Las noches más brillantes de Europa

 

noches-europeasAl oír el himno de la Champions me sube un escalofrío por la espalda: es la única música que puede convertir un martes o miércoles cualquiera en algo así como un sábado. En la pantalla resplandece el césped.  La grada bulle en ondeantes banderas, coloridas bufandas, cánticos incendiarios. Una lluvia de flashes chispea cuando los jugadores salen de los túneles de vestuarios. Los operarios agitan el enorme balón de tela que cubre el círculo central. Tiembla él y tiemblo yo, mientras los futbolistas forman como un ejército de jóvenes valientes ante la batalla de sus vidas. La cámara les enfoca uno a uno: se crujen el cuello, saltan, se golpean las pantorrillas mientras suena el himno de la Champions. Cada uno, acompañado de un niño con la sonrisa más grande del mundo. Tras el último acorde, la grada ruge. Mientras el árbitro espera a los capitanes, los linieres comprueban, con la punta del banderín, que los fantasmas no puedan colarse entre los agujeros de las redes. Esa noche el peso de los goles no es como otra cualquiera. El juez vestido de negro —que tratará que la batalla no termine manchada de rojo— lanza la moneda al aire, ante la atenta mirada de los capitanes. Dos reyes de Europa que, esa noche, juegan algo más que un partido de fútbol. Estoy al otro lado de la pantalla, pero siento el olor del césped recién regado y escucho el murmullo de incertidumbre que pulula por la grada. Estoy muy lejos, pero puedo sentir cómo, esa noche, a los jugadores les pesa más el escudo que lucen sobre el pecho y el número que cargan a la espalda. Por mucho que se empeñe el calendario, no es martes ni miércoles. No puede serlo.

 

El fútbol romántico (1897-1955)

Noches Europeas, libro escrito a dos manos por Miguel Lourenço Pereira y Joao Nuno Coelho, cuenta la historia de esas noches de martes y miércoles que el fútbol transforma en sábado. Para ello se remonta al siglo pasado, concretamente a 1897, cuando se disputó primer torneo europeo: la Der Challenge Cup, al que estuvieron invitados todos los clubes representantes del Imperio Austrohúngaro.

El fútbol europeo había nacido en Inglaterra y se había convertido en el símbolo más representativo de la era Victoriana: «un juego físico, intenso, colectivo y para caballeros». Los ingleses dejaron un balón en cada puerto y el fútbol se popularizó en todos los rincones del mundo. Había nacido un deporte romántico que levantaba pasiones y que, en poco tiempo, de la burguesía, se extendió a las clases populares, hasta el punto que Karl Marx lo definió como el opio del pueblo. En Escocia nacieron las dos primeras escuelas: la del patadón y la de pase corto, y se organizaron los primeros torneos a nivel local. «El fútbol era, todavía, por aquel entonces, un fenómeno exclusivamente urbano y solo las grandes ciudades provinciales tenían la dinámica suficiente para mantener equipos al más alto nivel». 

Fue en la cuenca del Danubio donde el fútbol dio sus primeros pasos. La Primera Guerra Mundial logró detener, momentáneamente, su avance por Europa, pero en el periodo de entreguerras emergió con más fuerza. Muchas figuras políticas lo vieron como arma con la que manipular las emociones de las masas. Al tiempo que se profesionalizaba y nacían nuevas ligas, los futbolistas se convirtieron en los nuevos héroes modernos. En Italia y España, dominadores de la Copa Pirineos, el fútbol se coronó como deporte rey; un deporte que abandonaba poco a poco la exclusividad de las urbes. Entre las dos grandes guerras, el número de futbolistas federados creció de forma imparable. «El fútbol dejaba de ser solamente un deporte de entretenimiento para las masas para entrañarse en la propia condición social y cultural del país». 

En 1927 se celebró la primera edición de la Copa Mitropa, a partidos de ida y vuelta. Clubes italianos y austriacos la dominaron hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial, momento en el que «el poder de las armas suplantó el amor al balón». Lo que el balón había unido, lo separaron las balas, pero ni siquiera el conflicto más sangriento de Europa pudo detenerlo. Finalizada la guerra, fútbol y cine se convirtieron en vías de escape de una generación marcada por el horror. Se organizó la Copa Latina —paso previo a la creación de la Copa de Europa—, dominada por españoles, italianos y portugueses. Se levantaron grandes estadios. La radio llevó las gestas de los futbolistas a todos los hogares. El fútbol volvió a unir un continente que la guerra había roto en mil pedazos.

Como profetizó Meisl: «El fútbol se ha convertido, de forma evidente, en el juego del pueblo».

 

Europa se rinde al fútbol (1955-1970)

«El fútbol encontró una forma de driblar las tensiones de la Guerra Fría y al mismo tiempo sanar las diferencias, todavía existentes, entre los ganadores del más brutal conflicto del que hay memoria». Corría el año 1955. Antes, Hanot ya había propuesto que se disputase una liga entre los clubes europeos más potentes. Los ingleses, hasta aquel momento, no se habían dignado a competir con el resto de Europa, como el Chelsea en la primera edición de la Copa de Europa. En aquellas ediciones primerizas, hubo un gran triunfador: el Real Madrid de Di Stéfano escribió su nombre, cinco veces consecutivas, en el palmarés de la que terminaría siendo la competición de clubes más importante del mundo.

El fútbol romántico daba sus últimos coletazos. La profesionalización había llegado para quedarse y «comenzaba una era donde hacer jugar en un mismo once a los mejores jugadores del mundo ya no era suficiente para ganar». Nació la Copa de Ferias. Comenzaron a despuntar equipos italianos, alemanes, británicos y portugueses. La vieja escuela del Danubio perdió su hegemonía. La figura del entrenador y la importancia de la táctica perfilaron un nuevo fútbol, que evolucionaba al mismo ritmo que la sociedad: «A partir de los 60, el fútbol deja de ser visto como un entretenimiento para empezar a asociarse con elementos de carácter social, cultural y político».

Los políticos utilizaban el deporte para lavar la cara a sus regímenes totalitarios. Junto a música, cine y literatura, el fútbol se consolidó como elemento definitorio de la identidad nacional. En Europa del Este, mermado por el comunismo; en España, nacía la generación de los Ye-yés; en Alemania, se creaba la Bundesliga; en Italia, comenzaba el largo entierro del catenaccio; en Inglaterra, se organizaba el primer sindicato de futbolistas y emergía la figura del manager. Con el florecimiento de nuevas ligas, el dominio latino se quebraba. El fútbol era un fenómeno imparable, y Europa caía rendida a sus pies.

 

La industria del balón (1970-1985)

El penalti a lo Panenka marcó el último momento de brillo de la que había sido la primera escuela del fútbol en Europa. Los focos de la gloria se alejaban de la Europa del Este para iluminar a los que serían los representantes del Fútbol Total que reinó en Europa hasta mediados los 80: el Ajax de Ámsterdam y el Bayern de Múnich. «Una progresiva metamorfosis traspasó los poderes al norte, donde Madrid se convirtió en Ámsterdam, Lisboa fue reemplazada por Múnich y Liverpool tomó la herencia de Milán». George Best y Eusebio dejaban paso a los nuevos líderes del fútbol continental: Cruyff y Beckenbauer.

cruyff-copa-de-europa-como-jugador

Ajax, Bayern y Liverpool «marcaron el inicio de la industrialización del fútbol moderno aprovechando de forma brillante los cambios sociales para cambiar para siempre el rostro del fútbol continental». Los movimientos reivindicativos y pacifistas que convulsionaron Europa en los 60 también se vieron reflejados en los estadios, donde jóvenes y talentosos futbolistas cambiaron la forma de ver el fútbol. Nacía el actual 4-3-3, con el líbero subiendo al medio campo cuando el equipo tenía el balón. Una flexibilidad táctica nunca vista, una presión asfixiante y una defensa adelantada definieron al Ajax como el máximo representante del fútbol moderno, a y Cruyff, como el jugador comprometido que peleaba por sus derechos plantando cara incluso a las grandes marcas.

La recién nacida Bundesliga tomó el relevo. y a década de los 70 fue de absoluto dominio alemán, tanto a nivel de clubes como de selecciones. El fútbol del Bayern, organizado, disciplinado, físico, muy efectivo y sin grandes individualidades, liderado por Beckenbauer, se midió con el fútbol inglés, sobre todo con el Liverpool de Toshack. Algo cambiaba: «Era el momento en el que el juego del pueblo abrazó definitivamente el profesionalismo industrial, que es la base del fútbol moderno». Para muchos, la decadencia de la competición radicaba, precisamente, en el triunfo de este fútbol táctico, de fuerza, velocidad y resistencia, sin apenas genio y creatividad individual. Sin embargo, era otra la causa que vaciaba los estadios: «El hooliganismo había llegado para llevar el fútbol europeo hacia su mayor pesadilla».

El negocio millonario (1985-2003)

El desastre de Heysel fue un punto de inflexión: entre escombros y lágrimas, el fútbol perdió la inocencia. Poco tiempo después perdió, además, su virginidad: «Las camisetas dejaban de ser mantos sagrados, inviolables, para exhibir los primeros patrocinadores». El fútbol se vendió a grandes empresas y derechos televisivos. Los estadios se convirtieron en platós de televisión y el deporte rey, en una plataforma comercial sin precedentes. Se alejaba del pueblo y pasaba a depender exclusivamente de la fortuna de grandes millonarios.

El ejemplo de este cambio fue el club que dominaría la Copa de Europa a finales de los 80: el AC Milán de Sacchi y Berlusconi. Un equipo que acabó con la mítica figura del líbero, adelantando la defensa hasta el medio campo, y que convirtió la presión y el control del balón en sus armas. Y que, a golpe de cheque, se hizo con tres grandes estrellas: Rijkaard, Van Basten y Gullit. Este Milán funcionó de espejo para el resto de grandes clubes: todos querían tener en sus filas a los mejores jugadores de su generación. Solo el F.C. Barcelona, con Cruyff en el banquillo y las semillas de la Masía plantadas, consiguió alzarse con la última edición de una cada vez más caduca Copa de Europa.

En 1992 se renovó. Nació el actual formato de liguilla para rentabilizar al máximo los omnipresentes derechos televisivos: «Más dinero, más partidos, más equipos por países, más exposición mediática, más estrellas. Empezaba la Champions League». Era la última de las metamorfosis: de fútbol-espectáculo a fútbol-negocio. Pero el sueño de una Europa unida por el balón se rompía; solo los más poderosos se beneficiaban del nuevo formato. El fútbol se actualizó: la Ley Bosman borró de un plumazo las fronteras para los futbolistas. Y la televisión por cable llevó goles, tatuajes y peinados a todos los rincones del mundo. La UEFA se convirtió en una potente multinacional y el deporte de la patada en la gallina de los huevos de oro.

«El fútbol romántico estaba a punto de desaparecer y ningún momento lo reflejó tan bien como la final de Champions de 1994». La magia del Dream Team de Romario se vio anulada por el juego efectivo de los jugadores del Milán, comandados por Desailly. El Ajax, la Juventus, el Dortmun o el Madrid de Raúl se coronaron campeones en los años siguientes. Todos los focos iluminaban el renovado torneo, condenando a la desaparición a la Recopa y a un segundo plano a la UEFA. Por suerte, fue en el cambio de siglo cuando el fútbol demostró que no se compraba con dinero. La gesta del Manchester United en el Camp Nou, en 1999, «demostraba que la épica emocional todavía tenía lugar en un fútbol cada vez más distante de sus gestas románticas».

Estrellas, estrellas y más estrellas (2004-2015)

«Gracias a la ley Bosman y a la distribución desigual de los millones generados por la Champions League, la confluencia de algunos de los mejores futbolistas del mundo en la liga española empezó a cimentar el torneo como epicentro del fútbol europeo de clubes en el cambio de siglo». El fichaje de Figo por el Madrid tuvo un doble significado: no había un tope económico para los presidentes, ni verdaderos sentimientos por parte de los jugadores. Otra ley, la Beckham, provocó una llegada masiva de extranjeros a la denominada Liga de las Estrellas. Fueron los años del Madrid galáctico, del Barça de Ronaldinho, y de las inolvidables noches europeas que Valencia, Sevilla, Villareal, Alavés y Deportivo regalaron al fútbol español.

Al fin, en 2009, la FIFA lavó la cara a la Copa de la UEFA, rebautizándola como Europa League. Su ganador, además, obtenía plaza en la Champions; medida, sin embargo, que apenas estrechó la distancia entre ambas competiciones. El mundo del fútbol estaba a punto de partirse en dos. La vuelta a la filosofía del fútbol total de los 70 llevada al extremo por el Pep Team solo dejaba una opción al resto de equipos ante su aplastante control del balón: el dominio de los espacios y el letal contragolpe. Dos escuelas, dos filosofías del balón que marcaron esta última etapa del fútbol europeo. Guardiola contra Mourinho. Dos figuras enfrentadas: Messi y Cristiano Ronaldo. Dos marcas: Adidas y Nike. El fútbol europeo volvía a sus orígenes, al dominio español. «Cualquier viajero en el tiempo que hubiese aterrizado en algún momento de ese ciclo podría cerrar los ojos e imaginarse en la segunda mitad de los años cincuenta».

Mucho ha cambiado el deporte del pueblo, como lo definió Meisl. El dinero ha corroído su alma romántica. La profesionalización ha terminado con mucha de su magia. Ahora, en el terreno de juego se enfrentan veintidós millonarios a los que aplauden miles de personas con los bolsillos vacíos. «Las reglas del juego han cambiado», pero «el fútbol de las noches europeas sigue siendo un profundo reflejo de lo que es Europa, su sociedad, su economía, su pasado y su futuro». La tragedia de recibir un tanto en el último minuto o la remontada cuando todo parece perdido siguen ahí. La consagración de los héroes que solo dan las noches europeas sigue ahí. Goles que encumbran, paradas que detienen el tiempo. Victorias y derrotas.

La esencia del fútbol, el deporte que mejor ha reflejado la evolución de la vieja Europa, sigue intacta, renovándose cada uno de esos martes o miércoles que, al sonar el himno de la Champions, a los aficionados nos parecen una noche de fiesta.

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