Juego de patadas y palabras

 

 

El gesto del fútbol nació, posiblemente, de un acto reflejo: una patada a una piedrecita en el camino. Y, como tal, no hay forma de datarlo. Sin embargo, el juego de pelota —del que siglos más tarde se escindiría el football— tiene sus orígenes escritos en China, aunque, con el tiempo y los consecuentes descubrimientos, cada vez más lugares reclamen su paternidad.

image046Varios estudios aseguran que los primeros juegos de pelota se practicaron, hace más de 30 siglos, a orillas del Nilo, en Egipto, y en tierras de Babilonia, entre Tigris y Éufrates. También los aztecas, en Méjico, practicaban un deporte que consistía en golpear la pelota con la cadera, 1500 años a.C., como reflejan las pinturas murales de Tepatitlán, en Teotihuacán. Hace un siglo, el antropólogo suizo Johan Jakob Bachofen descubrió pinturas rupestres, en una cueva de Papúa Nueva Guinea, Australia, en las que se ve a un hombre corriendo detrás de un objeto esférico. El arte rupestre y los ritos fúnebres fueron medios de expresión de las tribus primitivas, así que no es de extrañar que, en Split, Yugoslavia, se descubriera una pequeña escultura de un niño pateando un balón en un monumento funerario.

Los cronistas de la Dinastía Song, cien años antes de Cristo, comenzaron a redactar la prehistoria del juego. Una de sus variantes consistía en hacer toques sin que la pelota tocase el suelo. Otra, en marcar más goles que el rival. Así lo escribió Wang Yuncheng en Las reglas ilustradas del Tsu-Chu. En la Dinastía Han, el juego alcanzó su máxima popularidad. En Shiji quedó documentado el caso de Xiang Chu: su médico le prohibió jugar por una hernia, pero no le obedeció y murió con las botas puestas. Los escritores Tsao Tse y Yang Tse contaban que el emperador Xeng-Ti quería un ejército de hombres fuertes, así que obligaba a sus soldados a entrenar con el Tsu-Chu (acción de pegar con el pie-pelota).

Hace cuatro mil años, los chinos se reunían en las campas del palacio real y montaban las porterías: dos palos de bambú, separados por ocho metros, y el larguero anudado con lazos de seda. Los tantos se conseguían lanzando la pelota por encima. No registraron el número de jugadores por equipo, ni si había tiempos o árbitros; pero sí que la pelota se fabricaba con pellejo relleno de crines, virutas, estopa o vegetales. Si alguno de aquellos jugadores la perdía, podía pagarlo hasta con la vida. Un poema chino, que data de los años 50-136 d. C., decía así:

Redondo es el balón, cuadrado el campo
igual a la imagen de la tierra y del cielo.
La pelota pasa sobre nosotros como la luna
cuando los dos equipos se enfrentan.
Se ha nombrado a los capitanes
y dirigen el juego
según el inmutable reglamento.
Ninguna ventaja para los parientes,
no ha lugar a partidismos; en cambio,
reina la decisión y la sangre fría
sin error ni omisión.
Y si todo esto es necesario para el tsu chu,
cuánto más lo será en la lucha de la vida.

Muy posiblemente las pelotas primitivas llegaron como herencia del ancestral culto al sol. Esféricas todas, los materiales de que estuvieron hechas, dependiendo del país, diferían unos de otros. Los egipcios, por ejemplo, la rellenaban con paja o cáscaras de grano, y la envolvían en coloridas telas. La de los aztecas, de caucho, tenía fama de ser la que más botaba. Cuenta Galeano una anécdota, en El fútbol a sol y sombra: cuando los colonos españoles la probaron, Hernán Cortes lanzó una a tanta altura que dejó boquiabierto al mismísimo emperador Carlos I.

El olimpo de la pelota

Misterio y leyenda cubren con su bruma el origen de los Juegos Olímpicos. Según el historiador Pausanias, Heracles —un Dáctilo ideo— y cuatro de sus hermanos corrieron hasta Olimpia para entretener al recién nacido Zeus. Heracles fue el primero en llegar y se coronó con ramas de olivo. Así se estableció la costumbre de competir en eventos deportivos, cada cuatro años, en honor a Zeus. Píndaro, por su parte, atribuye los Juegos a otro Heracles, el hijo de Zeus. Cuenta que, después de completar sus doce trabajos, Heracles construyó el estadio olímpico en honor a su padre. Una vez finalizada tan magna obra, se dirigió en línea recta doscientos pasos, distancia que bautizó como stadion y se convirtió en la prueba de atletismo más prestigiosa de los JJOO.

La batalla del músculo, el hombre contra el hombre sin armas, la lucha cuerpo a cuerpo por alcanzar el olimpo deportivo, pronto se convirtió en el evento más importante para los griegos. Los Juegos eran la única razón capaz de detener una guerra, y el tiempo comenzó a contarse de cuatro en cuatro años. Olimpia acogió la primera edición en el 776 a.C. En el santuario de Zeus se dieron cita atletas de todas las ciudades-estado y reinos de Grecia, además de filósofos, poetas, narradores, arquitectos, escultores y pintores. La literatura deportiva, al fin, tuvo sus propios bardos. Los versos de Píndaro —el más famoso, aunque seguramente no el primero— cantaron a la épica del deporte. En sus Odas triunfales, a golpe de palabra, creó la figura del vencedor, la ensalzó de adjetivos y la cubrió de gloria y laureles. De su pluma nació el agon. Y Jenófanes de Colofón se sintió obligado a poner un poco de cordura a tanta épica: «La sabiduría debe estar por encima de la fuerza bruta, los hombres y los caballos».

La pelota también botó en los renglones de Homero. En su Canto VI, cuando Odiseo atraca en Feacia, habla de la hermosa Nausica que, junto a otras mujeres, «una vez la comida acabaron, las siervas y ella se quitaron / los velos y un poco a pelota jugaron». Tres siglos después, el historiador y geógrafo Herodoto, en Los nueve libros de la Historia, ahondó en las raíces mitológicas del juego: según él, lo inventó el rey Atis, durante una gran hambruna, para entretener a sus súbditos, los Lidios. Mientras jugaban, se olvidaban de comer. El juego, pues, quedaba definido como ludis; pero nacía asociado a la política: era el opio del que se nutría el pueblo. Marco Valerio Marcial, en sus Epigramas, recogió los tipos de pelotas: harpasta, pherinda, trigonal o la del campesino, de la que dijo: «Difícilmente se hincha con plumas, es menos floja que la pelota de viento y menos prieta que la pelota de rebote». Al referirse a los jugadores, afirmó: «Alejaos de mí, mancebos; que viene mejor una edad más apacible; el balón es un juego para niños y para ancianos».

Roma heredó la pasión deportiva griega, pero salpicando la arena de sangre. Al igual que los griegos con el episkuros, los romanos tuvieron varias modalidades de juegos de pelota, como el harpastum. Virgilio y Horacio continuaron la tradición pindárica. Ovidio en su Metamorfosis o Séneca en Los beneficios alabaron las virtudes formativas del juego para el individuo. Sófocles fue un gran aficionado a la pelota, y Plauto, 200 años a.C., se quejaba de que todas las calles estuviesen infestadas de jugadores.

Los primeros detractores

La primera alusión a un juego de pelota practicado con los pies fue la de Marco Manilio, en el siglo I d.C. El Libro 5 del Astronomicón incluye el poema «Jugar con los pies», que arranca así: «Diestro aquél en volver con diestra planta / la pelota que huye, compensando / con los pies el oficio de las manos».

mob-football-artists-impressionA lo largo de la Edad Media las artes se integraron en la esfera de la religión cristiana. Iglesias y monasterios se transformaron en espacios de creación. Todo, incluso la palabra, convivía bajo el yugo de la moral cristiana. Tampoco el deporte vivió sus mejores momentos. La épica a la que habían cantado los poetas griegos y romanos quedó sepultada, en el año 393, bajo la prohibición de los JJOO del Emperador Teodoro. Comenzaba, pues, una etapa de decadencia y, durante toda la Edad Media, la pelota quiso ser enterrada por sus detractores.

San Agustín, en sus Confesiones (siglo III), señaló esta curiosa distinción: «Los juegos y divertimentos de los que son ya hombres hechos se llaman quehaceres, negocios u ocupaciones; y los juegos y entretenimientos de los muchachos son castigados de los maestros y mayores como delitos». El juego de pelota no tenía reglas, se practicaba de una manera brutal. Lesiones, roturas, brechas y contusiones, al igual que peleas que acababan con jugadores muertos, eran habituales. Incluso había azotes para los perdedores. «Se dice dar pantorrilla cuando los jugadores intentan golpear la pelota extendiendo la pierna». Así describió San Isidoro de Sevilla el acto de la patada en Etimologías (630 d.C.). Y registró una definición de pelota: «Se le da el nombre de pila (pelota) en un sentido propio porque está llena de pelos (pili)». Al mismo tiempo, comentó su recelo hacia el juego: se basaba en la idolatría y «por ese motivo hay que considerar la maldad de su origen».

El juego de pelota llegó a este punto de su historia asociado a tres ideas: sus orígenes —invento de Atis para controlar al pueblo— marcados por lo político; la violencia que provocaba su falta de reglas y la desfavorable opinión que de él tenían los intelectuales.

El carnaval deportivo

Recoge Julián García Candau, en Épica y lírica del fútbol, una leyenda: la primera pelota que se chutó en Inglaterra fue la cabeza de un soldado romano, tras la batalla contra los ejércitos de Julio César, 55 años a.C. El primer partido del que se tiene constancia, no obstante, data del martes de Carnaval del año 217 d.C., en Derby. Se jugaba como parte de las fiestas del Shrovetide el llamado mob football: fútbol multitudinario. Cien años después, aquel partido se había convertido en un acontecimiento anual, pero tardaría siglos en transformarse en deporte debido su extrema brutalidad.

El mob football compartía raíces con el soule francés. Se practicaba por las callejas de los pueblos, en descampados o en cualquier sitio por donde la multitud pudiese correr enloquecida tras la pelota. Las dos turbas que formaban los equipos luchaban, con todos los medios disponibles, para arrebatarle el balón al contrario. Estos partidos enfrentaron a pueblos enteros contra sus vecinos, a parroquias o a familias. Las porterías estaban separadas por kilómetros de encontronazos, violentas patadas, aparatosos puñetazos y codazos traicioneros. Dependiendo del lugar, ni siquiera se utilizaban: el objetivo era llegar vivo con el balón hasta la plaza que marcaba el centro del pueblo.

Fue en esta época cuando, en un poema de Guillermo de Poitiers, apareció por primera vez el vocablo “deport”. Nacía una nueva palabra y cambiaba su concepción, como quedó reflejado en el Cantar de Mío Cid o Calila Dimna: el deporte se asociaba a un pasatiempo lúdico. Sin embargo, el proceso de cambio fue muy lento. La literatura de la pelota en la Edad Media poco tuvo de literaria: los textos en los que se mencionó fueron, casi en su totalidad, decretos reales para abolirlo. Desde 1314, con Eduardo II, hasta 1488, con Jacobo II, todos los reyes y alcaldes ingleses o escoceses lo prohibieron sistemáticamente. Su práctica se castigaba con pena de cárcel. En 1531, Sir Thomas Elyot afirmó que «el fútbol es un pasatiempo impropio de un caballero ya que el juego no proporciona placer y es causa de furia bestial y violencia». Ni tan siquiera los castigos que dictó la Reina Isabel I hasta 1615, evitaron que la popularidad de la pelota se propagase como una peste entre el pueblo.

En el siglo XVI, Rabelais escribió en Gargantua«Jugaba al balón y lo elevaba diestramente con las manos como con los pies». Y Shakespeare adjetivó al futbolista en El rey Lear: «¡Impostor, bastardo, animal, esclavo, calzonazos, jugador de fútbol!». En el Siglo de Oro de las letras españolas, Cervantes, Lope o Calderón —«Pues es Juego de Pelota/ no será fuera de tiempo/ al Juego de Pelota/ en fiesta de Sacramento»— lo utilizaron para describir la sociedad. El deporte cobraba fuerza, no solo como algo lúdico, sino como parte de la formación intelectual y espiritual del individuo. Así lo afirmó, en Días geniales y lúdicos, el utrerano Rodrigo Caro: «Conviene mucho ejercitar a los muchachos en las fuerzas corporales, pues dos repúblicas tan sabias, tan antiguas y tan poderosas lo tuvieron, no solo por entretenimiento y alegría de los pueblos, sino también por doctrina necesaria para que los mozos se criasen fuertes y robustos».

Las reglas del juego

En el siglo XIV, fuera de Inglaterra también había germinado un juego de pelota. En Florencia, el giuoco del calcio era muy popular. Sus partidos enfrentaban dos equipos de 27 jugadores. Al igual que en Inglaterra, se permitía el uso de manos y pies para desplazar la pelota. Vicenzo Da Filicaia (1642-1707) escribió el poema Acerca del juego del fútbol, dedicado al Señor Príncipe de la Toscana: «Ésta, excelso Señor, que ardiendo ves / noble pugna, áspera, ruidosa, alada, / no es más que furia, magia desatada, / visión que guerra pareciera y es». Aunque el poeta italiano lo compara con la guerra, había un detalle crucial que diferenciaba el calcio del mob football: seis árbitros regían la contienda.

Detalle que estaba a punto de cambiar. Football y rugby crecieron hermanados hasta que, en 1823, en el Colegio de Rugby William Ellis, se separaron definitivamente. Cada uno adoptó reglas particulares: el football, las del Código Cambridge de 1847. Meses después surgieron clubes como el Sheffield Football Club o el Hallam. Desde aquel momento, nada detuvo el avance del deporte destinado a reinar en el mundo. El balón selló el destino de la época victoriana. El opio del fútbol no solo lo consumían las clases bajas, sino que se convirtió en entretenimiento de la aristocracia. Era, al fin, un juego de caballeros, físico y noble. En las grandes urbes se organizaron asociaciones y clubes deportivos, pero faltaba el paso definitivo: un corpus unificado de reglas.

En octubre de 1863, un grupo de caballeros de doce clubes ingleses se reunieron en la Freemason’s Tavern, en el corazón de Londres. Entre ellos, Ebenezer Cobb Morley, que quería dotar al fútbol de un conjunto de normas similares a las que regían el Sheffield Cricket Club. Crearon la Football Association. Entre las normas que redactaron, la más importante: nunca se tocaría la pelota con las manos. Y se prohibieron las patadas al adversario. El football debía ser deporte de caballeros, no de animales. Brindaron: había nacido el arte de los pies. Meses después, el 19 de diciembre de 1863, se disputó el primer encuentro con aquel reglamento. Tuvo lugar en Limes Field. Enfrentó al Barnes contra el Richmond. El resultado, empate a cero.

Aquellas normas se pulieron con tiempo y partidos. Al principio, los jugadores charlaban o fumaban cuando la pelota volaba lejos. Aunque existía el fuera de juego, cubría de deshonor a un jugador anotar un gol a espaldas del rival. Se determinaron las posiciones de los futbolistas en el campo. En 1875, le colocaron al portero una cuerda a modo de larguero sobre la cabeza. La figura del árbitro también se designó en aquellos años, pero pitaba desde fuera del campo. En 1880 se introdujo un cronómetro para medir los tiempos, y, dos años después, se implementó el saque de banda con las manos. En 1890 se marcaron las áreas, el centro del campo, y se vistieron con redes las porterías. Al año siguiente, el árbitro pisó por primera vez el terreno de juego.

A finales del siglo XIX, el football estaba listo para llegar a todos los rincones del mundo. En muchos, un escritor utilizaría su pluma para contar sus gestas. Odas, cantos, romances, novelas, cuentos y ensayos, además de infinidad de crónicas periodísticas, registraron con palabras la pasión que despertaba el football: el renovado arte de la patada.

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3 comentarios en “Juego de patadas y palabras

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