El regate de Sérgio Rodrigues

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«Había la frase-chanfle, la elipsis cola de vaca, la goliza de locución adverbial, el cerrojo-haiku, el fútbol total postmoderno. Todo al servicio de la demostración ensayística de una tesis sutil, que sería una cosa de genios si no fuera, reconozcamos, completamente estúpida: la del paralelo entre fútbol y prosa de ficción […] Hammett y Hemingway, atacantes de la selección inglesa […] El realismo mágico de Maradona. El monólogo sinuoso de Di Stéfano, el expresionismo de un Puskás o de un Heleno, el casi dandismo nabokoviano de estilistas como Didi, Falcao y Zidane. Eso sin hablar del entretenimiento leve e inteligente de tantos jugadores que fueron olvidados, pero no en mi libro. En mi libro todos revivían, sólo que mi libro era una mierda.»

El regate, de Sérgio Rodrigues es, sin duda, una novela de polos opuestos que chocan. Y los del fútbol y la Literatura son los más importantes del libro. Más concretamente, el del fútbol como reflejo de la vida, «aquello que Pasolini llamó fútbol-poesía». Los noventa minutos como espejo de lo angustioso del paso del tiempo; los lances del partido, muchos marcados por una suerte que se nos escapa, como símbolo de todos esos momentos que, por más que nos empeñamos en desentrañar, su significado termina escurriéndose entre los dedos. Porque, como afirma Rodrigues, «el fútbol puede reflejar la vida, pero lo contrario, por razones que ignoramos, no es verdad. Hay entre los dos una asimetría, un descompás, en el cual no me sorprendería que radicara toda la tragedia de la vida».

Padre e hijo

d99df54c3ef8326bff397bd647d321b3b862710fEn un momento del libro, Murilo Filho sentencia que «el fútbol está lleno de planicies inmensas» y que «es la expectativa de ver que en cualquier momento se va a revelar uno de esos mejores momentos lo que nos lleva a atravesar sus desiertos inmensos». Ese gol que vale el sufrimiento de los noventa minutos, ese momento fugaz que marca el partido de la vida es el que intenta atrapar Murilo Filho. A las puertas de la muerte, el que fuera «el León de la crónica deportiva» de la época dorada del fútbol brasileño, de la bossa nova y la samba, se pasa las horas, como piensa su hijo Neto, naufragando en «la alta mar de la nostalgia futbolística».

Así se lo cuenta Neto a un amigo en la barra de un bar: «El tipo se está muriendo, me llamó. Dice que quiere amarrar las puntas de la vida. Se la pasa hablando de fútbol». Neto, ex músico punk fracasado que trabaja como corrector de libros de autoayuda, lleva veintiséis años sin hablarse con su padre. Es incapaz de perdonar, de superar el pasado como promueven los libros que corrige, ni mucho menos de disfrutar del presente. Vive anclado en la cultura pop de los setenta, en los cuelgues de juventud, los primeros amores y la música. Solo vuelve a casa por la petición de su padre de acompañarle en sus últimos momentos; pero lo hace a regañadientes, empujado por la íntima esperanza de que Murilo le pida perdón.

Dos polos opuestos que chocan: el padre, amante incondicional del fútbol, dueño de Manteiga, un perro que «nació en una camada de seis y era el único negro»; y el hijo, «miembro de esa especie minoritaria y oprimida pero menos rara de lo que se piensa: un brasileño desapasionado por el fútbol». En El regate no hace falta matar al padre para que el hijo pueda crecer: Murilo se muere de una enfermedad terminal. En las jornadas que pasan juntos, padre e hijo comen croquetas y pescan —o tratan de pescar— en la represa; pero, sobre todo, hablan de fútbol. Más bien es Murilo el que lo hace, el que se aferra a él como tabla de salvación cuando todo se desmorona. En definitiva, el viejo Murilo Filho solo intenta, desesperadamente, «hacer el gol de honor en la derrota inevitable por goleada contra el tiempo».    

Rew-Play

Para contar su historia, Rodrigues salta del presente al pasado y viceversa. Rebobina, congela la imagen y luego da al play en la película de la vida de los personajes. A través de los recuerdos de Murilo Filho conocemos el pasado dorado del fútbol brasileño, junto con el suyo como redactor deportivo. El tricampeonato de la canarinha, las tardes de gloria en Maracaná, las mejores gambetas de Garrincha, la magia de Pelé O’Rei, la folha seca de Didi; todos estos recuerdos secundados por el fútbol de los Vavá, Zagallo y compañía.

El deslumbrante pasado que recuerda Murilo Filho choca con el deslucido presente de sus últimos años: «un fútbol-industria que no tenía nada que ver con el de su juventud. Sus amigos y colegas habían muerto o se habían jubilado, todos sus libros estaban descatalogados». Lo mismo le sucede a su hijo: Neto se regodea en sus años de juventud como militante de rock brasileño, movimiento musical que nacía a mediados de los ochenta. «Fue la época de las drogas y el sexo fácil, sin la culpa y el miedo de los años que esperaban a la vuelta de la esquina». Esquina de la que se alejan los polvos y los primeros amores; esquina en la que le esperan el rencor hacia su padre o la incapacidad de amar a Gleyce Kelly, una exuberante rubia de bote con la que se acuesta en lujosas habitaciones de hotel.

Sus pasados se estrellan contra presentes muy diferentes. El del padre, negro como la muerte, el final del túnel; el del hijo, no menos negro, desencantado con el futuro que se le echa encima. Los dos tratan de salvarse, cada uno a su manera. Neto tambaleándose, como puede; su padre, el viejo Murilo Filho, a través de vídeos de partidos, recuerdos futbolísticos y el borrador de un libro que cuenta la historia de Peralvo, joven destinado a convertirse en «el nuevo Pelé».

El libro cuenta que Peralvo empezó a despuntar, como tantos otros astros brasileños, en campitos de tierra. «Hacía vaselinas, chilenas, regates de cola vaca, fintas que todavía no tenían nombre, acertaba al ángulo de lejos, engañaba al portero y entraba con el balón y todo, más tarde hubo hasta quien juró haber visto al muchacho cobrar un tiro de esquina y correr para cabecearlo». Además, Peralvo tenía otro don extrafutbolístico, paranormal: «descifraba las almas que lo rodeaban a partir de un menú de colores más variado que el catálogo de una tienda de pinturas».

A través de las peripecias de este peculiar jugador, nacido mesías del fútbol, conoceremos la historia más reciente de Brasil: el amargo paso de la bossa nova a la dictadura.

Radio y televisión

El tiempo no solo pasa para los personajes, no solo los arrincona a ellos. También lo hace para las cosas. Más vertiginosamente, incluso, que para ellos. No hace muchos años, en el salón de las casas, las radios dejaron su sitio privilegiado a las televisiones. Los aparatos de radio se fueron arrinconando, hundiendo bajo el polvo del olvido, para ceder su reinado a la televisión. Para Murilo Filho hay una gran diferencia entre los años en los que el fútbol era narrado por locutores de radio y la actualidad, en la que el deporte rey se ve a través de las pantallas. Para el viejo, la radio había fabricado «las toneladas de argamasa necesarias para pegar los pedazos de un país gigantesco que hasta aquel momento no era bien a bien un país».

Murilo ve a los locutores como embellecedores de jugadas, como creadores de mitos, de los héroes que necesita cada país. Como le cuenta a su hijo: «Más del noventa por ciento del público sólo tenía acceso al fútbol por la radio, y en la radio cualquier partidito de mierda disputado en cámara lenta por ineptos con barriga de lombrices rebosaba de ruido y furia». Esa magia que creaban los locutores se perdió con la invención de la televisión. Sin embargo, «la televisión es un vehículo desprovisto de imaginación que condena los partiditos de mierda a ser partiditos de mierda, nada más que partiditos de mierda».

Si algo ha caracterizado a los mejores jugadores de la canarinha ha sido el regate, ese querer arañar la jugada hasta el límite, el balón tejido a sus botas, el desborde en una baldosa, la magia. El momento del fútbol por el fútbol. La diversión. En el primer capítulo del libro, Rodrigues emplaza a sus lectores justo ahí, delante de la pantalla de la televisión. Aprieta el play y «de repente estamos en 1970, el pase es de Tostao y, aquí está la clave, Pelé ya es Pelé. Está harto de saber que es un mito, un semidiós, ¿qué puede perder si intenta ser un dios completo? Por eso no hace lo correcto, hace lo sublime. Cambia el camino trillado del gol, del seguro que había hecho tantas veces, por el incierto que, como vemos, jamás haría». 

El regate fantasma. Ese no tocar el balón y, aun así, hacer que todo ocurra. Ese hacer que nada pase cuando ya todo había ocurrido. «El fútbol se convirtió en idea pura y, de repente, hombres, pelota, nadie se comportaba como se esperaría que se comportara en este mundo vano». El momento que el viejo Murilo Filho rastreaba en los vídeos y las charlas de fútbol. La última lección sobre fútbol que le da a Neto. Y sobre la vida. Su legado. Porque «en el fútbol, la diferencia entre la victoria y la derrota siempre ha tenido mucho de fortuito». Como en la vida.

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