El fútbol de Kuper contra el enemigo

 

sb-244125Simon Kuper es un avanzado discípulo del maestro en la crónica de viajes, Ryszard Kapuscinski. Siguiendo su estela, en los 90, recorrió 22 países para rastrear, de primera mano, la relación entre fútbol y poder. Tenía 23 años. Reunió 5000 libras. Metió la máquina de escribir en la maleta y se tiró al mundo con la idea de escribir un libro de su experiencia: Fútbol contra el enemigo

En el prólogo, Santiago Segurola regresa a los 90. No había conexión a internet y para hacerse con el libro de Kuper tuvo que viajar a Londres. Al callejón de Charing Cross, «donde se ubicaba la inolvidable Sportspages, la librería que hizo un servicio colosal a los aficionados al deporte». En aquel santuario los españoles encontraban títulos que no llegaban a nuestro país. Más allá de nuestras fronteras, hombres como Kuper ya intuían que el deporte rey era una de las fuerzas más poderosas del mundo: «Cuando un juego moviliza a miles de millones de personas deja de ser un mero juego». Y no solo eso: en aquellos años el número de fanáticos no paraba de crecer y el fútbol conquistaba «las últimas fronteras: los estadounidenses, los japoneses, los chinos y las mujeres».

En los 90 todavía se jugaba un fútbol tribal, que reflejaba los conflictos regionales, religiosos o de clase social de los hinchas. «Cuando escribí este libro», dice Kuper, «el fútbol todavía no era un deporte global». Con internet y la globalización, se ha producido un fenómeno que Kuper no pudo reflejar en su libro: el cambio en el aficionado.

Un clic. Fútbol global

Mientras en los 90 Segurola viajaba a Londres a por libros, a mí me llegaron desde Uruguay tres camisetas. La celeste, la de Nacional y la de Peñarol. La familia de mi madre es uruguaya. Cada tanto, mi abuela nos enviaba camisetas a mi hermana y a mí. No había mejor regalo. Aquellas camisetas de colores vivos y escudos exóticos nos flipaban. Venían del otro lado del charco. Nadie más las tenía. En mi pueblo, en aquellos años preinformáticos, solo se veían la del Madrid, Barça o Athletic. Ahora, con un solo clic en internet basta para calzarse los colores de cualquier equipo del globo.

Y eso se nota. Cuando viajé a Gambia y Senegal, en 2014, conseguir las camisetas de las selecciones locales se convirtió en una odisea por laberínticos mercados. A pesar de que la camiseta de fútbol era la prenda más utilizada. Kuper achaca este fenómeno a que «la sangre y la patria están perdiendo terreno frente a la televisión por satélite». Frente a la globalización. Los senegaleses y gambianos —como sucede en muchos otros países de África y Asia— reniegan de sus colores. Pero cómo culparles si con un clic en el mando de la tele se olvidan de su fútbol rudimentario y asisten a los lujosos estadios occidentales.

El fútbol proporciona interesantes claves para entender el vertiginoso mundo en que vivimos. Eso pensaba Kuper cuando emprendió su odisea futbolística. «La primera pregunta que me formulé fue el modo cómo el fútbol influye en la vida de un país y, la segunda, de qué manera la vida de un país influye en su fútbol».

Política. Fútbol contra el enemigo

«El fútbol es una cosa y la política, otra» suele ser la respuesta más utilizada por directivos, entrenadores y futbolistas. Pero la odisea de Simon Kuper la desmiente: «El fútbol influye en la política y siempre ha sido así».

Hubo más lecciones. En las escalas del viaje, Kuper aprendió que al fútbol y la política no les separa un muro como el que dividió Berlín. También que ni el muro más alto puede separar al hincha de sus colores. Porque el fútbol es pasión pero también otras cosas. «El fútbol es la guerra», y lo fue, en 1988, cuando se enfrentaron alemanes contra holandeses y resurgieron los odios por la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial. Y es que el fútbol nunca es solo fútbol: mantiene relaciones con empresarios y mafiosos. Como en Rusia, con la compra de árbitros. O en Ucrania, con las empresas que camuflaba el Dinamo de Kiev.

En los 22 países que visitó, Kuper aprendió que el fútbol se ha convertido en carta de presentación. En acceso prioritario a mundos que, para el común de los mortales, mantienen sus puertas herméticamente cerradas. «El hecho de que a un presidente le guste el fútbol puede tener importantes consecuencias para la sociedad». Y no solo eso: el fútbol «ha fraguado guerras, ha alimentado revoluciones e incluso ha contribuido a mantener a dictadores en el poder. Por algo se le conoce como el deporte rey».

Kuper se dio cuenta de que nada de esto ha mermado la fe del hincha. Para él, «si algo puede acabar con el avance global de la afición al fútbol son los partidos amañados».

División. Fútbol nacionalista

La odisea de Kuper hizo escala en España. En Barcelona. Kuper afirma que el fútbol movido por pasiones como la nacionalista terminará desapareciendo. La pitada al himno nacional que viene siendo tradición en la final de Copa del Rey entre Barça y Athletic o las banderas independentistas que pintan de amarillo y rojo la grada del Camp Nou, son simple atrezo para él. Dice que «un club es lo que significa para sus aficionados» y que a los culés fuera de España no les importa en absoluto el independentismo. Pero, quizás, los mosaicos y los cánticos no sean solo parte del decorado ni un club sea solo lo que significa para sus aficionados.

Vázquez Montalbán escribió del nacionalismo catalán como resistencia popular en los años de la dictadura. Kuper recoge el pase: «El Camp Nou era el último reducto en el que Catalunya seguía existiendo y el Barça fue el único símbolo catalán que Franco no se atrevió a borrar». En la Ciudad Condal todavía se habla de las Copas de Europa merengues conquistadas por Franco. Al otro lado de la trinchera también se dispara: la Copa de Europa de Cruyff y las posteriores del Barça moderno se han convertido en arma política. No solo se grita: Visca el Barça!, sino que siempre se añade: i visca Catalunya! 

En Cataluña el fútbol continúa unido, puede que más que nunca, a la política. Según Kuper: «El Barça es el símbolo que Cataluña necesita en lugar de un estado». Y añade: «Ahora que al club le va bien, el impacto político es inmediato». Esta relación entre fútbol y nacionalismo viene de lejos, y no se ha producido solo en Can Barça; en Lituania, Croacia, el Báltico o Escocia, Kuper ha visto cómo el fútbol se convertía en un arma política y sus jugadores, en héroes que ganaban títulos por la causa nacionalista.

Pobreza. Fútbol económico

El Mundial de 2010 disputado en Sudáfrica fue inolvidable para España. Y para África, porque «es gracias al fútbol como un país pequeño puede convertirse en grande». Que por primera vez un Mundial se jugase en el pobre suelo africano construyó un puente entre los lejanos Primer y Tercer Mundo. O así nos lo vendieron: como la guinda al proyecto unificador que había comenzado Mandela décadas atrás y que, al fin, consagraba el deporte más popular entre los negros.

En los 70, el colorido fútbol africano desembarcó en el mundo ligado a mutis y yuyus, a brujería, a pobreza táctica. Hasta que no llegaron las gestas de Roger Milla y los leones indomables, o las de Eto’o y Drogba, no era fácil para los jugadores africanos ganarse respecto a nivel mundial. De las participaciones africanas en los mundiales Kuper saca dos conclusiones: «La primera es que su rendimiento ha sido bastante mejor de lo que creemos y, la segunda, que solo los países africanos ricos y políticamente estables hacen un buen papel». A pesar de que Winterbottom o Moller-Nielsen vaticinaron la futura victoria africana en un Mundial, una profunda brecha económica separa cada vez más a los dos mundos.

«El fútbol es la única oportunidad que tiene África de derrotar al mundo». Pero ¿juega África con las mismas posibilidades? Sanidad. Alimentación. Infraestructuras. Materiales. Todo cuesta dinero. Aunque cada vez más jugadores africanos desembarcan en ligas europeas, siguen siendo minoría. La economía global ahoga el sueño de que un africano levante la Copa del Mundo. Algo que, como afirma Kuper, no se trataría «solo del triunfo de África, sino de todo el Tercer Mundo».

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Un comentario en “El fútbol de Kuper contra el enemigo

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