EURO2016 (IV): El capitán que se tapa la cara y otras fotos

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Todos los campeones tropiezan. Por eso lo son: caen y se levantan, caen y se levantan. Así se forjan. Pierden, y vuelven a aprender a ganar. Fallan, pero salen reforzados del error.

No es fácil salir en la foto cuando se pierde. Tampoco cuando se falla en ese momento en que no se perdonan los errores. De ahí el gesto de llevarse las manos a la cara. Sergio Ramos se la cubrió cuando vio cómo Subacic le detenía el penalti. Era el momento. Ese en el que cambian los partidos. El cruce de caminos que determina el destino. Ramos había pedido el balón. Tenía la confianza. Eso, en el campo, se respeta; se apartaron Iniesta, Cesc o Silva. Sergio había buscado su gol desde el principio en todos los córners, la esquina donde según Cela se agazapaba la muerte. Todos los centros volaban teledirigidos  a su cabeza, pero no había manera de rematarlos con sentido.

No había sido su mejor noche, y el penalti podía maquillarla. Eso pensaba el capitán mientras colocaba el balón en el punto de castigo. Era la hora de reírse en la cara de una noche que parecía gafada. De arreglar el descuido en el marcaje del gol del empate. Pero enfrente estaba él. Un portero sabe que no puede sentir miedo ante el penalti, por mucho que Peter Handke titulase así su novela. Qué sabe un escritor de cómo se debe aguantar el tipo cuando el rival toma carrerilla. Ramos dio cuatro pasos atrás, y uno ligeramente a la izquierda. El árbitro pitó. Subacic aprovechó el segundo de paradinha para achicar la portería con dos pasos al frente. Truquillos de zorro viejo en los momentos cruciales, como las piedras que colocaba, disimuladamente, Samitier delante del balón cuando un rival lanzaba un penalty.

El duelo de pistoleros se lo llevó Subacic. Así quedó retratado: los puños cerrados, el grito al cielo. Los abrazos y los besos de todos los compañeros. Ramos, las manos a la cabeza. No quedaba otra. Sintió de nuevo la soledad del futbolista que falla el penalti. Esa que no te sacuden ni las palmadas en el culo de los compañeros. Muchas páginas dedicadas al portero, pero ¿qué pasa con la soledad del jugador que falla? ¿Quién tiene más que perder? En aquel disparo Sergio Ramos había perdido la tranquilidad para su equipo, el control de un partido descontrolado, la calma después de la tormenta. Ahora solo quedaba aguantar el chaparrón hasta que pitase el árbitro. Una noche de bochorno veraniega empezaba a convertirse en una noche bochornosa.

Y eso que había comenzado con brío, desparpajo, confianza. Los jugadores se habían gustado en las fotos de los partidos anteriores y querían más para rellenar el álbum de esta Eurocopa. Durante los primeros minutos, Nolito desenfundó la cheira en un par de duelos, pero los croatas estaban hechos de otra pasta y los navajazos no hacían sangre. Solo Morata pudo asestarles un mazazo a los pocos minutos, pero a partir de entonces los defensas croatas se levantaron como si nada. Piqué tenía que cortar las contras, y no tuvo ni un minuto para sacar el Periscope y ver cómo andaban las cosas tras su peineta mientras se triscaba los dedos en el himno. En cuanto se despistaba, por allí aparecía el velocísimo Perisic, o Rakitic, peligrosísimo. A los croatas les faltaban los habituales de la foto —el melenudo Modric, el larguirucho Mandzukic—, pero no parecía importarles.

Rakitic a punto había estado de liarla cuando De Gea se durmió en el despeje y el centrocampista croata se sacó una vaselina perfecta de la chistera, esa que parecía haberle birlado a Iniesta. Por suerte, el que salió en la foto de ojo de halcón fue el balón. No había querido atravesar la línea después de pegar en el larguero. Perisic y Kalinic parecían haberles robado los puñales a Juanfran y Jordi Alba. No solo los puñales, también la posición y la espalda cuando lo creyeron conveniente. Y así, como una puñalada trapera, llegó el gol del empate. Asestaron el tajo en esos minutos psicológicos que, en muchos partidos, van directamente al cubo de la basura. Los españoles ya se veían en el vestuario cuando Perisic sacó un centro medido a la espuela de Kalinic, y para dentro. De Gea quedó inmortalizado en la foto cayendo de culo, los brazos estirados, como preguntándose: ¿Qué coño ha pasado? Y los croatas, mientras, celebraban con una piña uno de los golazos del torneo.

Los futbolistas españoles sabían que, a pesar del empate, todavía les quedaba París. Y por suerte, el descanso. Para eso sirven: arreglar errores, taponar fugas, apuntalar desajustes. Para poner a punto la máquina. Pero España salió desajustada del vestuario. Con un poco más de gasolina, pero sin revoluciones. Todo lo contrario que los croatas. Ellos se jugaban mucho. Jugaban contra los vigentes campeones. En sus botas estaba la posibilidad de convertir el sueño en pesadilla. Los soldados croatas saltaron al campo de batalla dispuestos a jugar una guerra de guerrillas. Salían de las trincheras en estampida, el cuchillo entre los dientes, y pasaban la frontera del medio campo tan rápido que a las minas no les daba tiempo de explotar. El descanso, para España, había parecido más corto que los quince minutos reglamentarios; para los croatas parecía haber durado una semana.

Ellos habían leído el mensaje del partido. España, en cambio, hacía oídos sordos a la lección que les intentaba explicar, pedagógicamente, el fútbol. Las imágenes del encuentro presagiaban el final. Por mucho que los españoles se tapasen la cara para no verlo, estaba ahí, acechando en cada ataque de los croatas. Busquets, que nunca falla un pase al pie, fallaba. A Iniesta, sin su chistera, no le salían los trucos de magia. Jugaba como si hubiera dejado el disfraz de Oliver Atom en la taquilla del vestuario, reservado para citas más trascendentes. Ramos no era el mismo tras el penalti y tampoco lo había sido antes. Silva y Cesc, más entre líneas que nunca, terminaron perdidos entre los renglones de una historia con un final agónico. Ni tan siquiera Morata, el niño que se está convirtiendo en hombre a base de goles, encontraba una falla por donde colarse entre los defensas croatas.

Corluka se había quitado el casco. No lo necesitaba. Lucharía a cara descubierta el resto del partido. Rakitic peleaba cada balón como si fuese el último. No tenía amigos en este partido, aunque en algún saque de banda se echase unas risas con Piqué. A falta de tres minutos, Perisic marcó y se quitó la camiseta desbocado. No era para menos: aquel gol les permitía soñar con un camino de rosas. Corrió al córner mostrando a la grada que su fútbol no necesitaba de envoltorios. Rakitic, como buen capitán, quiso que todo el estadio —y el mundo entero— viera el 4 que lucía el héroe de su ejército a la espalda. Levantó la camiseta y la enarboló como una bandera cubierta de sudor y lágrimas. Lágrimas, por supuesto, de alegría. Ni una sola por la tarjeta amarilla; un gol como aquel merecía la locura de la celebración.

Aún quedó un postrer suspiro desalentador: el centrochut de Silva murió sobre la línea de gol. No hubo tiempo para más. Camino del túnel del vestuarios, los futbolistas pensaban que todavía les quedaba París. Y seis días para planear cómo esquivar las minas del camino hasta la final. De ahora en adelante, las fotos se venderán más caras. El catenaccio italiano tratará de guardarlas bajo llave. La maquinaria pesada alemana intentará pasarlas por encima. Los anfitriones querrán acaparar todos los flashes. Y los ingleses intentarán demostrar ante el mundo que ellos son los inventores de este juego. De ahora en adelante, de nada valdrá taparse la cara con las manos.

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