Los futbolistas salvajes de Roberto Bolaño

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Estrella distante

Si, futbolísticamente, pensamos en Sudamérica enseguida nos deslumbran los nombres de las estrellas que han reinado sobre el césped. Si lo hacemos en términos literarios, vienen a la cabeza los escritores que han sentado cátedra en el arte de la palabra. Entre ellos, sin duda, brillará con luz propia el nombre del último gran narrador sudamericano: Roberto Bolaño.

Bolaño no fue un gran aficionado al fútbol: «El único equipo chileno que me gustaba desapareció hace siglos. Se llamaba Ferrobadminton, llegó a jugar en primera, y su camiseta, sin duda, era la más bonita que ha habido jamás en el fútbol patrio»Tampoco fue habilidoso con el balón en los pies. Desde pequeño tuvo consciencia de su «lamentable condición de futbolista» y de su dislexia. Chutaba con la izquierda, escribía con la derechaQuedó claro que no le divertía el balón, sino la pluma. Su relación con el fútbol —¿también con la literatura?— fue enigmática: «Mi experiencia como jugador de fútbol nunca fue del todo comprendida ni por los espectadores ni por mis compañeros de equipo. A mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol salvo si uno se llama Pelé o Didí o Garrincha, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contrario, a quien no conoces y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia. Aclaras ante tus compañeros y ante el público, que tu juego es otro».

A pesar de su torpeza con el balón, cuando agarraba la pluma Bolaño se transformaba en un delantero letal. En su obra hasta el momento publicada, dejó un relato futbolero titulado «Buba», recogido en Putas asesinas. En él, Copas de Europa y magia negra se mezclan para contar la trayectoria futbolística de Acevedo, quien afirma: «El fútbol es extraño». No tanto como la literatura. Ni como la vida.

 

Llamadas telefónicas

«Buba» está dedicado a Juan Villoro, destacado cronista del balompié moderno. Es sabido que a Bolaño le gustaba charlar de lo que fuese —a veces incluso de fútbol— con Gamboa o Villoro, o con cualquier colega que abriera el debate. Es fácil imaginárselo a media tarde, todavía despeinado de sueño, encendiendo un pitillo y descolgando el teléfono para hablar de un libro, de un asesino en serie o de un futbolista que utiliza magia negra para ganar partidos. Charlar, aunque el amigo estuviera lejos, era su manera de prepararse para la solitaria noche de escritura que le esperaba.

A Acevedo, narrador de esta historia, también le gusta charlar por teléfono. Gasta una fortuna en llamadas a Santiago para hablar con su familia. Juega de extremo izquierdo, primero en la liga chilena y después en la argentina. Hasta que lo ficha el F.C. Barcelona. El dorado le espera al otro lado del charco. Pero lo que debía convertirse en sueño pronto deviene en pesadilla. «Mi debut fue asqueroso, al tercer partido me lesionaron, tuvieron que operarme de ligamentos y mi recuperación fue trabajosa». Solo tiene veinte años y ya comienza a entender que de la fidelidad al odio del hincha hay un solo partido. «Te empiezan a torcer el gesto, que si eres un flojo, que si te pasas las noches en discotecas, que si te vas de putas, ustedes ya me entienden, la gente empieza a interesarse por lo que cobras, se especula, se sacan cuentas, y nunca falta el gracioso que públicamente te llama ladrón o algo mil veces peor».

Acevedo, igual que tropieza, aprende a evitar los baches del camino. O, al menos, a amortiguar la caída: «En realidad lo único que hice fue seguir el consejo que un día me dio Cerrone, el arquero argentino. Cerrone me dijo: Chico, si no tienes nada mejor que hacer y los problemas te están matando, consulta a las putas».

 

Putas asesinas

Como muchos de los personajes de Bolaño, Acevedo recala en Barcelona. «La ciudad de la sensatez. La ciudad del sentido común». Europa. El viejo continente. La tierra de las oportunidades.

Montero Glez afirmaba que las putas y el fútbol siempre han ido de la mano. Acevedo lo confirma. «Eso fue lo que hice en mi primer club europeo: salí de putas». Gracias a los servicios de sus peculiares enfermeras, consigue sobrellevar el mal trago de la lesión. La lenta recuperación. Las largas y tediosas jornadas sin entrenar. Los partidos viendo a sus compañeros desde la grada. Se da cuenta, además, de la diferencia abismal que hay entre las putas sudamericanas y las europeas, «unos verdaderos bombones, las putas de categoría, quiero decir, además de ser en líneas generales unas chicas bastante inteligentes y preparadas, así que aficionarse a ellas, lo que se dice aficionarse, pues tampoco es tan difícil».

Bellas y lujuriosas mujeres. Tragos anestesiantes de whisky. Noches de timba. Pequeños vicios que ayudan a Acevedo a capear con los tediosos meses de recuperación. Pero, como suele ocurrir, la noticia de su vida libertina salta a la prensa. «Nunca falta el periodista culiado que te ve salir de una discoteca a las cuatro de la mañana», se lamenta. «En Barcelona, que parece tan grande y tan civilizada, las noticias vuelan. Quiero decir: las noticias futbolísticas». Recibe la llamada del entrenador. Le amonestan. El ritmo de vida que lleva no es el propio de un jugador del Barça. Mal ejemplo para la juventud. Como persiste en su receta médica, el club lo multa. Una sanción económica que puede pagar. «Estas cosas pasan y hay que aguantarse», se resigna. «Así que me aguanté y me hice el firme propósito de salir menos, digamos una vez cada quince días, pero entonces llegó Buba».

 

Los futbolistas salvajes

Los futbolistas que pinta Bolaño no solo van de putas. Los futbolistas salvajes de Bolaño salen de fiesta, beben en discotecas, fuman mientras juegan timbas de madrugada. Y, desde la llegada de Buba, practican magia negra para ganar partidos.

Buba es africano. Juega de mediapunta. Nadie conoce su edad exacta. Tampoco su pasado. La vida de Buba está rodeada de misterio. Comparte habitación con Acevedo. A Buba no le gusta la noche y el club tiene la esperanza de que reconduzca sus malos hábitos. «Al principio nos costó un poco hacernos amigos, aunque a veces, cuando me detengo a reflexionar, llego a la amarga conclusión de que amigos, lo que se dice amigos, no lo fuimos nunca». Buba es reservado. Y tiene una costumbre que desconcierta a Acevedo: todas las noches se encierra en el baño y una música endiablada se adueña del silencio.

El fútbol africano desembarcó en Europa, en los 80, ligado a mutis y yuyus, a la magia negra. Cuando Buba ficha por el F.C. Barcelona, «las cosas no iban bien y después de diez jornadas desastrosas estábamos en mitad de la tabla, más bien tirando para abajo». Ambos comienzan a frecuentar a Herrera, futbolista de la cantera que había subido al primer equipo y que terminó siendo titular indiscutible de la selección. Buba y Herrera calientan banquillo; Acevedo se recupera lentamente de su lesión. Todo parece augurar una temporada nefasta, hasta que Buba tiene una oportunidad de jugar. Entonces les pide algo insólito: su sangre. Con ella, les dice, conseguirá ganar el partido. Acevedo y Herrera acceden a pincharse. Con esas gotas, arrancará una nueva era para el equipo culé.

 

La valentía del portero ante el penalti

Acevedo y Herrera son valientes. Saltan al abismo. Ese al que en tantas ocasiones se asomó Bolaño. Le dan su sangre a Buba y ahí comienza la magia negra del relato. Roberto Bolaño confesó en algunas entrevistas que la cualidad más admirable en una persona era la valentía. Él demostró tenerla: su forma de escribir, siempre con la misma fe aunque no le publicaran, o su forma de afrontar la vida desde la enfermedad, son muestras sobradas de ello.

No era algo nuevo. Mucho tiempo antes, cuando solo era Roberto —un chico de nueve años que no tenía ni idea de quién sería, años después, Bolaño—, ya dio muestras de su valentía. Concretamente, en 1962. Aquel verano Chile acogía el Mundial de fútbol. Roberto vivía en Quilpué, «a cincuenta metros de donde estaba alojada la selección brasileña de fútbol». Uno de aquellos días, él y sus amigos se acercaron. Así lo recuerda Bolaño: «Conocí a Pelé, a Garrincha, a Vavá (delantero brasileño). Recuerdo por ejemplo que Vavá me tiró un penal y se lo atajé. Y para mí es la mayor hazaña que he hecho: ¡le atajé un penal a Vavá!».

Nunca se sabrá si esa historia ocurrió así o solo fue una fantasía más de Bolaño. Poco importa. Las leyendas no necesitan ni de la verdad ni de la mentira para colarse en los sueños de los lectores. Importa la valentía del portero ante el penalti. El duelo: Roberto contra Vavá, Vavá contra Roberto. La carrerilla. Los segundos en los que transcurren siglos. El disparo. La parada. Importa la valentía del escritor ante lo escrito. Y ante lo que está por escribir. Para Bolaño, de eso trataba este oficio. «Tener el valor», dijo, «sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: esa es la literatura».

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