La pasión de Oliver y Benji

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El fútbol es pasión

Aprendí a jugar al fútbol en los 90 con la televisión. Todas las tardes después de la escuela, Oliver Atom me enseñaba a regatear a cientos de contrarios. Benji hacía pequeña la portería, sus guantes llegaban a las dos escuadras y las limpiaban de telarañas. También la portería de Ed Warner se hacía pequeña con sus patadas de kárate. De Tom Baker aprendí que un pase en el momento justo es mil veces más bello que un regate. A Mark Lenders le sobraban confianza y orgullo, y hasta las mangas de la camiseta. A su lado siempre corría Dani Melow, fiel escudero, eterna pared. Bruce Harper, escudero de todos, se rompía la cara contra el poste si la victoria de su equipo estaba en juego. Julian Ross sabía que la pelota era más importante que su propio corazón, y jugando así me robó el mío. El de Phillip Callahan pertenecía a una chica de ojos grandes, y jugaba mejor cuando ella le animaba desde la grada. Clifford Yuma pasaba de las tías, lo suyo era repartir leña en el medio campo y crear fútbol de las cenizas. Y los gemelos Derrick, que eran dos pero jugaban como si fueran un solo futbolista de cuatro patas y dos cabezas.

El fútbol era su pasión. También la de Roberto Sedinho, el único adulto que lo vivía como un niño. Él me enseñó lo más importante: a respetar el balón. La pelota nunca se tocaba con las manos. Había nacido para recibir patadas. Así se la amaba. Entre lingotazo y lingotazo a la petaca, Roberto Sedinho me enseñó que solo los futbolistas que la respetan, merecerán su respeto.

Con ellos jugaba todas las tardes al salir del colegio. Me quitaba el peso de los libros de la espalda y agarraba el bocadillo envuelto en papel de plata. Las tardes olían a chorizo o a mortadela o a jamón serrano. Algunas, las que volvía del colegio con una buena nota, sabían al chocolate del Bollicao, que se quedaba pegado al paladar mientras Oliver corría y corría y corría, el balón siempre por delante, hacia la portería rival. Se iba de uno, de dos, de tres, de cinco y de siete, el cuero siempre cosido a la bota, y del bocadillo solo quedaban las migas, escondidas entre los flecos de la alfombra para que no las viera mi madre. Oliver podía tardar todo un capítulo en llegar a las inmediaciones del área, todo un bocadillo regateando rivales. Mientras, sin despegar los ojos de la pantalla, yo hacía una bola con el papel de plata, la apretaba y la apretaba, hasta que el capítulo terminaba con un gol que lo cambiaba todo.

 

Sueños de ser campeón

Con la musiquilla de Campeones en la cabeza, se me olvidaba cuál era la capital de Alemania y si el sujeto iba delante o detrás del predicado. Corría a coger la pelota y bajaba al barrio, a la gravilla que arañaba sus botes, soñando que llevaba el diez a la espalda. Todos queríamos lucir el diez y solo el pares o nones podía solucionar aquella ecuación imposible. No había dieces para todos. Los del colegio no nos importaban: no era lo mismo verlo en el folio que llevarlo a la espalda. Las fórmulas de los maestros no servían para meter goles. Ellos explicaban en la pizarra cómo funcionaba el mundo pero no entendían que aquel no era el nuestro; nuestro mundo se podía pinchar o lo podía atropellar un coche, y por eso a veces nuestras madres nos castigaban sin él. Entonces aprendías que un beso a tiempo podía reblandecer al más duro de los castigos.

Todas las tardes corría con Oliver, los dos con el balón en los pies, y no me importaba que el campo midiese kilómetros y kilómetros. Sabía que una jugada que todos ven en un segundo puede durar una eternidad. Que la carrera hasta un sueño nunca sería corta. En la serie no había penaltis pero en la calle sí, y penalti contra gol era gol porque el gol todo lo podía. En la serie no había linieres, pero en la calle tus amigos te podían dejar en claro fuera de juego. En la calle había patadas que saltaban las lupas al gafoso y balonazos que despeinaban a las viejas que iban cargadas con bolsas de la compra. En la calle los trallazos hacían retemblar las cristaleras de bares y tiendas, y había que salir por patas si los picoletos aparecían por la plaza para confiscarte el balón. En la calle aprendías que hacer la catapulta infernal en hormigón lo único que tenía de infernal eran las postillas que te atravesaban las rodillas.

En la calle siempre había uno que se creía el dueño del balón porque sus padres lo habían pagado. Uno que se creía que sus botes tenían dueño. Lo peor de todo era cuando el dueño se picaba y lo quería solo para él. O cuando se iba a cenar antes que tú y te dejaba en medio de una eliminatoria. O cuando no te dejaba jugar porque eras el mejor, y solo te quedaba insultarle mientras por dentro te hervía la sangre por no poder matarlo a caños. En la calle, había que pelotear al dueño del balón. Al menos hasta que empezaba el Mundial, y entonces solo mandaban sus botes.

 

Con el balón en los pies

Le decíamos balón, pero la tratábamos como pelota. Ella nos salvaba como había salvado a Oliver Atom. Salvaba nuestras tardes, les ponía magia y rasguños de verdín a las rodilleras. Volaba en verano, rodaba sobre las hojas secas, se deslizaba sobre el hielo y hasta se hundía en la nieve. Era mejor darle patadas que besar a las chicas. Era mejor correr detrás de ella, inalcanzable, que irle detrás a la chica más guapa del barrio. Oírla botar, sentirla en el empeine nos atraía más que lo que se escondía entre las flores de una falda. Patty ya sabía que siempre sería el segundo amor de Oliver.

Si existe un primer amor, era ese: el niño y la pelota. No importaba que el cuero estuviera roído. No importaba que se descordasen los hexágonos negros. Tampoco que le faltara el aire porque, por desinflada que ella estuviera, terminaría quedándose con todo el de tus pulmones. Tampoco importaba su nombre. Podías quererla más o menos, Mikasa o Etrusco, Adidas o Nike, pero no se le hacía ascos a una de pichiglas comprada en los chinos. Las marcas todavía no nos habían comprado los pies ni el corazón. Era redonda y eso bastaba para que con ella se pudieran dibujar los goles más bonitos del mundo. No había escuadras más que en nuestra imaginación, los palos eran mochilas tiradas por el suelo o las columnas de los soportales. Tampoco había largueros: el salto del que se la ponía era el límite. Más arriba solo estaba el cielo o los balcones donde podía terminar atrapada la felicidad.

El último que tocaba la pared se la ponía. Para los que se libraban de la soledad de la portería, mandaba la ley de la botella, el que la tira va a por ella, hasta que vino el listillo que inventó la del vaso, el que la tira no hace ni puto caso. Porque cuando estábamos con ella, corriendo detrás de ella, no se hacía ni puto caso ni a los gritos de tu madre, que, desde la ventana o el balcón, te chillaba para que pusieras la mesa a la hora de cenar. Una pared con el bordillo te dejaba solo frente al portero. Un Mundial cabía en una sola tarde. El teatro de los sueños se levantaba sobre las baldosas de una plaza. No hacíamos caso a los letreros que prohibían la pelota. Si ella no iba, nosotros tampoco.

 

Los magos del balón

Todavía no sabíamos nada de fútbol, pero en la televisión Oliver y Benji nos enseñaban a jugar con dolores, lesionados, a ser un equipo. A marcar goles espectaculares, a saber que hay tardes en las que el balón bota para otros. No sabíamos que el fútbol profesional se moría por ese adjetivo que tantos millones movía. Solo veíamos en la pantalla un césped verde en el que soñábamos clavar los tacos, unas redes tensas en las que enmarañar un gol decisivo, una grada con la que celebrarlo. Todavía no sabíamos que no veríamos nuestras caras en los cromos que coleccionábamos. Ni que los sueños se astillan como huesos. Ni que fallaríamos un gol cantado, a puerta vacía, en el peor de los momentos.

No sabíamos nada de fútbol, pero escuchar a un locutor radiando una jugada de gol te ponía la piel de gallina. No sabíamos nada de fútbol y por eso nos partíamos la caja con el viejo vinagre que, en el bar, juraba en arameo cuando el delantero de su equipo fallaba un gol cantado. No sabíamos nada de fútbol y por eso no entendíamos que el viejo siguiera chillando que vendieran a ese cojo, cuando el póster de ese cojo presidía el cabezal de nuestra cama y nuestros sueños.

Todavía no sabíamos quién era Messi, pero ya lo habíamos visto jugar con el mismo diez a la espalda. Oliver Atom regateaba como él, disparaba como él, sacaba puro fútbol de donde otros solo hubieran sacado un córner miserable. No sabíamos quién era Iker Casillas, pero habíamos visto a un portero con su temple, con su sangre fría, con esa mirada que hacía que los delanteros se sintieran extraños en el área que él defendía. No sabíamos quién era Cristiano Ronaldo, pero ya habíamos visto sus imparables trallazos y los músculos de sus brazos asomando por la camiseta arremangada de Mark Lenders. No sabíamos quién era Andrés Iniesta —ni tampoco que sería el héroe de nuestras vidas—, pero ya habíamos visto nacer sus pases en las botas de Tom Baker, y nos había enseñado que, por muchos rivales que la rodeen, nada puede parar a la imaginación.

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10 comentarios en “La pasión de Oliver y Benji

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