El fútbol en Senegal (2)

 

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En muchos poblados por los que pasamos, nos encontramos con que los niños —y los no tan niños— mataban las abrasadoras horas del sol jugando al futbolín. Lo hacían bajo la inmensa sombra de un baobab o de una ceiba, o bajo el techo de chapa de una choza. Jugaban incluso a oscuras, iluminados solamente por el reflejo de la luna y las estrellas. Lo hacían, muchos de ellos, con un pequeño limón que usaban como bola. Los partidos no tenían fin: el limón, después de cada gol, volvía a caer en el receptáculo de las bolas y el partido se reanudaba.

Todavía más verde que amarillo, el limón botaba incontrolable entre las despintadas botas de los futbolistas de metal. Muchas veces se quedaba trabado. Casi a cada jugada, los chavales tenían que parar el partido para que uno de ellos metiese la mano en el campo, agarrase el limón y lo volviese a lanzar. Al reanudarse el partido, un perfume de cítrico flotaba por encima del estadio de madera, se mezclaba con el olor de un sudoroso día de bochorno y se perdía entre los gritos alocados de los chavales cada vez que se anotaba un gol.

Los niños senegaleses —y los no tan niños— no solo mataban las horas de sol jugando al futbolín. También nos encontramos en algunos poblados algo parecido a las salas recreativas. En una estrecha habitación, se reunían grupos de chavales para jugar partidos en la Play Station. Tres o cuatro pantallas, unos cuantos pares de mandos y rezar para que, cuando llegase la tormenta, no se fuera la luz en medio del partido. Eso era suficiente para echar un buen rato. Cuando pasabas cerca de una de estas salas de juegos, les veías enganchados al mando, los ojos clavados en la pantalla verde. Y es que en el juego, el balón no botaba descontrolado como en los caminos o en los campos de tierra.

En el juego, el sol no les recalentaba el sudor de la espalda. En el juego, el polvo no se les metía por la boca y les resecaba la garganta. En el juego, era más fácil soñar que pisaban, con unas botas recién estrenadas y el diez a la espalda, la hierba de un gran estadio europeo, mientras miles de aficionados coreaban su nombre. En lo que duraba la partida, a los chicos senegaleses les estaba permitido soñar.

La fiesta del fútbol

En todos los poblados había uno. Aunque solo hubiera tres o cuatro chozas, al lado siempre había un campo de fútbol. Las porterías, dos palos clavados en la tierra. Si había suerte tenían larguero: muchas, simplemente, un palo curvado e irregular; otras, en vez de un palo, tenían una cuerda que las mujeres utilizaban por las mañanas para tender la ropa. Normalmente, no había hierba en el rectángulo de juego. Los pies descalzos de los niños la habían quemado y la superficie era de tierra, moteada con algún hierbajo más resistente.

Los poblados más grandes tenían un equipo que jugaba la liga local. Vimos algunos de ellos entrenando, con conos, petos y más de un balón. Incluso, unos pocos lo hacían en campos que tenían porterías de metal, de medidas reglamentarias. Pero fueron los menos. En los poblados más pequeños, la inmensa mayoría, por las tardes, cuando el sol empezaba a perder fuerza, el campo de fútbol se convertía en un lugar de reunión. Se podía ver a los más pequeños jugando en una portería, corriendo como pollos sin cabeza detrás de la pelota. Los adolescentes, en cambio, salían a entrenar: muchos daban vueltas al campo corriendo al trote después de estirar los músculos de las piernas. Algunos con botas de tacos, otros con playeras, otros descalzos. Los grupos de chicas, de todas las edades, les observaban desde alguna esquina o detrás de la portería, y se escuchaban sus risas vergonzosas mientras se ponía el sol.

En Senegal, los días de partido, el tiempo deja de ser algo estático e inerte para convertirse en algo electrizante y colorido. Un partido de liga es todo un acontecimiento, una fiesta. Antes de que dé comienzo el choque, se ven regueros de niños y niñas, jóvenes y mayores discurriendo bajo el sol por las cunetas de la carretera que lleva al campo.

Las gradas, si las hay, se abarrotan. Nadie quiere perderse el partido. Los niños se cuelgan de los muros más altos para ver mejor, los jóvenes se arremolinan junto a las vallas y muchos adultos se encaraman a los tejados de las casas de alrededor. Las chicas bailan y castañean con las cortezas de palmera, incansables y sufridoras. Si no hay graderío, la muchedumbre se agolpa tras las líneas de banda, rodeando el campo. Los linieres apenas tienen espacio para correr y rozan, muchas veces, las caras de los aficionados con el banderín. Cada jugada de peligro, cada encontronazo, cada balón divido es una orquesta de gritos y chillidos desafinados, de risas.

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No son partidos técnicos ni de mucho toque: el terreno de juego no invita a ello; son partidos de fuerza, de patadón arriba y velocidad, de garra. Las entradas duras se suceden una detrás de otra: cabezazos en balones divididos, segadas brutales, choques, rodillazos, codazos. Si el jugador queda tendido en la tierra, el árbitro enseguida da permiso a los servicios médicos, cuatro chicos y chicas uniformados con una camiseta blanca de la Cruz Roja, para que entren a atenderlo al campo. En uno de los dos partidos que vimos durante el viaje por Senegal, los médicos usaban como botiquín una caja verde de herramientas Bosch.

Un partido improvisado

Los niños jugaban un rondo en mitad del camino que atravesaba el poblado. La tierra de la pista estaba dura y apelmazada, a pesar de que, menos de una hora antes, había caído una tromba de agua. En cuanto nos vieron llegar, a los toubabs, nos sonrieron y nos invitaron a jugar con ellos. No nos obligaron a meternos en el centro del rondo, como hubiera ocurrido en España. Mientras nos pasábamos el balón de plástico, vi que los toubabs éramos los únicos que llevábamos playeras. Algunos de ellos, dos o tres, jugaban con cangrejeras; el resto corrían descalzos sobre la tierra y las piedritas.

Al rato, dijimos de echar un partido. Hicimos dos equipos: el Real Madrid por un lado y el Barça por otro. Montamos las porterías con las piedras que encontramos entre los hierbajos de las cunetas. Como solo había tres montones, uno de los chicos colocó un roñoso bidón de plástico como palo de una de ellas. Justo cuando íbamos a empezar, uno de los hombres del poblado que chapurreaba el español dijo que él sería el árbitro. Al principio se limitó a señalar los saques de banda o a parar el partido cada vez que se acercaba una bici o una moto o un todoterreno por el camino. Poco a poco los niños más pequeños y las chicas y las mujeres del poblado se fueron agolpando a los lados del camino para ver el partido. Aplaudieron los primeros goles del Real Madrid, que se puso cuatro a uno por delante. Entonces, el árbitro empezó a tomar protagonismo señalando penaltis que solo él veía y anulando goles clarísimos. «Hacer justicia», repetía sonriendo. Los toubabs nos quejábamos cómicamente de sus decisiones. Las mujeres se reían en las cunetas. Al final, el Barça se impuso por un contundente siete a cuatro.

Cuando el árbitro señaló el final del partido, todo el poblado rompió en aplausos antes de volver a sus silenciosas faenas diarias.

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