Poesía del balón

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Poesía son unos niños andrajosos que corren detrás de la pelota. Un verso que retumba en el bote del balón. El mordisco de verdín en los pantalones. Hay poesía en las tres líneas de tiza, escuálidas y torcidas, que dibujan la portería en los ladrillos de la pared. Y épica, y picaresca también, en el chupinazo que despeina a la vieja cargada con la compra. La poesía, a veces, se esconde a ras de hierba, asustada de los tacos que chirrían en el túnel de vestuarios. Muchos la encuentran en el silbido del árbitro, en un disparo seco que se estrella contra la madera. En la estirada antológica del arquero. Poesía en las botas. Poesía en el sudor que empapa la camiseta. Que la pega al cuerpo del guerrero. Poesía, y picaresca también, en la zancadilla del último defensa. Y, así, salta la chispa, el latigazo: nace la jugada, rimada como un verso, y al poeta solo le queda cantar el gol.

Muchos han sido los que han cantado las gestas futbolísticas; los que han hecho versos con goles, sonetos con jugadas. Rafael Alberti, Gabriel Celaya, Gerardo Diego, Antonio Machado, Miguel Hernández o Eugeni d’Ors, entre muchísimos otros. La lista nos daría para varios equipos, un entretenido torneo literario entre poetas. Versos dedicados al portero, rimas al campo, odas al hincha, poemas épicos al jugador. Todos los protagonistas de la tragicomedia futbolística han tenido su poeta. Como cantó Gerardo Diego: «Un portero y un defensa, / dos medios, tres delanteros; / eso se llama la uve. / Y a jugar. Vale la carga. / Pero no la zancadilla. / Yo miedo nunca lo tuve.» La poesía tampoco lo tiene. Ni el buen poeta o el futbolista. Solo queda el pitido del árbitro y que el balón, y sus versos, echen a rodar.

Alberto Tesán. El fútbolista más pequeño

descargaEl poema «Fuera de juego» cuenta cómo el sueño de todo niño, ser futbolista como esos ídolos a los que ve jugar por la tele, se puede convertir en pesadilla. Cuenta cómo suena el sueño al quebrarse. Arranca con una sentencia que golpea como un trallazo: «Aprender a callar es lo primero».  Y sigue en esta misma línea para narrar el duro aprendizaje del niño que quiere convertirse en estrella. La primera lección se aprende rápido: «muy pronto te enseñan que el club y los colores / son tu padre, tu madre y el espíritu santo». Después queda crecer y entregar sin reparos lo mejor que tienes al club que paga tu ficha. «Con paciencia te harás un sitio entre la élite / y bailarás con gusto la música que te toquen. / Las niñas de tu barrio soñarán que te metes en sus camas / y algunos periodistas llamarán a tu puerta». El niño roza con las yemas de los dedos el sueño, aunque todavía sea en miniatura. «Recuerda: club, bandera, patria». Si recuerdas esto, el sueño puede continuar. Pero el niño no sabe que los sueños, por mucho que uno crea tenerlos bien cogidos, se escurren entre los dedos. Una rodilla que se quiebra es suficiente. Y fatal. «Quirófano y olvido».  El niño, un muñeco tarado, ya no sirve para el fútbol. Solo le quedan dos cosas por hacer: «Olvida el fútbol, que te hace daño. / Y olvida el Barça, que te duele».

Mario Benedetti. El futbolista más grande

Si ha habido un futbolista que ha levantado pasiones en todo el mundo, ese ha sido Diego Armando Maradona. Es difícil juzgar si su fútbotumblr_m2lq9cJl8L1qlvmbqo1_1280l fue el mejor de la historia, pero su historia personal, trágica y humana, agrandó su leyenda hasta ensalzarle entre los dioses. Y todo dios que se precie tiene sus poemas. Poetas que canten sus gestas. Que las plasmen en la memoria colectiva. El Diego tuvo miles. En todas las lenguas. Pocos en el mundo eran los que no sabían que su mano obró el milagro. De entre todos los versos, destacan los de la pluma del uruguayo Mario Benedetti. Por eso de que hasta el enemigo, el vecino eternamente enfrentado, odiado, le dedicase unos. Su título, «Hoy tu tiempo es real», avisa de la caída del hombre al que el balón —y una mano de la que todos sabían su milagro— alzaron a los cielos futbolísticos. Benedetti le canta al hombre de carne y hueso, al que quedó cuando se acabó el partido. Sin glorias. Con cargas: «Tu edad de otras edades se alimenta / No importa lo que digan los espejos / Tus ojos todavía no están viejos / Y miran, sin mirar, más de la cuenta»Le dice que no sienta miedo, que no volverá a sentirse ni «solo ni extraño». Ha vuelto a ser hombre. Y eso, aunque pueda parecer lo contrario, es una gran victoria: «Vida tuya tendrás y muerte tuya / Ha pasado otro año, y otro año / Les has ganado a tus sombras, aleluya». 

Rafael Alberti. El arquero

El fútbol es épica y de ella se alimenta la poesía. Rafael Alberti le dedicó un poema «al gran oso rubio de Hungría», Franz Platko, el arquero húngaro que, en 1928, defendía la portería del F. C. Barcelona, en el Sport del Sardinero. AlOlatko-foto-blaugranas.com_1berti le vio jugar en el primero de los partidos —finalmente serían tres— de la final de Copa. En aquel encuentro, Platko sufrió un aparatoso choque contra Cholín, atacante donostiarra de la Real Sociedad. Cuando el gol estaba cantado, Platko se lanzó con todo a por el balón y logró despejar, a coste de una brutal patada en la cabeza. «Ni el mar / que frente a ti saltaba sin poder defenderte. / Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía. / Ni el mar, ni el viento, Platko, / rubio Platko de sangre, / guardameta en el polvo, / pararrayos.» Lo sacaron mareado del terreno de juego. Después de darle seis puntos de sutura, volvió al partido con la cabeza cubierta por una venda ensangrentada. Aunque conmocionado, el arquero húngaro cuajó una soberbia actuación. Terminó el partido con los guantes calzados, pero sin la aparatosa venda. Parada tras parada se le fue aflojando hasta que cayó al lodo. Unos días después, la Oda a Platko apareció en la portada del periódico La voz de Cantabria«¡Oh, Platko, Platko, Platko / tú, tan lejos de Hungría! / ¿Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte? / Nadie, nadie se olvida, no, nadie, nadie, nadie».

Eduardo Galeano. El árbitro

También este don Quijote vestido de negro se merecía un poco de poesía. Pero, igual que en los estadios, salir bien parado es difícil. No hay justicia poética para él. Viste de negro. Con el plumaje del cuervo. De domingo en domingo se viste de gorrión. Su trabajo, decidir entre el bien y el mal en un segundo, nunca está exento de podescargalémica. Sus decisiones, a unos les parecen tiránicas, a otros regalos del cielo. Cuando unos le aplauden, otros le silban. Desde esa grada escribió poéticamente, que no en versos, Eduardo Galeano a tan sacrificada profesión: «Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio». El narrador uruguayo no deja títere —ni árbitro— con cabeza: «Algunos domingos, su decisión coincide con la voluntad del hincha, pero no consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él, los victoriosos ganan sin él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si el no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan.» Y termina, como todo hincha —aunque más poéticamente de lo que lo haría cualquier hincha en el estadio—, metiéndose con el negro de sus vestimentas«Durante más de un siglo el árbitro se vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores».

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