El suicidio en la cancha de Abdón Porte

 

200px-Abdon_Porte_portraitEn el retrato que lo ha inmortalizado para siempre, Abdón Porte mira de frente a su destino. Le brilla el cabello, peinado escrupulosamente con la raya en el lado izquierdo. Sus rasgos son de titán: orejas de gigante, cejas ciclópeas, nariz de coloso. Sus labios, gruesos y carnosos, no sonríen. Todo en su rostro transmite una calma reposada, como la de los futbolistas que juegan con la cabeza alta, despreocupados de los botes del balón. Viste traje oscuro, camisa blanca, corbata negra. Rebosa juventud, vitalidad, fuerza. Nada, en aquella foto, presagiaba el destino que le esperaba poco después: convertirse en el primer mártir de la religión del fútbol.

Toda religión necesita uno. Es el pilar que la sustenta. Necesita, igualmente, del cemento de las palabras para endurecer la tragedia. El alma del mártir debe perdurar y el evangelista es el encargado de dejar constancia de su huella a través de la palabra. Así nació la religión del fútbol a principios del siglo XX, credo que deificó el balón, santificó a los futbolistas y convirtió los estadios en catedrales modernas. Cimentada en el football inglés, la doctrina balompédica evangelizó con un fútbol de valores puros, en el que los jugadores defendían los escudos por honor y calzaban gorra para que la sonrisa del balón no les lastimase la frente. Un fútbol romántico que se jugaba como auténtico acto de fe.

Abdón Porte vio el nacimiento de este football en Uruguay. Pasó su infancia en el departamento de Durazno. Hasta allí llegó aquel sport con los trabajadores del ferrocarril, emigrantes ingleses tiznados de grasa y humo que enseñaron a los lugareños cómo se manejaba aquella pelota venida del otro lado del océano. El football, contaban los ingleses, había convertido Montevideo en un gigantesco campito donde resonaban gritos de goal. Cuando Abdón Porte cumplió 11 años, en pleno cambio de siglo, se fundó la Uruguay Association Foot-ball League para regular los campeonatos que se propagaban por todos los rincones del paisito. El nuevo siglo se estrenó con el Campeonato Uruguayo de Fútbol. El vencedor: Central Uruguay Railway Cricket Club.

Abdón Porte pateó pelotas de trapo en potreros hasta que, en 1908, se trasladó con su familia a Montevideo. En la capital, al fin, pudo jugar en un equipo, el Colón Fútbol Club, del que pasó al Libertad. Su momento de gloria llegó en  1911 cuando fichó por el Club Nacional de Football. Tenía 21 años. A esa edad, lo bautizaron futbolísticamente: desde entonces, en la cancha, sería el Indio. Era un destructor del juego rival y, a la vez, creador del de su equipo. Durante toda su carrera, fue amo y señor del círculo central del Gran Parque Central. Siempre el mismo escudo en el pecho, uno solo: el de Nacional de Football. Una única bandera: la tricolor.

Y la celeste, cuando jugó con la Selección. En 1917 se convirtió en uno de los once guerreros que hizo, del país más chiquito, el más grande del continente al ganar la Copa América.

 

Por la sangre de Abdón

Abdón Porte semejaba más un defensa central que un mediocentro. Tremendamente corpulento, parecía moverse más lento de lo que en realidad lo hacía. Trotaba hacia la jugada como si nunca fuese a llegar pero la punta de su bota siempre terminaba cortando a tiempo. Pulverizaba los ataques del contrario y, de sus cenizas, creaba los de su equipo. Defendía la medular como una frontera. Sabía que la batalla del fútbol se ganaba allí. Hizo de aquel círculo su terreno particular, su pedazo de tierra privada, su hogar. Los rivales, por supuesto, no eran bienvenidos.

La hinchada se identificó con él, y también el vestuario: le nombraron capitán. «El muchacho valía en la cancha lo que una docena de profesores en sus respectivas cátedras», dijo, tas su muerte, el escritor Horacio Quiroga. Abdón Porte llegó a lo más alto y, como relató Quiroga, «la gloria lo circundaba como un halo»; gloria que lo acompañó durante cinco temporadas. De 1912 a 1917, con la camiseta de Nacional, levantó cinco veces la Copa de Honor, y la Copa Competencia, cuatro. Con la celeste, conquistó tres Competencias Chevallier, tres Honor Cousenier y una Copa Aldao. En 1917 alcanzó el cielo al ganar la Copa América. Los botes del balón le eran favorables, marcaban su glorioso destino.

ADD

Abdón Porte, sin embargo, era consciente de la finitud del partido. De la cárcel del cuerpo, de cómo se marchitaba su juventud. «El día que no me encuentre más en forma, me pego un tiro». Esas palabras las puso Horacio Quiroga en boca de su alter ego, Juan Polti. El escritor sabía que habían revoloteado por su cabeza en sus últimos momentos. Seguramente, con más intensidad la noche del 4 de marzo de 1918, cuando Abdón Porte dejó a sus compañeros festejando el último triunfo de su equipo. Les dijo que iba a casa, y en parte era verdad: se dirigió al estadio.

Por el camino, no dejó de pensar en cómo había perdido su sitio. Y el honor de ser el capitán. No se explicaba cómo su nombre se había borrado del pizarrón de los titulares. ¿Por qué los comisionarios habían decidido colocar a Alfredo Zibechi en el centro? Aquel era su sitio, su parcela, su hogar. Atormentado, entró en el estadio. La hierba relucía bajo el relente de la luna. No se escuchaba ningún ruido en las gradas vacías, hasta que, de repente, un disparo atronó la noche. En el centro del campo, Abdón Porte se había quitado la vida de un disparo en el corazón.

La trágica noticia se grabó a fuego en las almas de miles de aficionados. Cinco días después, se jugó un partido homenaje a su familia. Nacional se enfrentó a Wanderers. En las gradas del Gran Parque Central, nadie volvió a mirar el césped de la misma manera. Nadie pudo mirar las líneas de cal sin recordar el reinado de Abdón Porte en el medio campo. Allí había quedado encerrada su alma.

Un siglo después, sigue viva. Los feligreses que asisten a la cita dominical continúan desplegando, como si de un ritual ancestral se tratase, una enorme bandera blanquiazul para recordar lo que sucedió en aquel círculo central. Ondea en el palco que lleva su nombre. Entre los colores de Nacional, se lee: «Por la sangre de Abdón».

Poesía y patadas

El fútbol que apasionó a Abdón Porte solo tenía la voz de la radio para contarse. Apenas se le hacían escuetas referencias en los periódicos, por lo que la historia del primer fútbol comenzó siendo oral: los aficionados transmitieron, fuera de la catedral, las hazañas de los futbolistas. Y así, oralmente, pasaron de boca en boca los goles, de generación en generación las victorias.

Entre 1908 y 1912 se produjo la apertura de los periódicos al fútbol. Se cuenta la anécdota de un lector que, en 1910, escribió a la revista Bohemia pidiendo a sus editores que escribieran sobre fútbol. Como respuesta, recibió una contundente negativa: «La poesía y las patadas son incompatibles». Aquellos editores miopes aún no entendían que el fútbol se estaba convirtiendo en uno de los símbolos que marcarían el destino del país. En una de las manifestaciones más arraigadas de Uruguay, cimiento de la identidad colectiva. Desde la independencia de 1829, el paisito había nacido sin moneda y con un presidente de origen argentino. El fútbol se convirtió, para el pueblo uruguayo, en el emblema de su unión.

A principios de siglo, el fútbol creció a pasos agigantados. Gracias a la revolución industrial, encontró su lugar en los medios de comunicación destinados a la clase media. Los primeros cronistas deportivos se hicieron hueco y, partido tras partido, consiguieron que los editores les adjudicasen columnas más extensas. Samuel Blixen, José Enrique Rodó, Julio Marías Sousa, Carlos Roxlo o Juan Andrés Ramírez tuvieron que ganarse cada palabra a pulso. Blandieron su pluma tratando de encajar sus crónicas entre anuncios y esquelas. Las escribían en cafés; no tenían sitio en las redacciones. Apostaban por la inmediatez de la primicia. Lo importante era vender periódicos, les decían sus editores, por tanto, no merecía la pena ahondar en temas oscuros. Interesaba entretener al aficionado.

La prensa se adueñó del fútbol y el fútbol tomó posesión de la prensa. Se narraban goles, se comentaban los precios de las entradas, se analizaban partidos y resultados. La prensa se convirtió en el documento valedero del fútbol. Al final de cada temporada salían a la venta las memorias de cada equipo, pero carecían de la inmediatez de las crónicas, de su prosa emotiva, sentimental, retórica, que muchas veces rozaba lo cursi. Esa fue una de las críticas que recibieron: intentar alcanzar efectos literarios llevó a los cronistas a crear una jerga excesiva y sobrecargada. Sin embargo, aquellos cronistas deportivos, mezclando poesía y patadas, obtuvieron una popularidad nunca antes imaginadas. 

El evangelista

horacio-quirogaEn 1918, Horacio Quiroga pasó a la historia de la literatura del balón como el evangelista que escribió la tragedia del primer mártir. Seguramente, fue el poeta José María Delgado, presidente de Nacional, el que le contó lo acontecido. No se sabe si a través de una misiva, o bien en sus encuentros a ambos lados del Río de la Plata, pero es casi seguro que el traumático incidente puso en contacto a los dos escritores.

Dos semanas después de la funesta muerte de Abdón Porte, Quiroga transformó el dolor de un club en palabras. El relato de la vida y muerte del futbolista Juan Polti apareció publicado en la revista Atlántida, de Buenos Aires, en mayo de 1918, bajo el título Juan Polti, half-back. Fue la primera vez que un texto se alejó de la crónica y se situó tan cerca del relato corto; la primera vez que las palabras trascendieron las líneas de cal que separaban el terreno de juego del mundo real. La primera vez que un escritor ahondó en el mundo del fútbol para contar la fatalidad que se escondía detrás de la gloriosa carrera de un as del balón.

Abdón Porte pasó a la historia literaria como Juan Polti, un half-back que, frente al ocaso de su brillante carrera, decidió dispararse un tiro en el corazón, en el centro del campo de su propio estadio. Aquel relato de Quiroga puso luz donde los compañeros de Abdón Porte impusieron silencio. Tocaba un tema espinoso y polémico: la mentira que anidaba tras la gloria. «Cuando un muchacho llega, por a o por b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente». De origen humilde, Juan Polti se había convertido en uno de los primeros niños que completó el sueño de llegar a lo más alto. Probó el licor prohibido, las mieles del triunfo, y pagó su precio.

Quiroga, como buen evangelista, avisó de la amarga resaca que sobrevenía a la fama:

«Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercuta más de lo debido».

Vía crucis en la cancha

En la cancha, Juan Polti «jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrido hasta el mismo gol». Horacio Quiroga escribió que «Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado club de quinta división. Pero alguien de Nacional lo vio». Un día se había acostado siendo «forward de un club desconocido» y, al siguiente, había despertado «de half-back de Nacional». Alcanzó el sueño, la cima. Pero la misma cancha que fue paraíso, se transformó en infierno. El bote que favoreció, se tornó traicionero. El hogar se convirtió en exilio.

Su entrega, sus condiciones físicas, su fe, enamoraron a los comisionarios que dirigían Nacional. Desde su fichaje, no hubo tarde en la que el nombre de Polti no apareciese en el pizarrón, entre los once elegidos que saltarían a la cancha. Era el joven más feliz de Montevideo. Defendía con orgullo de capitán a sus compañeros. El público admiraba su mentalidad ganadora, su derroche y entrega por unos colores. Él no se arrugaba ante ningún rival. Solo temía una cosa: no ver su nombre en el pizarrón de los titulares. Que el sueño se acabase. Que el despertar no fuera más que una pesadilla. Por eso no asimiló bien que muchos aficionados le silbasen cuando no llegaba a un balón. Que los compañeros no lo llamasen capitán. Que se borrase con tanta facilidad la tiza que escribía su nombre en el pizarrón.

Abdón Porte se disparó en el corazón. Lo hizo en la oscuridad, en el silencio del estadio vacío. En el centro del campo. En el lugar exacto donde, de sus botas, había hecho nacer el fútbol de los años más gloriosos de Nacional. En el círculo de hierba que, hasta hacía unas jornadas, había sido su territorio, su parcela, su hogar. Al día siguiente, sus compañeros encontraron su cuerpo sin vida. En una mano sujetaba el revólver; en la otra, unos papeles. Uno de ellos, una carta al presidente del club, José María Delgado, para que cuidase de su familia. El otro contenía unos versos, un breve poema que, en cada renglón, supuraba amor por su club:

«Nacional aunque en polvo convertido
y en polvo siempre amante.
No olvidaré un instante
lo mucho que te he querido. 
Adiós para siempre.»

Sus compañeros llevaron el ataúd en volandas durante más de una legua. La muchedumbre aplaudía a su paso. Entre los miles de asistentes al sepelio se encontraban muchos de los que habían silbado sus últimas actuaciones, o los directivos comisionarios que lo habían apartado del equipo titular. A ellos, con sus versos, Abdón Porte les quitó el peso de su muerte de sus conciencias. Él había muerto por amor —el más puro— a un escudo, unos colores, un estadio. Por no vivir sin fútbol.

En Juan Polti, half-back, Quiroga contó que todo un pueblo se echó a la calle para despedir «el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista». Aquel cuento se convirtió en el documento del nacimiento de la nueva religión con la muerte del mártir. Muchos años después, el apóstol Eduardo Galeano se encontró con el relato de casualidad, y volvió a darle voz en El fútbol a sol y sombra:

«Abdón Porte defendió la camiseta del club uruguayo Nacional durante más de doscientos partidos a lo largo de cuatro años, siempre aplaudido, a veces ovacionado, hasta que se le acabó la buena estrella. Entonces lo sacaron del equipo titular».

No solo estos dos escritores le homenajearon. A su manera, el fútbol también. El 13 de julio de 1930 se jugó en el Gran Parque Central el primer partido de la historia de los Mundiales. El balón se colocó sobre la cal que había manchado su sangre. Echó a rodar en el mismo punto donde Abdón Porte se había quitado la vida. La primera jugada de los mundiales floreció en su círculo de hierba. En su territorio, su parcela, su hogar. Aquel pedazo de campo se convirtió en el centro del mundo. En la consagración de una religión destinada a ser eterna.


FUENTES:

Capítulo Oriental 42: La historia de la literatura uruguaya, Fútbol y literatura, Franklin Morales

Corazón tan tricolor, Enrique Vila-Matas.

Anuncios

2 comentarios en “El suicidio en la cancha de Abdón Porte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s