Johan Cruyff

2002 

La poesía del fútbol

El fútbol cambió cuando se vio a través de los ojos de Johan Cruyff. Quizás desde niño lo sintió diferente al resto. Un utillero le enseñó a escuchar un estadio vacío, a lustrar botas embarradas, a guardar los balones con los que otros habían jugado. Su padre había muerto y el pequeño Johan le ayudaba para llevar algo de dinero a casa. Quizás solo aquel utillero lo intuyese. Por la manera en que aquel niño esmirriado acariciaba el cuero. Por cómo entornaba los ojos, escondidos bajo el flequillo rubio, al despedirse del campo cuando se apagaban las luces. El resto, sin duda, no podía sospechar que aquel melenudo de diecisiete años llevaba el fuego del fútbol dentro. Desde aquella tarde de abril, la de su debut, el 10 de Pelé perdió algo de su prestigio y el 14, número relegado al banquillo, se convirtió en el rey del fútbol.

Pasolini dijo que hay un destino en la ideología de cada hombre y Johan lo demostró: no bastaba con tener el balón, había que saber qué hacer con él. También le demostró a Pasolini que el mejor poeta del año no era el máximo goleador. A un poeta de verdad le bastaban pocas palabras, pero las justas. A un futbolsita como él, pocos goles, pero únicos. ¿De qué valía empujarla, simplemente rematar? ¿No era solo el punto y final de la jugada? ¿De qué valía celebrar una frase que no era tuya? Él adornaba las suyas con malabares, adjetivos y regates. Los versos, los trenzaba con pases invisibles que arrancaban murmullos a los estadios. Las estrofas, las construía a base de cambios de ritmo. Magia: aparecía y desaparecía ante los ojos del contrario. Magia: ahora ves el balón, ahora no lo ves.

Él dejaba que otros pusieran el punto a sus frases. Se paraba cerca del córner, sobre la línea de cal, el defensa pegado a su espalda. Elevaba suavemente la bola, un toque, dos toques, tres toques, cuatro toques, y de repente, se giraba y había desaparecido para el contrario y solo volvía a aparecer para dibujar un pase de la muerte. Sabía perfectamente quién había redactado aquel gol. Él había nacido para escribir sus propios versos. Para escribirse a sí mismo. Para reescribir el fútbol. Y toda una época.

La música del fútbol

Nadie le manejaba en el campo. ¿No se había inventado el rectángulo de hierba para correr libremente por él? ¿Quién osaba decirle lo contrario si él había venido para que el fútbol se viera a través de sus ojos? ¿Quién iba a decirle cómo se debía lanzar un penalti? Ninguna jugada estaba escrita para él.

Nadie le manejaba fuera del césped. No fue títere de entrenadores ni de clubes ni de marcas. Si alguna le quería comprar, él la tachaba con una tira de esparadrapo. Que Adidas le asediaba, fichaba por Puma, que tú me dices ven por aquí, yo me voy por allí. Su fútbol no estaba en venta. Sabía que el dinero atraía a los buitres, y él no se dejaba picotear. Hablaba fuera del campo como una estrella de rock: se colocaba el flequillo y soltaba verdades sin miedo a nadie. Exigió que le pagaran por vestirse de naranja, por poner su cara en los anuncios. Tenía dignidad. Y el  carácter necesario para liderar un vestuario.

Si alguien le decía cómo tenía que jugar, él miraba al balón y le decía: Llévame donde quieras. Si alguien le decía que dónde iba con aquellos pelajos de beatle trasnochado, si él era un futbolista, él miraba al balón —que siempre le esperaba entre las botas—, y le decía: Hagamos música. Y la hicieron a dúo, el balón y el Flaco, con su orquesta de tulipanes tocando por toda Europa. Una y dos y hasta tres veces asombraron al Viejo Continente con su sinfonía espontánea, atrevida, creativa. Una disciplina única en el caos total. Tocaban y tocaban y tocaban, demostrando al mundo que en el campo siempre gana el mejor aunque pierda. Que el fútbol no entiende de historia ni de millones ni de prestigio. Eso se gana partido a partido, jugada a jugada, pase a pase. Eso se gana mordiendo un balón forjado de oro macizo, una y dos y hasta tres veces en una sola vida.

En Ámsterdam los jóvenes imitaban su peinado, su manera de andar. Los días de partido bailaban a su son, hipnotizados con sus acordes sobre césped verde, silbando sus sinfonías modernas y totales. Los Provos le cantaban en las gradas. Los intelectuales le dedicaban poemas que lo igualaban a Van Gogh. «Vicent vio el maíz,/ y Einsten los números,/ y Zeppelín el zepelín,/ y Johan vio el balón». Cruyff se convirtió en el más grande director de orquesta de todo el continente. Un ídolo en su país y en el mundo. Los niños imitaban sus regates en las calles, las niñas suspiraban por sus huesos. Los hombres no recordaban haber visto un futbolista igual con el balón en los pies y los viejos, si lo habían visto, lo habían olvidado ya. Jugaba al fútbol primero con el cerebro y luego con los pies.

Su partitura se titulaba Fútbol Total y todos los clubes trataron de plagiarla. Todos intentaron imitar aquel canto a la esencia del fútbol, al amor al arte, a la alegría de jugar con un balón. Solo un ejército comandado por un Káiser podría acabar con aquella música. Era el partido más importante, el concierto del que todo el mundo estaba pendiente. Los alemanes del bigote y la palabrota consiguieron desengrasar a la naranja más mecánica de la historia. Pero aquella derrota no acabó con su música. Dijo un poeta que podrían arrancar todas las flores, pero no parar la primavera. Y otro que hay maneras y maneras de vencer. Y otro que venceréis pero no convenceréis. El ejército alemán se llevó aquel trofeo, pero para el mundo entero aquella derrota fue la más grande de las victorias. Había vencido —moralmente— el fútbol de la imaginación al del orden. Había vencido el de la magia al del músculo. Había vencido la música coral de la orquesta de Cruyff al ritmo marcial del ejército del Káiser.

La magia del fútbol

La derrota —física— disolvió la orquesta, y sus miembros se fueron con su música a otra parte. A Cruyff no le dejaban la varita de director, el brazalete de capitán. Así que se marchó. Había nacido para dirigir orquestas y pronto encontró otro anfiteatro donde tocar su música.

Aquel césped lucía seco tras catorce años de amargas derrotas. Las gradas, desoladas, sin música, sin magia. Por eso fue allí. Su club quiso que tocara en el estadio del campeón, pero él quiso demostrar que el fútbol que él tocaba no entendía de historia ni de maldiciones. Sus acordes desgreñados, sus controles sin despeinarse cuando el balón bajaba desde las nubes del Camp Nou, levantaron a los culés de sus frías localidades. Aquellos malabares de mago les recordaron cómo se aplaudía. Cómo se hacía la ola. Cómo se despedía a un jugador con una ovación cerrada. Aquel Flaco les recordó que en su césped podía volver a florecer el fútbol.

Y volvió a reinar en sus gradas la alegría de una Liga ganada. Y retornó la felicidad de saludar con la mano abierta —cinco deditos, cinco golitos—, en el templo blanco, al eterno rival. Aquel slalom que derritió varios merengues. Aquel vuelo entre colchoneros para enseñar a los niños qué se podía hacer con la espuela. Aquellos goles ya nunca nadie los olvidaría en la Ciudad Condal. Los chavales se rifaban su cromo. En las eliminatorias de descampado, se quitaban el flequillo sudado de la cara como él. Las niñas pegaban recortes de periódico con su foto en las carpetas del colegio. Los adultos lo idolatraban entre tragos de cerveza, y las mujeres cuchicheaban entre ellas que qué guapo que era, que todavía parecía un chaval.

 

El color del fútbol

Pero no lo era tanto y él decía, en el ocaso de su carrera, que los que tenían títulos por haber estudiado le llevaban diez años de ventaja. Y era mentira, porque él nunca necesitó título de músico para que su sinfonía se escuchase en todo el mundo. Y era mentira, porque él no necesitó título de mago para hacer que el balón apareciera dentro de las porterías contrarias. Y era mentira, porque tampoco necesitó título de entrenador para crear el Dream Team, equipo que hacía soñar, y traerse una copa de enormes orejas plateadas a Can Barça. Y era, una vez más, mentira, porque no necesitó título de botánica para plantar la semilla del que daría como fruto el mejor fútbol del mundo.

El entrenador repitió la misma peregrinación que había recorrido el jugador. Como si quisiera vivir las mismas experiencias, pero esta vez desde un sitio que no conocía: los banquillos. Pasó por el del Ajax y después volvió a Barcelona. Como futbolista, había conseguido que el Barça dejase atrás el blanco y negro. Como entrenador, terminaría de borrar los tonos grises y el blaugrana reinaría como nunca antes lo había hecho. Hizo suyo el Camp Nou, su fortín. Su figura se agrandó tanto que el banquillo parecía quedársele pequeño partido tras partido. Allí levantó su filosofía del fútbol. Él sabía —sin necesidad de título— que cada jugador debe ejecutar los movimientos con libertad y a la vez moverse como una máquina. Y que cuantos menos balones toque un portero mejor organizada tiene a su defensa. Y que la presión debía ejercerse sobre balón, no sobre el jugador. Y sobre todo sabía que el mejor método para enseñar a un niño no es prohibir, sino guiar. Dejarle que correteara por el campo con el balón cosido al pie.

Todo eso lo sabía, igual que sabía que el fútbol le había dado todo en la vida y que el tabaco se lo quería quitar. Los genios y su vicio. Pero los genios pueden errar una jugada, y siempre saben rehacerse, y él enseñó a los niños de todo el mundo que los banquillos podían limpiarse de humo y que las tardes de domingo sabían a chupa chups. El final del partido de su vida fue el más duro. Lo jugó con valentía. Y tampoco lo perdió. Él dijo que lo iba ganando por dos a cero. En realidad, lo ganaba por goleada. Ningún cáncer podría hacer que le olvidásemos. Ningún cáncer podría ganarle jugando al fútbol. Ninguno podría arrebatarle el balón. Ningún cáncer le quitaría nunca el sitio a su poesía, a su música, a su magia.

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7 comentarios en “Johan Cruyff

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