El partido de la Muerte

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Era muy niño cuando vi por primera vez Evasión o victoria (1981). Me había tragado, como todos los chavales de los 80, la serie de dibujos animados Oliver y Benji, y me había flipado con las jugadas acrobáticas, los disparos combinados y los elásticos regates de sus protagonistas. Pero aquella película fue otra cosa: sus protagonistas, hombres de carne y hueso, también jugaban al fútbol, pero no lo hacían por diversión, sino por limpiar su honor, por salvar sus vidas.

De todos los futbolistas que, años después, supe que participaron en la película, solo conocía a Pelé; no sabía quiénes eran Bobby Moore, Paul Van Himst, Osvaldo Ardiles o Kazimierz Deyna. Tampoco me importaba. Con saber que Silvester Stallone hacía paradas como las de Benji y que Pelé regateaba como Oliver, fue suficiente para disfrutarla. No entendí, en ese momento, lo trascendental de aquel partido. Sabía que se enfrentaban los buenos contra los malos, y todo lo que estaba fuera del rectángulo de juego me parecía el decorado gris de una película bélica. Una de tantas.

Pero no lo era; esta había nacido al eco de un encuentro de fútbol: «El partido de la muerte». Una revancha que, desde que se jugase en 1942, no ha parado de agrandar su leyenda. Una historia de lucha y resistencia que fermentó al calor de un horno en una panadería de Kiev. Y su irresistible fragancia ha seguido abriendo el apetito imaginativo de todos los que la escuchan.

Pan y fútbol

La historia de «El partido de la muerte» comenzó a gestarse en la Panadería 3 de Kiev, regentada por Josef Kordik, ferviente hincha del Dinamo de Kiev. El 19 de septiembre de 1941, día en que los tanques alemanes tomaron la ciudad, el fútbol fue prohibido en todo el país. Por suerte para Kordik, meses más tarde los oficiales alemanes decidieron organizar un torneo casero: circo para el pueblo, sedante para muchedumbres.

A la Panadería 3 llegó un día Nikolai Trusevich, atraído, seguramente, por el apetecible olor a pan recién hecho. Trusevich, el gigantesco ex-guardameta del Dinamo, vagabundeaba desde hacía meses por las calles de Kiev, sin techo ni trabajo, como muchos otros compatriotas. A pesar de su deplorable aspecto, Josef Kordik le reconoció: ¡«El León de Kiev»!, y, desoyendo las férreas normas alemanas, le dio trabajo como barrendero a cambio de techo y alimento. Y no solo eso: le animó para formar un equipo con sus ex-compañeros del Dinamo. Todos los que quisieran jugar eran bienvenidos en su panadería. Trusevich los buscó por los rincones de la ciudad y, en unos días, formó el equipo con 7 compañeros del Dinamo y 3 jugadores del Lokomotiv.

En aquella panadería, tiznado de harina, nació un equipo de leyenda: el F.C. Start. Gracias a donaciones, consiguieron unas camisetas rojas, pantalones, medias, botas. Aunque desnutridos, los jugadores del F.C. Start no dejaban de ser profesionales; sus rivales, en cambio, a pesar de estar bien alimentados y en forma, eran oficiales, pilotos o soldados de la defensa antiaérea. El F.C. Start ganó los 7 primeros partidos por abultadas palizas. Ni húngaros ni rumanos ni ucranianos, nadie les paraba. Los futbolistas valupeaban a los militares, los perros vagabundos mordían a los perros guardianes.

Kordik, entonces, hizo negocio de lo que había comenzado como gesto altruista: se reunió con miembros del Tercer Reich y acordó un partido contra el Flakelf alemán. Él ganó dinero; el F.C. Start, días después, el partido. Aquella victoria corrió de boca en boca por los barracones de los campos de concentración. Ni los muros ni las metralletas ni las alambradas pudieron detenerla. Se hablaba de aquellos futbolistas en todas las esquinas de Kiev. Los alemanes sabían que solo una derrota acallaría el sentimiento de resistencia que afloraba. Pidieron la revancha. Los jugadores del F.C. Start no podían negársela: eran sus prisioneros de guerra.

El partido de la Muerte

El fútbol, en algunas ocasiones, es justo: gana el que mejor juega, el que más lo merece. En este encuentro, el que pasó a la Historia como «El partido de la Muerte», disputado el 9 de agosto de 1942 en el Zenit Stadio, el fútbol fue justo.

Antes de que arrancase el encuentro, la leyenda había comenzado a forjarse: se decía que hasta el mismísimo Führer estaba pendiente del resultado. Cuenta esa leyenda que los escuálidos jugadores del F.C. Start saltaron al campo sabiendo que el árbitro, un oficial de las Waffen S.S., no sería imparcial. Aún así, antes de que el balón echase a rodar, los jugadores del F.C. Start negaron el saludo nazi. Y cerraron el puño. Y doblaron el brazo por encima del pecho. Y gritaron el lema soviético: «FizcultHura». Luego se distribuyeron en el campo dispuestos a convertir las patadas al balón en justicia poética. El fútbol en arte. Sus rivales, en cambio, practicaron juego sucio. La permisividad del árbitro obvió un pisotón en la cara de Trusevich, pero no pudo evitar que el F.C. Start se fuera con ventaja al terminar la primera parte.

En el descanso, continua la leyenda, un oficial nazi bajó a los vestuarios. Y soltó su amenaza: «Si ganan, mueren». Los futbolistas del F.C. Start, en la segunda mitad, pelearon cada balón dividido sabiendo que no les esperaba la gloria, sino la tortura y el castigo. Y remontaron el tempranero gol de los alemanes. Y marcaron otro más. Al tercero de los alemanes, respondieron con otro. La grada era una fiesta. Un hervidero de esperanza. Con 5 a 3 en el marcador, cuenta la leyenda, Kilimenko, el habilidoso delantero del F.C. Start, regateó a toda la defensa y hasta al portero. Cuando todos cantaban gol, se giró y chutó hacia el medio campo. Perdonó a los que más tarde, finaliza la leyenda, les fusilaron con las camisetas puestas.

El recogepelotas

Aquel partido lo vieron cientos de personas. En un lado, la afición alemana: soldados y mandos nazis confiados en ganar la revancha; en el otro, el pueblo ucraniano, con la esperanza puesta en los once futbolistas que les habían devuelto la fe en la resistencia. A ras de hierba, un niño de ocho años, Vladlen Putistin, hijo de uno de los jugadores, hizo de recogepelotas.

Rayando los ochenta años, Vladlen Putistin recuerda aquel partido como si aún tuviera ocho. Rememora la negación del saludo nazi. La increíble remontada del F.C. Start. La tensión que asfixiaba en las gradas del Zenit Stadio. Recuerda la historia de aquel encuentro, pero niega la leyenda. Dice que no hubo amenaza de muerte en el descanso. Niega que los futbolistas alemanes jugasen tan sucio. La prueba de ello, afirma, es la foto que se hicieron juntos los jugadores de los dos equipos al terminar el partido.

Después de «El partido de la muerte», recuerda Vladlen Putistin, todavía hubo una victoria más para el F.C. Start. Sería la última. El 16 de agosto de 1942 varios oficiales de la Gestapo irrumpieron en el barracón donde dormían los jugadores ucranianos, cantaron sus nombres y les arrestaron. Les acusaban de colaborar con el NKVD. Días después, Nikolai Korotkykh murió torturado en un interrogatorio. Al resto los trasladaron al campo de concentración de Siretz. Allí, Kuzmenko fue fusilado después de un ataque de partisanos a las brigadas alemanas. Kilimenko, ejecutado con un disparo en la nuca. Trusevich, alma del F.C. Start, murió pocos días después.

Solo tres sobrevivieron.

La leyenda

Un partido de fútbol es como una batalla. Los futbolistas pelean cuerpo a cuerpo, como soldados, por arañar metros al rival y perforar sus líneas defensivas. Atrincherado en el banquillo, el entrenador maquina, igual que un comandante, por imponer su táctica. Goebbels dejó escrito en su diario: «Ganar un partido puede ser más importante que conquistar algún pueblo en el este». Sabía de la importancia de utilizar el deporte como elemento de control sobre el pueblo. En esta historia, más que adormecerlos, el fútbol despertó los sentimientos contrarios: fe, resistencia, lucha. Y, con ellos, alimentó la leyenda de los futbolistas que desafiaron al temible monstruo.

Los alemanes trataron de silenciarles; sin embargo, no pudieron con tres: Tyutchev, Sviridovsky y Goncharenlo sobrevivieron al infierno nazi. Para su desgracia, no encontraron la gloria cuando la ciudad fue liberada por las tropas de Stalin. Al contrario: fueron arrestados de nuevo y acusados de colaboracionistas por disputar partidos de fútbol con el enemigo. Su historia avergonzaba al régimen y, por segunda vez, quedó silenciada. El recuerdo del F.C. Start quedó olvidado bajo toneladas de silencio. A cambio, los tres futbolistas consiguieron la ansiada libertad. Tuvieron que pasar varios años de posguerra hasta que, en 1959, su hazaña pasó a formar parte de la propaganda comunista y ocupó un lugar privilegiado en el imaginario colectivo.

Con los años fueron sumándose los detalles, esos que agrandan las leyendas. Con el tiempo, se multiplicaron las dudas: ¿Murieron aquellos futbolistas por un partido o por una absurda guerra? ¿Qué es verdad? ¿Qué, mentira? ¿Qué forma parte de lo que ocurrió? ¿Qué ha añadido la imaginación? ¿Qué hay de cierto en los recuerdos? Lo único inalterable, lo que ni unos ni otros pudieron modificar, es el resultado. Los goles. Como tampoco se altera la escultura que recuerda a los jugadores del F.C. Start en el estadio del Dinamo de Kiev, bautizado como Start Stadium en honor a los futbolistas ucranianos que allí plantaron cara al nazismo.

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