseta roja, y qué mejor manera de celebrarlo que evitando el primer gol de los italianos. Desde la portería, De Gea era espectador privilegiado de la batalla. Un partido en el que parecían haberse cambiado los papeles: eran los italianos los que dominaban la posesión del balón, mientras los españoles se defendían; eran los italianos los que trenzaban pases, mientras los españoles llegaban tarde en todos los lances. De ese tipo de guerras saben un rato los italianos. Y logaron imponerse con claridad durante los primeros veinte minutos de partido.

España no lograba dominar el balón y los azzurri sabían que sin él los españoles iban a sufrir. ¿Qué hubiera hecho Oliver Atom si no le dejasen tener la pelota entre los pies? Así corría Iniesta, de un lado a otro, escoltado por sus escuderos, Cesc y Silva, entre las infranqueables líneas italianas. Del Bosque, ataviado con un chubasquero rojo, daba instrucciones en la banda y aguantaba el chaparrón italiano. Mal presagio: no es Del Bosque un entrenador que se enfade, que regañe a sus futbolistas en el campo; pero no era para menos: España sufría y el gol rondaba peligrosamente los dominios de De Gea. Hasta que llegó el fatídico minuto 33. Falta de Sergio Ramos en la frontal. Otra vez tarde. Chiellini, viejo conocido, rejuveneció unos cuantos años de golpe para salir en la foto. De Gea despejó el chut de Eder pero no pudo con en el rechace, y Chiellini se adelantó a Piqué para marcar a puerta vacía.

El gol mataba a España. No porque el partido estuviera agonizando, sino por lo que simbolizaba. La foto había inmortalizado a Piqué tratando de evitar el gol, totalmente solo entre cuatro atacantes italianos. Todos los jugadores de la barrera se habían quedado estáticos. Los que debían cubrir el rechace, más de lo mismo. De Gea se desesperaba porque, segundos antes de que pitase el árbitro, había chillado a Piqué para que tapase el enrome hueco que habían dejado por el medio. Cuando el central del Periscope quiso reaccionar, fue demasiado tarde. Solo quedaba desenredar el balón de las mallas y tratar de enderezar el rumbo. Llegaba, tras el gol, la hora de que los españoles demostrasen de qué pasta estaban hechos. La hora de decidir si aquella sería la última foto del álbum de la Eurocopa.

Todos los jugadores hablaban entre ellos: Piqué con Ramos, Jordi Alba —una y otra vez, hasta desesperarse— con Nolito, Iniesta con Busquets, Cesc con Silva. Todos intentaban solucionar el mismo problema, pero ninguno descifraba la ecuación ganadora. Italia les había robado el tesoro más preciado, algo más importante que el gol: el medio campo parecía poblado por cientos de camisetas azules que se multiplicaban mientras los blancos apenas aparecían. Así terminó una gris primera parte. El dominio había sido clarísimo para los italianos y España debía reaccionar rápidamente. En la segunda parte, entró Aduriz por Nolito. La cheira no estaba afilada este partido y Aduriz es un hombre acostumbrado a lidiar con defensas de espinillas de acero. A los pocos minutos, España dio señales de vida y comenzaron a llegar balones al área de Buffon.

La tuvo Morata, que consiguió rematar a pesar del acoso de los centrales italianos. Cesc y Silva comenzaron a entrar con más claridad pero Iniesta no terminaba de encontrarse cómodo. Los italianos ya sabían que si Iniesta se viste de Oliver, España juega, así que no le dejaban controlar un balón y levantar la cabeza. Sin faro, sus compañeros jugaban a la deriva e intentaban llegar en oleadas a la puerta de Buffon. En el otro área, De Gea apenas tenía tiempo para subirse las mangas y recolocarse los guantes después de cada intervención. Los italianos se sacudían los ataques con ocasiones que amenazaban con rematar a los españoles. De Gea las sacó por alto, por bajo, en uno contra uno. Los cambios reactivaban las leves pulsaciones de España pero continuaban los desajustes defensivos. La tuvo Cesc, la tuvo Aduriz antes de caer lesionado, la tuvo Ramos, la tuvo —hasta en dos ocasiones— Piqué. Pero Buffon apenas tuvo que demostrar en ninguna de esas ocasiones por qué es una leyenda.

España estaba muerta y terminó de rematarla el gol de Pellè en el último suspiro del partido. Ya solo faltaba que pitase el árbitro para acabar con la pesadilla. Con los tres pitidos se terminaría un ciclo. Una era dorada. Casillas había sufrido el partido en el banquillo. Primero dentro, con sus compañeros; con el paso de los minutos, se había levantado, después había salido del banquillo y había decidido ver el partido solo, apoyado en la valla publicitaria. Había saltado, se había comido las uñas, se había quejado y había terminado como todos:  desesperado. A falta de unos minutos, agarró los guantes y se preparó para los tres pitidos finales. Cuando el encuentro acabó, miró el estadio en soledad, como lo había hecho tantas tardes, y se quedó quieto, unos segundos, hasta que llegó para abrazarle Buffon.

Luego se fundió en otro abrazo con De Gea. Quizás aquella era la única buena noticia del partido. España tiene portero para muchos años, y los grandes equipos se cimentan sobre los tres palos de la portería. Poco más se podía sacar en limpio. Poco más quedaba por decir. Y lo dijo Iniesta delante de las cámaras: en la primera parte se había estado demasiado pendientes de ellos. Se puede perder, pero así… Los italianos habían sido mejores pero a Iniesta le quedaba la amargura de no haber podido jugar como él sabía. Poco más por añadir. Ya lo dirían todo los periódicos, las redes sociales, la gente en los bares. El fútbol del control del balón ya no funcionaba.

Fin de la belle epoque. El adiós del tikitaka. La última foto, la que inmortalizó a Del Bosque despidiéndose de todos sus ayudantes en el campo de batalla. Uno a uno, palmadita y abrazo. Cuando terminó, enfiló solo hacia los túneles de vestuarios mientras los jugadores aplaudían a la triste marea roja que, en calma total, observaba desde la grada el adiós del equipo más les había hecho soñar.

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