La fiebre que enfermó a Nick Hornby

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A los once años, Nick Hornby contrajo una enfermedad altamente contagiosa: la fiebre de fútbol. La patología se la transmitió su padre quien, en la desesperada búsqueda de un punto de unión con su hijo, le llevó al foco de infección: el estadio de Highbury.

Las manifestaciones de esta enfermedad difieren según las condiciones, edad y sexo del afectado; pero entre los síntomas más comunes se dan: retortijones los días de partido, nervios incontrolables, visiones de goles magistrales o jugadas míticas, sueños convulsos, colecciones de objetos inservibles —cromos, chapas, bufandas, camisetas—. Hay afectados a los que, en estadios más avanzados de la enfermedad, la fiebre de fútbol les hace olvidarse de todo lo demás: no importan ni la pareja ni la familia ni el trabajo; nada está por encima de su pasión.

Nick Hornby se cuenta entre estos pacientes graves, y es consciente de ello: «Aparte del fútbol, no hay nada que de veras importe». Fiebre en las gradas, un texto a caballo entre la novela y el ensayo, «es un intento por alcanzar una visión ajustada de mi propia obsesión»; un intento por describir la pasión que mueve a los hinchas más fieles, de dar respuesta a una pregunta que le atormenta: «¿Qué diferencia a los que se contentan con ver media docena de partidos por temporada de los que se sienten obligados a verlos todos en vivo y en directo?».

La primera decisión de un aficionado al fútbol, y la más importante de su vida, la toma en la infancia: elegir equipo, colores, escudo. Nick Hornby lo tuvo claro desde que pisó Highbury y contempló sus gradas art déco: su equipo sería, para el resto de sus días, el Arsenal. Estaban los todopoderosos Chelsea y Manchester United, el famoso Tottenham  o el elogiado Liverpool, pero Hornby se convirtió en cañonero. «Desde el 15 de marzo de 1969, he sido muy consciente del aislamiento que provoca mi equipo». Ese día nació en él la Arsenaldependencia. Con todas las consecuencias. «Todos los hinchas del Arsenal, los más jovencillos y los más talludos, saben de sobra que nadie nos quiere».

El verdadero hincha se encuentra a medio camino entre el enamorado y el drogadicto. Lo ama, no puede vivir sin el objeto de su pasión y, al mismo tiempo, lo detesta y sabe que su vida mejoraría sin él. «Me enamoré del fútbol como más adelante me iba a enamorar de las mujeres». Sin embargo, Hornby no se enamora tanto de los jugadores o del club sino del estadio. Acudir a Highbury se convierte en un ritual necesario que cumple enfermo, lesionado, solo o acompañado, llueva, hiele o nieve, a pesar de que el Arsenal despliegue un juego mediocre, rudo, defensivo, y sean pocos los domingos le dé una alegría. Él siempre está.

Se pregunta qué sucedería si no fuese a un partido: «Me aterra la idea de que en el siguiente partido, después de haberme perdido uno, no entendería parte de lo que sucediera». Hornby intuye algo irracional en acudir a todos los partidos: no lo pasa bien, sufre, ama y odia a su equipo. Pero esa sensación le colma:

«No me apetecía pasarlo bien en el fútbol. Me lo había pasado bien en otros lugares, y estaba asqueado de aquello. Más que nada necesitaba un sitio en el que una infelicidad inconcreta pudiera prosperar, un sitio donde estarme quieto, agobiado, mohíno. Estaba triste, ¿no? Pues cuando iba a ver a mi equipo, podía desenvolver esa tristeza y airearla un poco».

1968-1975. La forja de un Gunner

fiebre en las gradas CORREG.qxd:PlantALBA.qxdPuso un pie en Highbury y el flechazo fue instantáneo. Además de respirar la «abrumadora virilidad de todo el ambiente, el humo de los puros y las pipas, las palabrotas malsonantes», el pequeño Hornby se dio cuenta de otra cosa: «Muchos de los hombres que estaban a mi alrededor detestaban, odiaban de veras estar allí». Gestos contraídos por la desilusión, insultos rabiosos y muecas de frustración poblaban las gradas de Highbury.

Lo principal, sin embargo, era ser creyente, tener un escudo, pertenecer a un club, y Hornby lo sabía: «Mi devoción por el equipo dice mucho de mi carácter y de mi historia personal». Una historia que comenzó a forjarse con los nervios los días de partido, los cromos de la colección Estrellas del Fútbol, las chapas en la chaqueta. Hornby creció con muchas derrotas y algunas victorias. Pasó los veranos gracias a la insaciable metadona de los insulsos torneos de pretemporada. Y dejó atrás la infancia en Highbury, con el paso de la Grada de los Escolares a la Grada Norte, cada más poblada de hooligans.

Pronto aprendió la primera gran lección: «La lealtad, al menos en términos futbolísticos, no era objeto de una elección moral, tal como pudieran serlo la valentía o la amabilidad, sino que era más bien como una verruga o una joroba». Había pasado el bautizo de fuego: era un Gunner, estaba encadenado al Arsenal.

1976-1986. La lucha de un cañonero

«¿En qué otra cosa podríamos perdernos, cuando los libros ya han empezado a ser algo difícil y las chicas aún no nos han hecho ver que son el centro de nuestra vida?». Para Hornby solo había una respuesta: el fútbol. A pesar de matricularse en la Universidad de Cambridge, de encontrar su primer empleo en una oficina de seguros y de enamorarse por primera vez, la pasión por el Arsenal continuó dominando su vida.

Consciente de ello, tomó una decisión radical: como si dejase de fumar, se propuso luchar contra su adicción y no asistir más a Highbury. No dejó el fútbol de golpe; se puso un parche sustitutivo: el Cambridge United, equipo de Tercera, al que siguió durante una temporada. Pero el tiempo debilitó su voluntad e, inevitablemente, recayó en su adicción: «Igual que los alcohólicos que se sienten con fuerzas suficientes para meterse un lingotazo, había cometido un error fatal». Volvió a Highbury. El Arsenal, además, desplegó buenas rachas de juego y logró clasificarse durante tres años consecutivos para la final de Copa. Solo ganó una, pero esa victoria brilló en la mediocridad de la vida de un chico de extrarradio.

Toda su vida volvió a girar alrededor de Highbury. El fútbol se adueñó de los domingos y Hornby se autoengañó para creer que era él el que dominaba su pasión. Vivió jornadas mediocres, acabó y empezó relaciones, encontró y perdió trabajos. Le dolió el desastre de Heysel. Todo cambió a su alrededor menos su asistencia a Highbury y «la sensación de que odiaba al Arsenal, de que el club era un pesado fardo con el que ya no podía cargar, aunque nunca en mi vida consiguiera deshacerme de él».

1986-1992. Pasión incombustible

A pesar de los malos resultados y del juego mediocre, la llama de la pasión por el Arsenal no se apagó. Pasaron los años, las temporadas, y la vida de Hornby continuó dominada por el calendario durante los nueve meses que duraba la Premier. «Si hubiese habido partidos todos los días de la semana por la noche, y todos los fines de semana por la tarde, habría ido sin dudarlo». Solamente cambió su ubicación en Highbury: abandonó la Grada Norte.

En la Grada Norte, conquistada por los hooligans y sus cabezas rapadas y sus botas Doctor Martens, «la violencia fue tornándose menos previsible y mucho más fea». Adquirió tintes de ratonera tras la tragedia de Hillsborough. Hornby se alejó de los cánticos alusivos a Hitler y a las cámaras de gas; abandonó el que había sido su sitio en Highbury durante décadas, y se buscó otro: una butaca propia, su nueva casa: «Tengo compañeros de piso, vecinos con los que tengo relaciones cordiales». Desde allí veía la Grada Norte, donde tantos domingos había sufrido de pie las desdichas de los Cañoneros. «La verdad es que no eché de menos el graderío; de hecho seguí disfrutándolo en calidad de trasfondo repleto de ruido y colorido». Además de la butaca, Hornby se unió simbólicamente al club de sus amores: se fue a vivir a tiro de piedra de Highbury, lo que él mismo denominó como «el cumplimiento de una lamentable ambición que llevaba arrastrando desde hacía veinte años».

Durante toda la narración, Hornby es totalmente consciente, como lo son los yonquis o los enamorados, de que ha invertido demasiado dinero y tiempo en el club, cuando debería haberlo hecho en otros asuntos. «A medida que envejezco, la tiranía que ejerce el fútbol en mi vida, y en la vida de las personas que me rodean, empieza a ser menos razonable, menos atrayente». Todas las pasiones son tiranas y Hornby no tiene la voluntad suficiente para luchar contra la suya. Para apagar la llama, de momento, incombustible de su pasión.

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