El fútbol en Tailandia

 

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Como afirma Simon Kuper en Fútbol contra el enemigo, cada vez más países africanos y asiáticos siguen con fervor las grandes ligas europeas. Lo mismo sucede en el que, para muchos, es el rincón del mundo más parecido al paraíso: Tailandia. Nada más aterrizar en Bangkok, el viajero se da cuenta de que el fútbol inglés ha colonizado el Edén. De camino al control de inmigración, un luminoso rótulo publicitario lo avisa: We are Premier League. Y es que hasta la liga tailandesa adoptó esas siglas en 1996 y pasó a llamarse Toyota Thai Premier League.

No solo en las siglas oficiales queda manifiesta la influencia británica. Una vez en Bangkok, el viajero se topa, casi en cada esquina, con un 7 Eleven. En la puerta, un cartel de publicidad, protagonizada por jugadores de la Premier, le da la bienvenida y le anima a tomarse una refrescante bebida isotónica. Paseando por sus dédalos de callejas, el turista se cruza con muchísimos thais que lucen con orgullo los colores de Chelsea, Manchester, Arsenal o Liverpool. Cuando afloja el calor, afloran los bazares nocturnos, donde abundan los puestos de camisetas. Aunque es más fácil encontrar la de cualquier club anglosajón que la del equipo local o la de los Elefantes de la Guerra. Hay, eso sí, todo tipo de merchandaising inglés: desde la típica bufanda hasta la curiosa funda para mantener la cerveza fría, pasando por el protector del cinturón de seguridad, todo serigrafiado con escudos de clubes británicos.

La Premier también domina la televisión. Allí donde había una, retransmitían sin descanso partidos en diferido o documentales sobre futbolistas ingleses. Una de las noticias que más se repitió mientras estuve en Tailandia fue la del debut de Steven Gerrard, eterno capitán del Liverpool, en el fútbol estadounidense.

You’ll never walk alone

Nada más salir de la guest house y poner una chancla en la calle, una vaharada de calor aplasta al turista. Da igual la hora del día o de la noche, el pegajoso calor del trópico es implacable.

Como también es implacable la insistencia de los conductores thais. En las calles de Bangkok, el turista nunca caminará solo. El sonido de las chanclas atrae a los conductores de tuc-tuc. «100 Baths», dicen. «Good price for you, my friend». Y dan un golpecito al mullido y colorido asiento. Hay tuc-tucs tuneados. Con grandes altavoces. Con neones y bombillas de colores. Muchos lucen escudos de clubes ingleses junto a pegatinas de propaganda tailandesa. Si el turista rechaza el tuc-tuc y continúa su paseo por la acera, verá cómo reducen la velocidad los taxis rosa fosforito. Y los verdes. Y los amarillos. Y los morados. El más mínimo gesto hará que el taxista ponga el intermitente y baje la ventanilla para preguntarle dónde va. Si todavía resiste y continua a pie, cada tres pasos, los vendedores ambulantes le ofrecen pinchos de cerdo o ternera, o un pad thai, o arroz con gambas. Al caer la noche, si el turista transita cerca de los letreros luminosos de un barrio rojo, los thais le avasallan con los sugerentes espectáculos que hicieran las delicias de los soldados americanos en la guerra de Vietnam: «Ping-pong show, my friend». Y añaden, torciendo la sonrisa y guiñando el ojo: «Beautifull girls».

Es así cómo se conoce un país: perdiéndose en sus calles. Mezclándose con sus gentes. Probando su sabor en los puestos ambulantes de comida. Dejándose seducir por su olor a especias. Atascándose en el caos de su tráfico. O esperando en las ordenadas y pacientes colas del Skytrain.

«Las elefantas de guerra»

En las callejas de Bangkok, sudas al andar. Sudas al descansar a la sombra. Sudas al desplegar el mapa. Sudas al consultar la guía. Sudas al beber agua. Sudas al comer. Sudas al ir al servicio.  El soplo refrescante del aire acondicionado es la única tregua que da el calor. Pasar por delante de una tienda se convierte en regalo divino. Entrar en un centro comercial es lo más parecido a hacerlo en el cielo. Coger un taxi. Montar en el Skytrain. Comprar algo en un 7 Eleven. Cualquier excusa es buena para huir del calor.

En un clima tropical, la camiseta de fútbol se convierte en prenda diaria. Es transpirable, se seca rápido. En Tailandia, no solo niños y adolescentes las llevan, los adultos también. Y muchísimas mujeres. En las calles de Bangkok vi mujeres asando pinchos de cerdo y piña con la camiseta del Chelsea. Vi mujeres vendiendo medallas de Buda con la del Chiang Mai. Vi una mujer, con el diez a la espalda en la camiseta del City, conduciendo una scooter entre taxis verdes y rosas. Y a otra, con la Roja y el ocho de Iniesta, vendiendo batidos de frutas bajo una sombrilla de colores. Vi a una entretejiendo pétalos naranjas con la camiseta del Liverpool. A otra con la del Barça ofreciendo flores de loto. A una con la del Arsenal cortando mango y sandia.

Tailandia es el país donde más mujeres he visto con camisetas de fútbol. Quizás porque esos días se disputaba en Canadá el Mundial femenino, donde jugaba su selección. Era su primera participación. El sorteo de grupos las encuadró con Alemania, Costa de Marfil y Noruega. Solo pudieron ganar a las costamarfileñas. Pero las que a priori eran las cenicientas, dejaron una más que notable participación a pesar de su temprana eliminación. Las «Elefantas de Guerra» hicieron honor a su nombre y plantaron batalla hasta ser apeadas del torneo.

Sepak Takraw

Tailandia es famosa por sus playas paradisíacas. Por sus islas de ensueño. Por la majestuosidad de sus templos. Por sus exóticas mujeres. Por sus placenteros masajes. Por su ruidoso caos. Por ser el país que nunca duerme. También por exportar réplicas de camisetas de fútbol a precios muy baratos. Su fútbol, sin embargo, apenas es conocido fuera de sus fronteras. En los últimos años, resuena un poco más en nuestro país por haberse convertido en el destino de varios españoles —Rochela, Unda, Toti— que siguieron los pasos de José Pedrosa Galán, el primero en desembarcar en la liga thai.

Todo lo contrario sucede con el otro fútbol tailandés: cada vez adquiere más prestigio mundial. El Sepak Takraw, variante del fútbol, se practica en Tailandia desde tiempos inmemoriales. En los murales de Wat Phra Kaew, el templo del Buda esmeralda, aparece representado el dios hindú Hánuman mientras juega Takraw con monos. Un juego, en sus orígenes, sencillo: se formaba un rondo y los jugadores se pasaban la pelota con pies, rodillas, pecho o cabeza. La pelota, de pequeñas dimensiones, entretejida con ratán, caña típica de India, no debía tocar el suelo. En 1835 se introdujo una red que separaba a los jugadores de ambos equipos. Ya no consistía en pasarse la pelota; ahora competían tres contra tres, lo que convirtió el Takraw en una especie de volei pie.

Es fácil encontrarse a jóvenes practicándolo en la calle o en parques. No tan fácil es imitar las piruetas, volteretas y cabriolas que hacen para marcar un tanto. Vuelan y rematan en el aire como dibujos manga. Se estiran, por encima de la red, en acrobáticas posturas y golpean la pelota con patadas más propias de luchadores de Muay Thai.

Un balón en lo más profundo de la jungla

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El norte de Tailandia, además de por sus templos, es conocido por sus densas junglas. En las de Chiang Mai, conviven los célebres elefantes con las famosas mujeres long neck, o cuello de jirafa. Nosotros no las visitamos. Son muchos los que, tras hacerles las fotos de rigor, se arrepienten de haber contribuido al circo turístico al que las tienen sometidas. Lo que sí hicimos fue adentramos en la jungla y pasar la noche en un campamento.

Atardecía cuando llegamos. Solo había una cabaña, unas mesas y unos troncos que hacían de banco. Las mujeres tejían mientras esperaban la vuelta de los hombres. En cuanto dejamos las mochilas, dos niñas agarraron un balón de cuero, desinflado y roído, y corrieron a un pocito bajo una pequeña cascada. Nos hicieron gestos para que las siguiéramos. Se desnudaron y se lanzaron al agua como dos ranas. Insistieron para que nos bañásemos con ellas. Luego, para que les hiciéramos fotos. Cuando se aburrieron de chapotear y lanzar el balón contra la caída de agua, lo dejaron allí abandonado. No volví a acordarme de él hasta la mañana siguiente. Era temprano. De una de las chozas de madera salía una columna de humo blanco que se deshilachaba más allá de las copas de las palmeras. El poblado olía a cebolla, piña, pimiento y tofu.

Mientras desayunábamos, apareció un niño. De cinco o seis años. Llegó montado en una bicicleta rosa sin cadena y con un solo pedal. Se nos acercó con la cautela del perro. Observó con curiosidad mi camiseta de fútbol. Luego miró alrededor hasta que, de pronto, tiró la bici en medio del camino y corrió hacia la cascada. Volvió con el balón y me lo enseñó. Sin mediar palabra, se quitó las chanclas y se las colgó de los brazos. Cogió carrerilla, chutó. Los botes del balón sobre la tierra era lo único que se oía en el silencio de la jungla. Jugamos hasta que apareció el guía. Antes de abandonar del poblado, el niño se me acercó y me chocó la mano. Sudado. Sonriente. Feliz con un balón en medio de la jungla.

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