El fútbol en Senegal (y3)

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Fue toda una odisea encontrar la camiseta de la selección de Senegal. A pesar de que los mercados estaban plagados de puestos en los que se vendían camisetas de fútbol, fue muy complicado encontrarla. Los locales parecía que la desdeñasen. A muy pocos niños se la vimos, a pesar de que la camiseta de fútbol era la prenda más usada. Algunos llevaban la gris o la amarilla de entrenamiento, pero la verde o la blanca, las oficiales, era raro verlas.

Cuando, en los mercados, te acercabas a uno de los puestos y les preguntabas por ella, te miraban como si no entendieran por qué un toubab quería la camiseta de Senegal y no la de un club grande europeo. Te señalaban la del Madrid o la del Barça, la del Liverpool o la del Chelsea, y te decían: «Bueno precio, bueno precio». Al ver que no te interesaban, enseguida aparecían tres o cuatro hombres de entre la muchedumbre y te preguntaban lo que buscabas. También te miraban raro al escuchar que la camiseta de Senegal, pero se lanzaban en su búsqueda por el mercado.

Les seguíamos por los estrechos pasillos, sorteando puestos en los que se vendían especias en pequeñas bolsitas de plástico; puestos en los que se vendían cascaras de tortuga, pieles de serpiente, dientes de cocodrilo o púas de puercoespín; puestos de vasijas de cerámica; puestos de zapatillas y chanclas de segunda mano; puestos de telas de vivos colores; puestos de camisetas de fútbol que el tipo al que seguíamos se pasaba de largo. A veces, como si todo el mercado supiese lo que el toubab quería comprar, aparecían de los estrechos pasillos más tipos que se unían en la búsqueda.

Muchos nos ofrecían la camiseta blanca de la segunda equipación, pero talla de niño. Les decía que no me valía y ellos insistían: con gestos te decían que la camiseta de ese año era ajustada, que iba pegada a la piel. Al ver que no colaba, insistían en que podría ser un buen regalo para el hijo de un amigo. Solo cuando hacías amago de irte, aparecía otro que te decía que le siguieras, que él sabía dónde encontrarla. Cuanto más te internabas en el corazón del mercado, más y más gente se juntaba y se hacían más agobiantes los estrechos pasillos.

Al final del viaje, en Cap Skirring, incluso dos jóvenes que habían tratado de encontrar la camiseta en el mercado, se enteraron de dónde comíamos y aparecieron después, con una camiseta blanca. Me chistaron desde una esquina para que me acercase. Cuando llegué donde estaban, me la enseñaron: efectivamente, era la de Senegal, la blanca, pero estaba mojada y el siete de la espalda completamente descolorido. Decían que se había mojado con la lluvia de esa mañana. Uno de los compañeros se la llevó a la nariz: olía a detergente. Dedujimos que aquella camiseta era de uno de ellos o de algún conocido, y les dijimos que no la queríamos.

Solo quedaba un día para conseguirla.

Dos camisetas en dos días   

1 (30)En las compras, el regateo forma parte de la transacción. El local inicia el juego con un precio desorbitado, sobre todo si lo negocia con un toubab. Cada participante en la compra tiene una regla: el vendedor tratar de sacar lo máximo posible de la venta y el toubab, el cliente, que le soplen lo menos posible. Muchas veces, en los claustrofóbicos pasillos del mercado, los duros regateos podían volverse asfixiantes, te hacían sudar y terminabas plantándote en un precio. Si el vendedor no lo aceptaba, le devolvías el objeto y te ibas. Era entonces cuando te agarraba por el brazo y te decía: «Vale, vale. Dame, dame».

Fue el último día que pasamos en Senegal, antes de cruzar la frontera rumbo a Gambia, cuando encontré la camiseta de la selección. Como en el resto de mercados, antes de dar con ella tuve que decir que no a varios vendedores que me ofrecían camisetas falsas, polos con los colores de la bandera de Senegal, camisetas de entrenamiento o de tallas pequeñas. Hasta que, de repente, apareció un hombre con la camiseta original, la de Puma, aunque no la de este año. Llevaba el número quince serigrafiado y, en la espalda, el nombre de P. Cissé. Le dije que cuánto. Negociamos y, al final, me la quedé.

Más tarde me enteré de que la camiseta era la de Papiss Cissé, actual delantero centro del Newcastle. Cissé fue uno de esos niños senegaleses que alcanzan el sueño: llegar a Europa gracias al fútbol. Con veinte años lo fichó el Metz francés y jugó cedido en el A.S. Cherbourg y en el L.B. Chateauroux. Luego fichó por el Friburgo alemán, donde destacó como segundo máximo goleador de la Bundesliga, solo por detrás de Mario Gómez. Esa temporada, se convirtió en el africano que más goles anotaba en una campaña de la historia de la liga alemana. Y fichó por el Newcastle, donde sus aficionados nunca olvidarán el golazo que le hizo a Petr Cech.

Gambia: fin del partido

A la vuelta, cruzamos la frontera por carretera para pasar los dos últimos días en Gambia, antes de regresar a España .Tuvimos suerte: no nos registraron las mochilas en la frontera. A la ida, nada más bajarnos del Ferry, un policía de paisano nos enseñó la placa, nos invitó a acompañarle a un cuartucho que hacía las veces de oficina, y nos registró todo lo que llevábamos en las mochilas. Ya que estábamos en otro país, aproveché para buscar la camiseta de fútbol de la selección de Gambia. Fue infinitamente más fácil que con la de Senegal: en el primer sitio donde miramos, la tenían. Se veía a la legua que no era la original, pero me daba igual. Además, el precio no fue abusivo y el regateo, más sencillo.

El último día, después de visitar un pequeño museo de instrumentos de música y máscaras y amuletos, tocamos cocodrilos y vimos algunos monos. Luego, mientras esperábamos a que llegase la hora del vuelo, vimos atardecer en una de las playas de Banjul. El sol era una enorme bola amarilla que parecía incendiar un cielo limpio de nubes. Mientras bajaba lentamente hacia las olas del mar, grupos de chavales jugaban un partidillo de fútbol en la playa. Solo los toubabs parecíamos pendientes de la imponente puesta de sol; los locales se enredaban en las jugadas, en si había sido mano o no, en si el balón había rebasado la línea o no. Como si se jugasen la vida en cada lance del partido. Nosotros, en cambio, volvíamos los ojos, melancólicos y tristes, a la esfera cada vez más y más anaranjada, mientras se sumergía en el mar y recortaba la silueta de un cayuco que, en el horizonte, se bamboleaba al son de las olas.

 

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