El otro fútbol del maestro Delibes

        

51LsNt4BHlL._SX306_BO1,204,203,200_En una entrevista, Miguel Delibes confesó que «jugaba de delantero y era más o menos fino». Practicó mucho el deporte rey hasta bien entrados los cuarenta, pero sobre todo en su infancia y en la adolescencia, en los años que estudió en el colegio de Lourdes, en su Valladolid natal. Los partidos contra los maristas o los jesuitas o los huérfanos de Caballería eran el otro fútbol, muy diferente al que Delibes veía en el José Zorrilla. Desde 1929, fue asiduo de los partidos del Real Valladolid y, durante un lustro, apenas faltó a ninguno. Siguió al equipo pucelano desde Tercera División hasta que, al fin, se consolidó como uno de los clásicos de Primera.

«Fui espectador desde muy niño. Ser socio costaba 1,50 pesetas y tuve que convencer a mi padre para que pagara esa cuota de seis reales al precio de quedarme sin propina. Las cosas han cambiado mucho con la conversión del fútbol en un gran espectáculo». Fue parroquiano del José Zorrilla hasta que, en 1978, colocaron las vallas para el público, que separaban el césped de la grada. Como si aquella limitación entre el futbolista y el aficionado fuera por él, Delibes dejó de ir al campo. Eso sí, no dejó de verlo: cambió las duras localidades de las gradas por el mullido sofá de casa, los gritos del campo por la retransmisión del locutor.

Todos estos años de partidos le sirvieron para ver cómo el fútbol, un deporte puro, se iba transformando en puro espectáculo.

El otro Delibes

Delibes practicó varios deportes a lo largo de su vida: el ciclismo y la motocicleta, como nos relata en la colección de cuentos La vida sobre ruedas; la caza, afición con la que llenó cientos de páginas, como en Diario de un cazador; el tenis, del que habló en Memorias al aire libre; además del fútbol. Era el otro Delibes: el que sustituía su amor por las letras y la soledad de una cuartilla por el deporte. Y era, al fin y al cabo, el mismo Delibes: el que sabía transcribir, como pocos, todas sus experiencias vitales a la blancura de un papel.

Entre los recuerdos que baraja en sus artículos futboleros, hay uno que sobresale por encima del resto: las palizas que les daban los chavales del colegio Santiago para huérfanos de Arma de Caballería. Cada vez que pisaban la tierra apelmazada de su campo, los huérfanos les barrían. Así lo recuerda: «¡Ah, los huérfanos! Aquellos mozos practicaban un fútbol precursor, hecho de inteligencia y sobreentendidos, apoyados en una velocidad de diablos, una entereza de atletas y un finísimo toque de balón». Campos de tierra, alpargatas, balones coriáceos. El fútbol de antes, el que no se encorsetaba en tácticas o en jugadas ensayadas; el fútbol de la magia y la improvisación, no el de los cerrojos y el repliegue atrás. En definitiva, el otro fútbol.

«Para mayor escarnio», recuerda de aquellos partidos, «los huérfanos jugaban en alpargatas sin que sus empeines parecieran resentirse con los trallazos que enviaban desde treinta metros contra nuestra portería con aquellos balones recios, coriáceos, que, como dice Vicente Verdú en su estupendo y divertido libro El fútbol, mitos, ritos y símbolos «trascendía el vaho de su vejiga (protegida por talco) y la biografía del cuero al que se le dispensaban cuidados vitalizadores dejándole secar al sol y embadurnándole con grasa».

d4Si Delibes viera la diferencia de puntos que separa en la clasificación al Real Madrid y al Barça del resto de equipos, seguramente apagaría la televisión y dejaría de ver fútbol para siempre. Hay una diferencia tan abismal en presupuestos y plantillas que son muy pocos los equipos que creen en el milagro de plantarles cara a los dos grandes. La Liga es cosa de dos, a lo sumo de tres cada varios años. Delibes ya se olía la putrefacción del fútbol moderno cuando escribió La Liga que agoniza, a principios de los 70: «Los efectos del profesionalismo desmesurado empezamos a acusarlos ahora en toda su virulencia. En cada país el campeonato de Liga se dirime prácticamente entre cuatro clubs; los demás bastante tienen con eludir el descenso». Con los años, las desigualdades se han ido acrecentando; pero, ya tras el Mundial de España 82, Delibes lo afirmaba así: «Hoy, antes que jugar más, se procura que el contrincante juegue menos. Interesa, más que jugar, no dejar jugar, destruir que crear».

Se lamentaba de que en el fútbol, cada vez, se diese más prioridad a la fuerza antes que a la agilidad. En su opinión, ese sustituir lo creativo por lo físico era el peor enemigo de la esencia del deporte rey. No se podía encorsetar la magia, la improvisación, el regate por el regate.

«En el fútbol moderno», afirmaba, «deben correr los dos, la pelota y el futbolista. Y ¡ay de quien lo entienda de otra manera! El centro del campo, lugar donde se cuecen los éxitos y los fracasos, no será nunca nuestro si el rival de turno nos gana en fuerza y en velocidad, que es tanto como decir en entereza y sentido de anticipación. […] No se trata tanto de esperar a que el compañero se desmarque —esto es ya, también, un concepto anticuado— como de desmarcar la pelota, de remitirla al espacio vacío donde el compañero, a base de velocidad —siempre la velocidad y la fuerza—, puede anteponerse a su contrario. Éste es el secreto a voces del otro fútbol».

El otro mercado

También habló de fútbol en Campeón de taquillas. Y lo hizo con una lucidez preclara: criticó a los jugadores que iban de divos o al mismísimo Real Madrid después de conseguir su tercera Copa de Europa por no apostar por la cantera y gastarse millones en fichar a grandes nombres extranjeros. Delibes preveía en lo que terminaría convirtiéndose el fútbol moderno: un escaparate de marcas que más tiene que ver con lo que ocurre en las pasarelas que a ras de hierba.

En El otro fútbol, opinó sobre ese otro mercado de fichajes que se estaba poniendo de moda entre los grandes clubes españoles que, en vez de apostar por los de casa, se traían jugadores de fuera con la esperanza de que rindieran como lo hacían en sus antiguos clubes; pero en muchos casos no sucedía así:

«Yo entiendo que el bajo rendimiento de estos divos importados obedece a otras razones: por ejemplo, la pérdida del ritmo de su antiguo equipo y la ausencia de respuesta a sus intuiciones. La velocidad del nuevo equipo no es la misma que la del de procedencia y el compañero no ve las pelotas que le deja en tierra de nadie o las considera pelotas perdidas».

Así ocurrió con jugadores como Cruyff en el Barcelona, quien «jugaba demasiado para jugar bien, quiero decir», aclaraba el maestro, «para jugar bien aquí, para ser entendido en nuestro país». Kubala y Di Stéfano eran la excepción que confirma la regla: ellos se adaptaron bien a sus clubes. Sin embargo, para Delibes, «mediterráneos y septentrionales no pueden ser mezclados impunemente. Son dos conceptos del fútbol que normalmente se rechazan».

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4 comentarios en “El otro fútbol del maestro Delibes

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