Kapuscinski en la guerra del fútbol

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Un poema arrancó a Ryszard Kapuscinski de la portería. Antes de conquistar el mapa del mundo, Kapuscinski pasó muchas tardes de su infancia encerrado entre las líneas del área. Antes de coger la pluma, llevó las manos cubiertas por guantes.

Desde los cuatro años, defendió el escudo del equipo local de Pinsk. «Mi contacto con el fútbol viene de antiguo, del ya remoto mundo en el que pasé mi infancia. En mi pequeña ciudad natal había un equipo, orgullo de todo el pueblo». No le quedaban apenas recuerdos de aquellos primeros partidos, pero, a sus más de sesenta años, tenía claro que si había televisión en casa era solamente para ver fútbol. Así hablaba de su primera gran pasión en El mundo de hoy, su libro más autobiográfico:

«En el colegio no me fascinaba sino una sola cosa: el fútbol. Yo hacía de portero en el equipo de escuela y luego jugué en el Legia de Varsovia, en su equipo juvenil. Pasaba días enteros en el césped del campo. Aquello era un arrebato, un delirio, mi vocación más apasionada».

Creció bajo los palos hasta que un día envió uno de sus poemas a un periódico, y lo aceptaron. Cambió el equipo de fútbol por el de una redacción.

Leerle es como viajar alrededor del mundo sin levantarse del sofá. Sus reportajes trasladan al lector al momento exacto y el lugar justo en el que se fraguó la historia moderna. Fue, sin duda, un reportero de raza. De aquellos que debían estar donde nacía la noticia. De los que detestaban una cómoda mesa en la que teclear con tranquilidad porque, «sentado a su mesa, el hombre nos recuerda más a un minusválido metido en un corsé ortopédico que a un funcionario responsable ocupándose de una tarea seria»El mundo fue su oficina. El viaje, su forma de vida. Su máquina de escribir atravesó todas las fronteras. Teclearla se convirtió en la única manera de dar sentido a su existencia. Persiguió la verdad por todos los países. Se mezcló con todas las razas. Sabía que un buen reportero no podía temer ni a la mosca tse-tse, ni a los escorpiones, ni a las enfermedades. Tampoco a las bombas o las metralletas.

Solo cargaba con dos mandamientos en su maleta. El primero: ser buena persona para no ser un mal periodista. Y el segundo: llegar el primero a la noticia. Cumplió los dos en el reportaje titulado La guerra del fútbol«Sabía que era el único corresponsal extranjero en Tegucigalpa y que podría ser el primero en transmitir al mundo la noticia del estallido de la guerra en América Central». Guerra que venía cocinándose desde tiempo atrás pero que, como un gol, estalló violenta después de tres partidos de fútbol. 

La guerra del fútbol

Como un superhéroe, cuando «en el mapa se encendía una luz roja, señal inequívoca de que en un punto determinado de nuestro superpoblado, atormentado y belicoso planeta, la tierra se había estremecido haciendo que el mundo se tambaleara», Kapuscinski lo elegía como destino. La luz roja comenzó a parpadear en Tegucigalpa, el 8 de junio de 1969, fecha en la que se enfrentaban las selecciones vecinas de Honduras y El Salvador en partido clasificatorio para el Mundial de México 70. Excepto Kapuscinski, nadie en todo el mundo prestó la más mínima atención a este acontecimiento.

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Dice Kapuscinski que, «en América Latina, la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible». Y también que, allí, «el que va a un campo de fútbol puede perder la vida»La violencia comenzó a aflorar entre los hinchas hondureños, que asediaron sin descanso a sus rivales lanzando todo tipo de objetos e insultos contra la fachada del hotel de concentración. Al día siguiente, los ojerosos jugadores de El Salvador perdieron por la mínima, en el último minuto. El gol de José la Coneja Cardona no solo mató el partido, sino que provocó que Amelia Bolaños, salvadoreña de 18 años, se suicidara de un disparo en el corazón.  

El partido de vuelta se jugó el 15 de junio, en el estadio Flor Blanca, en San Salvador. Los hinchas locales, con el recuerdo de Amelia Bolaños aún vivo en la memoria, pagaron con la misma moneda a los jugadores de Honduras. Pero con mucha más saña. Los periódicos habían alimentado la rabia, que se transformó en una lluvia de objetos y odio que acompañó a los jugadores hondureños desde que pisaron El Salvador. Incluso, de camino al estadio, tuvieron que ser escoltados por carros blindados del ejército. La derrota por 3 a 0, para ellos, fue lo de menos. «Menos mal que hemos perdido», declaró Mario Griffin, seleccionador de Honduras, al terminar el encuentro. Todo se decidiría en un partido de desempate, esta vez, en terreno neutral. 

Un día antes del partido de desempate, el gobierno de El Salvador rompió toda relación diplomática con su vecino. Como la locura se había desatado a ambos lados de la frontera, se decidió que el partido decisivo se jugase en el imponente estadio Azteca, en Ciudad de México, terreno neutral. La fecha, el 27 de junio. «Los hinchas de Honduras fueron acomodados en un lado del estadio y los de El Salvador en el opuesto, sentándose en medio cinco mil policías mexicanos con imponentes porras». En el minuto 9, se adelantaban los salvadoreños con gol de Martínez, pero poco después empataba Rigoberto la Chula Gómez con una espectacular chilena. En la segunda mitad, se repitió el guión: un gol para cada país. Con empate a 2 se llegó a la prórroga. Cuando Mauricio el Pipo Rodríguez hizo el gol del desempate, el gol que valía el pase mundialista para El Salvador, nadie se imaginaba lo que se escondía detrás.   

«El fútbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria seudopatriótica, tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías en los dos países»Diecisiete días después de aquel gol, las camisetas de fútbol se cambiaron por las guerreras, las botas de tacos por las de militar y los balones por bombas. Había estallado «La guerra del fútbol»

Las dos caras de los estadios

LIBROAquella contienda también fue conocida como La guerra de las 100 horas. En poco más de 4 días, murieron 6 mil personas y más de 20 mil fueron heridas en una absurda lucha entre vecinos, entre dos países que, hasta el momento, habían convivido como hermanos. Fue tan absurda que «los dos ejércitos usaban el mismo tipo de uniforme, llevaban idénticas armas y hablaban la misma lengua» 

Se dijo que aquellos partidos de fútbol fueron la causa pero, en realidad, solo fueron el detonante de una rencilla que se venía fraguando de tiempo atrás. «La verdadera causa de la guerra del fútbol radicaba en lo siguiente: El Salvador, el país más pequeño de América Central, tiene la densidad de población más alta de todo el continente americano». Honduras, en cambio, era 6 veces más grande que su vecino. Durante los años 60, miles de salvadoreños habían cruzado la frontera para hacerse con un terruño con el que alimentar a sus familias. Hasta que, en 1969, los hondureños crearon la Mancha Brava, un grupo paramilitar clandestino que expulsó a más de 300 mil campesinos salvadoreños. Desde entonces, las relaciones entre ambos países se tensaron, en parte porque, «a ambos de la frontera, los periódicos llevaban a cabo una campaña de odio, calumnias e insultos». 

Kapuscinski fue hasta la primera línea de fuego. Solo estando allí podía contar lo que realmente ocurría. Aunque siempre supo que «la guerra vista a distancia y hábilmente manipulada en una mesa de montaje no es más que un espectáculo». Mientras él se jugaba la vida por informar en la sangrienta frontera entre Honduras y El Salvador, el resto del mundo se asombraba con el lanzamiento del Apolo XI: «El hombre alcanza las estrellas, descubre mundos nuevos, planea en la infinitud de la galaxia […] La humanidad celebra el triunfo de la razón y el pensamiento»

Sin embargo, no todos los países del mundo miraban al cielo. «Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés sólo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad pero es así». De un derramamiento de sangre habla el reportaje Victoriano Gómez ante las cámaras de televisión; asesinato que recuerda, espeluznantemente, al circo romano pero ante las cámaras de televisión.

Ocurrió en San Miguel, una pequeña ciudad de El Salvador, dos años después de La guerra del fútbol. La soleada tarde del 8 de febrero de 1971, los graderíos del estadio de fútbol comenzaron a llenarse de público. Llegaron, también, la radio y la televisión. Los niños se encaramaron a los árboles para ver el césped. Helados y refrescos se repartían por las gradas. «Estaba preparado todo de tal manera que daba la impresión que de un momento a otro iba a dar comienzo un partido de fútbol». Sin embargo, no fueron los futbolistas los que saltaron al campo; fue una mujer vestida de negro. Minutos después apareció un militar, alto, moreno, de 24 años, que gritaba: «Soy inocente, amigos». Era Victoriano Gómez. En vez de cánticos o celebraciones de gol, unas detonaciones resonaron en el estadio. Luego, el público abandonó las gradas en lenta procesión. Solo su madre se quedó allí. 

«En toda Latinoamérica», afirma Kapuscinski, «los estadios cumplen esta doble función: en tiempos de paz sirven como terreno de juego, y en tiempos de crisis, se convierten en campos de concentración». En el asesinato de Victoriano Gómez, además, la muerte pasaba de muerte a espectáculo de la muerte. Kapuscinski escribió sus crónicas para que los lectores viéramos, para que pensásemos, pero ¿qué hemos aprendido? ¿Cuánto hemos evolucionado? «La humanidad lleva miles de años de guerras y, sin embargo, parece que cada vez se empiece desde el principio, como si se tratase de la primera guerra de la historia». Esa es la reflexión de un reportero que vivió en primera fila de fuego muchas de las guerras que han hecho avanzar nuestra historia. Una historia que, desgraciadamente, siempre se repite.    

 

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6 comentarios en “Kapuscinski en la guerra del fútbol

    • miguelaortizolivera dijo:

      Sí, Francesc. He leído tres o cuatro libros suyos y todos son, como dices, maravillosos. La pena es lo poco que hemos aprendido de ellos. Gracias por pasarte por aquí. Un abrazo

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