EURO2016 (II): El central del Periscope y otras fotos

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La foto se tomó en el minuto ochenta y siete pero Piqué ya se había preparado para ella mucho antes. Mucho antes del descanso y del inicio del partido. En realidad, venía acicalado para la ocasión desde España. Bien afeitado, oliendo a aftershave.

En la foto, se había decantado por el gesto serio. La mirada desafiante, como buscando silbidos en la grada. No encontró ni uno solo. Si el central hubiera tenido el Periscope a mano, lo hubiera desenfundado sin dudarlo. Que silbasen ahora. Así se las gastan los defensas. Son especialistas en duelos a muerte. Notó que Sergio Ramos se le subía a la chepa. Si no hubiera rematado uno lo hubiera hecho el otro. En eso consisten las relaciones de pareja. Por eso Ramos celebraba el gol como si fuera suyo. En parte, lo era. Y en parte había que celebrarlo porque lo había metido Piqué. El capitán sabía qué era eso. Qué se siente en esos momentos. A él no le habían pitado, pero sí se habían descojonado de su penalti. También tuvo que cerrar bocas. A lo Panenka, y todo el mundo en su sitio.

Así son los centrales, no les tiembla la bota en los grandes momentos. Ni el flequillo. Piqué abre los brazos, y espera a pecho descubierto la lluvia de flashes y los abrazos de los compañeros. En la grada, sevillanas, toreros y algún Bob Esponja saltan de alegría. Una marejadilla roja de felicidad remueve los pilares de los graderíos. Y los del palco: el Rey y Shakira saltan como uno más. Como casi toda España, en sus casas, botando a lo loco en la sagrada hora de la siesta. Solo quedaban unos minutos para el final, pero ya ni la abuela se descabezaría una. Dentro del campo, en el salón de tu casa, en la misa del bar; en todos lados los nervios hasta que pitó el árbitro. Por fin, los jugadores alzaron los brazos al cielo de Tolouse, y tú al techo de tu casa. Piqué, al salir de campo, sabía que era el objetivo de las cámaras. Se recolocó el flequillo una vez. Se le cayó por el sudor. Lo volvió a plantar. Nada, no quedaba bien. Y puso la mirada del dandi. Eso siempre funciona.

«¡En pie! ¡Si eres español! ¡En pie! ¡Si eres español!», rugía la grada. Casillas había sido el primero en celebrar el gol. No se sufren igual en el banquillo, y todavía tiene que acostumbrarse al cosquilleo. Como lo hicieron otros antes. Como les pasará a todos los que aplaudían en el centro del campo. Casillas sabía que Piqué había marcado uno de esos goles capaces de acallar los pitos, y lo había cazado al borde del abismo. Lo pensaba mientras corría a felicitar a De Gea. Una transición nunca es dulce, por mucho que digan, pero un capitán no puede amargar el debut a un compañero. Y menos después de la semanita que ha pasado. Si se han ido de putas, les ha salido cara la fiesta. Le abrazó como se abraza a los hermanos pequeños. A él siempre le abrazaba Reina. Sabía de la importancia de aquel gesto: el que está en la puerta principal tiene que saber que la de salida queda bien cubierta.

Todos los futbolistas se abrazan en el campo. Sonríen. Ninguno quiere meterse en el túnel de vestuarios. Aquel gol no significaba solo una victoria en el primer partido. Era más: algo así como un pequeño resurgir, y hacerlo sufriendo. Como ganar ese combate en el que el campeón retirado vuelve a los rings. Era abrir el candado en el último segundo como hacía McGyver. Y hacerlo cómo les había enseñado Luis. Con la calma de Del Bosque. Y dejando hacer a Andrés. Qué chaval. Iniesta ve el fútbol  diferente: sabe que un pase medido es más bello que muchos goles. Ya dijo Guardiola que comía aparte. Muchos partidos, hasta juega aparte. Solo. Él con el balón. Nada más. Todavía le da vergüenza salir en las fotos disfrazado de Oliver Atom, por eso se esconde entre las piernas de sus rivales, cuatro, cinco, seis, los que haga falta, pero él siempre con el balón. Que no se olviden de eso. En todas las fotos, él con el balón.

Hasta el minuto ochenta y seis, que decide ponérselo al flequillo de Piqué. Son esos minutos. Los trágicos. Los que lo cambian todo. Las ocasiones se pagan carísimas a esas alturas de la vida. Las habían tenido todas, pero no había entrado ni una. No había llegado el gol, y el fútbol sin él solo lo entienden algunos entrenadores. No Del Bosque, que veía cómo sus hombres, una y otra vez, se enredaban en la telaraña checa. Le dijo a Nolito que sacara la cheira, todas las veces que pudiera, escorado en banda, y abriera boquetes para todos. Morata no los necesitaba; entraba en el recibidor de Peter Cech tumbando la puerta a cabezazos si hacia falta. Silva y Cesc, más discretos, se camuflaban de falso nueve para no ser delatados por los rádares del rival. Y los laterales, qué bravos, no se cortaban un pelo: subían con un machete entre los dientes.

Qué menos. Hasta el Rey estaba allí. Cómo saltó en el palco con el gol. Como si fuera una final. Nos habíamos comido las uñas pero aún quedaba garra para un último zarpazo y, de momento, la primera foto dejaba abrazos de gol y ni un solo silbido.

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3 comentarios en “EURO2016 (II): El central del Periscope y otras fotos

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