En fuera de juego con Oliver y Benji

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Texto| Javier Ceresuela Bermejo

Siempre he preferido el fútbol en la playa. Es más emocionante, más libre. Aunque también he jugado en la calle, en descampados, la piscina y en algún que otro campo de fútbol. En todos ellos, el discurrir del fútbol siempre estuvo libre de miedos, entregado a esa felicidad e inconsciencia que no te permiten comprender que puedes romper alguna cosa o que algo salga mal; esa felicidad e inconsciencia futboleras que, únicamente, se troncaban con las liguillas de playa, en las que ya no me enfrentaba a mis amigos de la urbanización. Ahí se rompía la magia, el juego dejaba de ser juego y se tornaba competición.

Algo así les pasa a los protagonistas de Fuera de juego cuando juegan en la plaza o en la piscina de la urbanización en forma de U. Todo es felicidad futbolera. Si a alguien tan poco ducho en el deporte rey, como a mí, leer los momentos balompédicos de esta panda de chavales le ha hecho arrancar más de una sonrisa y retrotraerse a muchos años atrás, es que Fuera de juego tiene algo. Algo, en el plano vital y afectivo, que va directamente a la memoria personal y, en general, a la de todo aquel niño y niña futbolista o amante del fútbol. Algo en y con lo que reconocerse.

Ellas también juegan

descargaHay un dicho muy machista que afirma que el fútbol femenino «ni es fútbol ni es femenino». Supongo que porque creemos —equivocadamente— que el fútbol solo lo juegan bien los niños, chicos y hombres. También porque pensamos que las niñas, chicas y mujeres, cuando juegan, se vuelven unos marimachos. Todo muy tópico. Aunque el mismo dicho encierra una paradoja y contradicción: si el fútbol femenino no es femenino, ¿significa que, para serlo, tiene que ser delicado? Como se demuestra en la novela, el fútbol es fútbol lo jueguen hombres o mujeres, niños o niñas. Y es masculino y femenino a la vez porque saca lo mejor y lo peor del ser humano.

El personaje de Noelia tira por tierra el tópico de la chica futbolera poco femenina, con los tópicos que, a su vez, la feminidad trae aparejados. Porque Noelia es diferente y real como la vida misma. Desde su manera de jugar al fútbol: elegante, medida, eficiente y sin complejos; hasta su manera de vivir su feminidad: infantil, natural, espontánea, atrevida y nada cursi. «Noelia jugaba con ellos. Era de las pocas chicas del pueblo a las que dejaban jugar. A veces, jugaban con otras; pero entonces ya no lo hacían en serio. La eliminatoria se convertía en una pachanga hasta que la chica quedaba eliminada o se aburría de correr. Noelia era diferente: tenía un chute durísimo, manejaba las dos piernas con habilidad, regateaba y daba pases de gol. No evitaba el cuerpo a cuerpo, como hacían muchos chavales, y remataba de cabeza, hasta los trallazos, con los ojos verdes siempre abiertos».

Noelia, no sabemos si juega al fútbol porque es rebelde o si el mismo le da rebeldía a su vida. Su manera de jugarlo, sin estridencias, es también su manera de vivir; pero no sabemos qué es el espejo de qué. Cuando juega lo hace en serio, con pasión. Y vive de igual manera. Ser la pequeña llega un momento que le harta y cuestiona que su segundo puesto suponga ser la paria de casa. Se encara con Pelotari pequeño en la refriega del partido. En el grupo es una más; su condición de chica ni siquiera le exime de las bromas pesadas de Koldo. Y llegado el momento del primer amor con Fichu, aunque sea él quien tome la iniciativa, ella no se queda atrás: en dos ocasiones le reclamará otro beso y hasta le introducirá la mano bajo sus pantalones.

Rebeldía y feminidad, ambas sin ataduras a modelos encorsetados. Y es que Noelia ni es Patty, la hooligan del New Team, ni la sufridora novia de Julian Ross. Noelia es un personaje único, pero a la vez universal; es la chica en un grupo de niños, pero es una más. Es el término medio entre la chulería y liderazgo aún infantiles de Koldo, el seguidismo con tintes heréticos de Fichu y la poquedad e inocencia de Salva. Un personaje que le da a la novela un toque más real, porque todos hemos tenido alguna Noelia en nuestro grupo de amigos y de futboleros.

Realidad y ficción: fútbol bidimensional

Los protagonistas juegan al fútbol y lo viven y entienden a su manera. Pero hay varios tipos de fútbol. No es lo mismo cuando, por ejemplo, ven Oliver y Benji, que cuando asisten al derbi del Alcázar contra el Nela FC. O cuando, por fin, pueden ser ellos los protagonistas de su propia historia en el partido de Alas de Júpiter contra el Villacomparada Balompié.

Empiezan por jugar al fútbol en la calle. Allí viven la realidad a pequeña escala: las trifulcas con Catino o las reprimendas de Pedro por jugar donde no deben. Después, ven Oliver y Benji, un momento de calma en el ajetreo de las tardes que enciende sus imaginaciones. Lo mismo que las enciende el fútbol bueno, el del Madrid que se juega la Liga del 95 en Tenerife. Sin embargo, es cuando asisten al partido del Alcázar cuando experimentan el mundo del fútbol bidimensional. Porque el partido es para ellos su New Team-Toho personal. Su Barça-Madrid regional.

Todas estas capas del fútbol se superponen, finalmente, en el partido Alas de Júpiter-Villacomparada Balompié. Es la gran cita, les ha mantenido ocupados días y, por ello, lo juegan como lo juegan y lo pierden como lo pierden. Es un instante que vale una vida, que le da sentido. Y la charla donde descubren quién fue Chus Pereda es lo que termina de completar la lección de ese partido.

De jugar al fútbol donde pueden, y ser espectadores, hasta ser ellos los futbolistas con que sueñan ser. De su ficción, a su realidad. Aprenden, de todo este fútbol, una lección por encima de las demás: que se pueden quedar en fuera de juego y que eso pasará más veces de las que quisieran.

Chus Pereda, el futbolistas y el hombre

Hasta el final de la novela, el nombre y el recuerdo de Chus Pereda son como una sombra, como una niebla en el aire. O como un secreto solo al alcance de unos pocos elegidos. En este caso, de los mayores: Satur, Pedro y los abuelos del bar. Como de ellos no saca nada en limpio, Koldo vuelve a la carga con la única persona que, sin ser mayor, puede que lo sepa: Salva, el único que no carga con esa ignorancia juvenil. Le sacará de la duda, aunque no del todo, contestando que Pereda es el jugador más famoso del pueblo, pero sin poder aportar nada más. Lo que descubrirán luego les dejará perplejos y admirados.

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Puede que esta historia ayude a expresar mejor ese gap futbolístico generacional y, a la vez, ese amor por el fútbol que inspira la novela. Pereda, mito medinés olvidado por la historia oficial del fútbol español, es un símbolo futbolístico del tiempo de los mayores del pueblo. Pero creo que no es tanto un elemento de referencia para unos y de desconocimiento para otros; de ruptura. O, al menos, hasta que descubren quién era. A partir de ese momento, el nombre, figura y recuerdo del mito medinés será lo que une el mundo de los adultos —los años del Franquismo, del No-Do, la radio y del jugador modesto y sencillo— con el mundo de sus hijos y nietos, a todas luces demasiado cambiado y cambiante. «Eran otros tiempos, ahora a la gente le da pereza imaginar, que se lo den todo hecho; pero nosotros imaginábamos». El recuerdo y mención de Pereda une a los pequeños con los mayores: a Koldo con su padre, a Salva con su abuelo. Al fútbol de antes con el de ahora.

Quizá no es casualidad el momento en el que ocurre: después de la amarga derrota contra los hermanos Pelotari y compañía. La charla, entonces, se convierte en una lección de vida. Como lo fue la carrera de Pereda con sus triunfos y derrotas, alegrías y penas, la gloria y el olvido. Así, empiezan por conocer la gloria: la Eurocopa del 64, el torneo «de Chus», aquél en el que «un medinés le marca el gol más importante de la historia del fútbol español al mejor portero del mundo en la final de una Eurocopa» y da el pase del segundo. Luego vienen las incógnitas sin respuesta: «¿Por qué se lo quitaron?», pregunta inocente Fichu. Y cuando encuentran consuelo porque el astro medinés jugó en el Barça y en el Madrid, descubren que hay razones del corazón que la cabeza no entiende: él quería jugar en el Athletic. Y las lágrimas del final: «Se fue llorando del Barça».

Las alegrías, la pena, las dudas y la resignación ante la vida. Eso les enseña esta charla. Pero es el bálsamo, la lección que necesitan después del partido que acaban de perder. Aprenden que en la vida hasta los más grandes pierden, pero que cargan con las derrotas dignamente. «En el pueblo estuvimos años pensando eso, que el pase había sido de Amancio, hasta que alguien vio a Chus y se lo contó. Le dijo que él había centrado, pero así, tan campechano».

Algún día ellos también podrán contar que el gol de Pelotari no fue gol; que fue falta. Así el final del partido, la victoria o la derrota, siempre estará en el aire. Sin embargo, Fuera de juego es más que una novela de fútbol porque trata al deporte rey como un elemento vital, pedagógico, aleccionador. Que acompaña, forma y deforma la vida. Con el que vas creciendo y teniendo vivencias que aunque pudieran parecer banales por ir acompañadas de un balón, no lo son. Todos, seguro, hemos pasado lo que pasan los protagonistas y esas vivencias nos han hecho pasar buenos o malos ratos, pero de todos ellos hemos aprendido algo. O, cuando menos, ahora los miramos con nostalgia o desagrado. Y todos esos momentos nos han hecho, o ayudado a ser, tal como somos.

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Un comentario en “En fuera de juego con Oliver y Benji

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