El Niño más grande

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Decía Víctor Hugo que el tiempo era el único juez insobornable que podía dar o quitar la razón. Steinbeck defendía algo parecido: el tiempo era el único crítico sin ambición. El tiempo, en definitiva, va poniendo a cada persona o a cada libro en su lugar, sin tener en cuenta lo que se dijo sobre él o lo que se vendió. Este libro, Fernando Torres, de Ian Cruise, lo encontré por casualidad en un puesto de segunda mano. Lo compré porque valía dos euros, sin estar seguro de si lo leería. Antes de meterlo en la mochila, vi que solo hacía dos años que estaba impreso.

A los futbolistas les pasa algo parecido: unas semanas nos hartamos de ver sus caras en los periódicos y otras parece que ya estuvieran retirados. Se les critica o alaba con suma facilidad y, muchas veces, se pierde la visión global de lo que están consiguiendo. Sobre todo, les pasa a los porteros y a los delanteros, futbolistas a expensas de los momentos de excepción. Si, en los últimos quince años, ha habido un delantero español que ha sido ensalzado y enterrado, ese ha sido Fernando Torres. Su irregular idilio con el gol y sus rachas de sequía han hecho correr ríos de tinta. Pero, más allá de las palabras, hubo un año que Torres nunca olvidará: el 2008, quizás el más glorioso de su carrera.

La relación de Torres con el balón empezó muy pronto, como la de esos genios que parecen nacer predestinados. Cuenta Ian Cruise que «sólo tenía dos años cuando comenzó a demostrar su habilidad con el balón y a jugar a fútbol por toda la casa con su hermano mayor Israel». En esa temprana edad en la que se fraguan las grandes pasiones que marcarán la vida de un hombre, también nació el amor por unos colores y un escudo: «Uno de los recuerdos imborrables de su infancia es el de hablar con su abuelo que, si bien no era un gran aficionado al fútbol, se enorgullecía de su devoción al equipo local, el Atlético de Madrid». Y, como nos pasó a muchos de su generación, hubo «una influencia un poco más surrealista»: la serie Oliver y Benji. «Después de cada capítulo, él y su hermano salían corriendo a la calle para jugar al fútbol y soñaban con que ellos también llegaban a ser profesionales».

Muchos de los grandes momentos de su vida estuvieron ligados al fútbol: «Un día inolvidable del año 1993, Torres visitó por primera vez el estadio Vicente Calderón, la casa del Atlético de Madrid. […] Fue un día cargado de sorpresas y emociones». Solo tenía 9 años, pero ya sabía que su sueño era vestir la camiseta colchonera, marcar un gol y hacer rugir aquel estadio. Todavía tendrían que pasar unos cuantos años hasta que clavase los tacos en la hierba del Calderón, pero sus actuaciones en las categorías inferiores hicieron que, en 1999, firmase su primer contrato profesional.

Pronto conoció las dos caras del fútbol: se proclamó Campeón de Europa sub-16 y  vio cómo el Atlético descendía a Segunda. La temporada siguiente, llegó su fichaje por el primer equipo. Su debut no pudo ser más meteórico: «el martes por la tarde realizó su primer entrenamiento con la primera plantilla y el domingo siguiente debutó en el Vicente Calderón frente al Leganés». Una jornada después, frente al Albacete, «se convirtió en héroe en un instante cuando controló un balón aéreo, se posicionó para chutar… y anotó su primer gol para el equipo». Esa primera temporada no consiguieron el ascenso pero, a nivel internacional, Torres se alzó con el Campeonato de Europa sub-19, con otro gol en la final y proclamándose máximo goleador y Mejor Jugador del Campeonato. La siguiente temporada vendrían el ascenso y su consolidación como capitán del Atlético. Tenía 19 años.

Trás unas cuantas campañas en Primera, la frustración que ha caracterizado al Atlético fue más fuerte que su amor por el club. No clasificarse para la Champions League, hizo que Torres decidiese que era el momento de cambiar. Quería jugar con los mejores, santificarse en las catedrales más importantes del fútbol europeo y, para lograrlo, solo había un camino: abandonar el Atlético, romper con su romance de infancia.

El niño se hace hombre

descarga«A Fernando se le cayó el brazalete de capitán durante un partido con el Atlético de Madrid, y en el reverso se podía leer la inscripción “Nunca caminaremos solos”, una pequeña variación del famoso himno de The Kop». Enseguida se interpretó este detalle como un mensaje de Torres a Rafa Benítez, entrenador aquella campaña del Spanish Liverpool. Sin embargo, Torres se apresuró a aclarar que la inscripción era un juego con sus amigos: ellos llevaban tatuada aquella frase y, como él no había podido tatuársela, sus amigos le regalaron aquel brazalete.

Sea como fuere, aquel verano Torres se convirtió en el fichaje más caro de los reds: 38.4 millones de euros. El Niño rubio y pecoso abandonaba el césped de sus sueños de infancia. Se hacía hombre y elegía un destino de hombres: la Premier League, la competición más física y exigente de Europa. Tenía 23 años. Cargaba con la nostalgia de abandonar a su familia, amigos y ciudad; con la presión de ser el fichaje más caro, con el duro proceso de adaptación a un nuevo país, idioma y gentes. Pepe Reina avisaba: «El primer año en un país extranjero es complicado». Pero Torres aplacó todas las dudas con goles. En España había rondado la quincena por campaña; pero en su primer año en la Premier rompió todos los récords: en la última jornada consiguió superar el que ostentaba Van Nistelrooy como máximo goleador extranjero en su primera temporada. Anotó 33 goles entre todas las competiciones.

Su asociación con Steven Gerrard fue especial: «La llegada del crack español en verano había dado una nueva dimensión al juego de Gerrard y lo había hecho crecer más». Su entendimiento con el propio Benítez fue perfecto: «Rafa lo calcula todo, incluyendo el tiempo que rueda el balón y el que va por el aire y lo estudia en su ordenador». Pero si hubo una comunión en Anfield, esa fue la del delantero y la grada de The Kop: «Siempre que juego mirando hacia ese fondo lo hago con mucha confianza». Quizás en esa comunión tan singular tuviese mucho que ver con los cánticos con los que, desde el primer gol, los aficionados reds hacían retumbar Anfield: «Su brazalete demostraba que era un red, Torres, Torres, / Nunca caminarás solo, decía, Torres, Torres, / Fichamos al chico de la soleada España, / Recibe el balón, marca otra vez, / Fernando Torres, el nueve del Liverpool».

El hombre se convierte en leyenda

2008 fue, sin duda, el año de explosión de Torres: el fichaje multimillonario por el Liverpool, su gran registro goleador, las semifinales de Champions. Eso a nivel de clubes; aún faltaba la guinda del pastel a nivel internacional: ganar la Eurocopa de Suiza y Austria.

Después de una brillante fase de grupos, la selección española jugaba para romper la maldición de los cuartos. Nos medíamos a Italia un 22 de junio, fecha de mal agüero para los españoles: «En 1986 perdió contra Bélgica en el Mundial de México. Diez años después, en la Eurocopa de 1996, la anfitriona Inglaterra, fue su verdugo. Y por último, en 2002, los sueños mundialistas se acabaron de nuevo, esta vez a manos de la co-anfitriona, Corea del Sur», cuenta Ian Cruise. «Y como si los dioses del fútbol estuviesen burlándose de ellos, aquí estaban otra vez, el 22 de junio de 2008, jugándose de nuevo un puesto en las semifinales desde los once metros».

En esa tanda, Iker Casillas se hizo un hueco en el santoral español. Dos partidos después, en la final, sería Torres el que pusiera la guinda a una Eurocopa inolvidable. Marcó «un gol decisivo en el treinta tres, cuando superó por fuerza y velocidad al defensor Philip Lahm para alcanzar el pase entre líneas de Xavi, picar el balón por encima de Jens Lehman y enviarlo al fondo de la red». Después de ser nombrado Mejor Jugador de la Final, Torres declaró: «Es un sueño hecho realidad. Por fin se ha hecho justicia, porque el equipo que mejor ha jugado ha ganado el campeonato».

Aún le quedaban muchos partidos por jugar, goles por marcar, ocasiones por fallar. Cambios de vestuario, entrenadores, estadios. Partidos en el banquillo, alegrías y frustraciones que vivir. Aún le quedaba mucho camino por andar. Algunos dirían que era un delantero letal; otros que no metía un gol al arco iris. Le quedaba también entender que, en el fútbol, no siempre gana el que mejor juega. Pero aquel 2008, para Fernando Torres, fue sin duda una temporada difícil de igualar. Solo queda por ver en qué lugar le pone el tiempo.

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2 comentarios en “El Niño más grande

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