Coradino Vega: el hijo del futbolista

 

 

9788496594388En 2010 veía la luz El hijo del futbolista, la primera novela de Coradino Vega. Una de las piedras con las que el autor afila la punta de su pluma es el fútbol. Ya avisaba el texto de la contraportada de que el libro era una mezcla explosiva: «El hijo de un ex futbolista que nunca jugó en primera división y que ahora entrena a un equipo de regional. El fútbol como espacio de dolor. Mi reino por un gol». Como muchos otros escritores —Tomas Salvador y su atracador futbolista, Nick Hornby, la familia de los Baldrich y la historia del Barça de Use Lahoz, Camus o los aquí reseñados, Javier Marías y Vázquez Montalbán—, Coradino Vega utiliza el fútbol como camino, como reflejo de la vida.

Sin embargo, en su novela el deporte rey ocupa un papel secundario ya que el protagonista, Martino, un chico de instituto, no siente verdadera pasión por el fútbol. Juega de mediocentro en los juveniles del equipo de Riotinto, pero solo lo hace para cumplir las expectativas de su padre. Sabe que «no tiene físico ni es rápido; aunque su padre dice que la inteligencia suple defectos, que si la devuelve antes de que llegue el contrario, no sólo ayuda más al equipo, sino que también se está ayudando a sí mismo». Martino «sabe que lo que su padre piensa realmente es que su hijo no tiene condiciones para que siga sus pasos como futbolista, aunque no encuentre la manera de decírselo». Será el padre el que sufrirá a ras de hierba. El mismo que no vendió su reino, el sueño de jugar en primera división, por un gol. Y es que, como él les dice a sus hijos: «El fútbol es una insignificancia comparado con vosotros».

Minas de fútbol

La novela está ambientada en Minas de Río Tinto, provincia de Huelva, donde nació su autor allá por 1976. El nombre del pueblo hace referencia a unas minas de cobre, explotación que dejó seca la colonia inglesa que allí se asentó hasta 1954. Como viene siendo ley de vida, el ser humano encontró un recurso y chupó de él hasta que lo agotó. Por el cobre de aquellas minas se llegó a torturar, como también, por desgracia, viene siendo ley de vida. Este pasado colonial será uno de los pilares de la novela.

Pero las Minas de Río Tinto no solo han sido fértiles en cobre; esas tierras también fueron productivas en cuanto a futbolistas. En 1873 se gestó allí el primer equipo de fútbol español. Allí se unieron los primeros once guerreros de la pelota: El Riotinto Balompié. Ese año los colonos ingleses compraron los yacimientos de cobre y bautizaron las tierras onubenses como cuna de nuestro fútbol. En ese club legendario, jugaba el padre de Martino, el protagonista de la novela; en ese club rozó el sueño de cualquier futbolista: jugar en Primera. Fue en la temporada 74-75.

Esa es otra de las historias que conocemos a través de la experiencia de Martino. Hay más, pero la del padre —y a veces la del propio Martino— el narrador decide contarlas a través del fútbol. Así arranca la novela: «Oye la voz de su padre y apenas puede verle cegado por el sol y las gotas que se le meten en los ojos. Corre la banda conduciendo la pelota, y escucha el rumor de la grada, mientras los latidos golpean dentro de él con una resonancia de tambor que no puede distinguir del ruido del estadio».

Martino, en la primera línea de esta historia, aparece a punto de jugarse el gol decisivo del partido. Solo le queda regatear al último defensa y batir al portero. Pero demasiadas movidas se le pasan por la cabeza para poder definir con serenidad: no le echa valor con Elisa, sus amigos, con sus camisetas de rock y sus litronas y sus pajas mentales, le aburren; no tiene claro qué estudiar, los consejos de su madre le repelen y no es capaz de meter el mismo gol que un día su padre logró hacerle a la mediocridad. Nada parece salirle bien; hasta cuando se masturba piensa que si lo hace, su padre sufrirá un accidente de tráfico al volver de los entrenamientos. En fin, demasiadas dudas para mantener la mente clara y acertar con su gol.

Ascenso a un sueño

Hay una pregunta que aguijonea a Martino, quien «no para de preguntarse por qué su padre dejó el fútbol a los veintisiete años. Tras cinco temporadas en segunda división, después de meter el gol del ascenso y salir a hombros como un héroe, abandonó en la cumbre cuando por fin había subido a primera». Le atormenta porque, dentro de él, sabe que él mismo es la razón y «que fue aquella noche, después de ver a su primer hijo, cuando decidió dejarlo todo y regresar junto a su esposa». Martino carga con el peso de aquella decisión de su padre: quedarse a un escalón del sueño; es más, incluso hasta con un pie en él gracias a aquel gol decisivo, para volver a bajarlos todos y cuidar de su hijo y su mujer.

El padre, para sacar adelante a los suyos, tuvo que entrar a trabajar en las minas. Abandonó el cielo encerrado en las líneas de un campo de fútbol, para internarse en los infiernos de los yacimientos de cobre. Pero no habla de ello, lo acepta en silencio: «llega de la calle y se retrepa en su sillón como si hubiera llegado al fin a un refugio, y cambia de canal muy rápido hasta que encuentra el fútbol». El fútbol, para él, es la huida y la pantalla de la televisión, siempre verde, la única forma de rozar su sueño.

La novela transcurre durante el verano de la Expo de Sevilla, «que debe representar el inicio de un milenio en el que los medios de la guerra se pongan al servicio de la paz, la cultura y la educación», explica un político por la tele. Es, también, el verano de la Eurocopa de 1992 que ganaba, contra todo pronóstico, Dinamarca, «selección no clasificada a la que dejaron participar porque Yugoslavia fue excluida debido a la guerra de los Balcanes». Pero, sobre todo, es el verano en el que Martino se juega su futuro: el salto del instituto a la universidad, salir del pueblo, asumir los mandos de la nave. Jugársela contra el portero. Uno contra uno.

Lo mismo que se la jugó su padre cuando dejó de lado su sueño. Por mucho que Martino trata de olvidarlo, hay restos de aquel viejo sueño por toda la casa: «entre las imágenes: su padre sentado encima de una pelota con la equipación en blanco y negro, las patillas muy largas y el número siete grabado en la calzona, sobre una leyenda caligrafiada que dice ASCENSO A PRIMERA DIVISIÓN (JUNIO DE 1974)». Sin embargo, eso es lo que queda de aquella gloria futbolística, solo momentos fugaces atrapados entre las esquinas de un marco.

Gol a la mediocridad

Aquel verano de 1992, un titular de periódico, «Martín en la cuerda floja», avisa de que su padre también puede perder el último vínculo que le ata al fútbol: su puesto de entrenador de equipo de tercera regional. Martino «sabe que su padre no quiere que su hermano y él vayan a los partidos. Pero su hermano y él sienten una euforia fanática cuando el equipo de su padre gana y un dolor profundo cuando cae derrotado. Ahora se juega el ascenso en la última jornada. El Presidente ha hecho unas declaraciones en el periódico criticando el papel del entrenador. Él sufre por eso; conoce las razones de su padre; pero en lugar de decir algo, se queda también en silencio».

Al final, Martino y su hermano van a ver el último partido del equipo de su padre. Martino «está convencido de que su padre es un utópico empeñado en demostrar que también a ese nivel se puede jugar en zona y tocar la pelota a lo ancho del campo». Antes del decisivo partido, entrenador y jugadores reparten unas octavillas por el estadio: «en ellas se detallaban los impagos, el pacto del entrenador y la plantilla de jugar el último partido a pesar de que el presidente no ha querido recibirles».

El turbio pasado colonial y las minas atraen a Martino, hasta el punto de que publica un artículo sobre el tema en la revista del instituto. Ha escuchado historias de boca de su abuelo, conoce la experiencia de su padre y siente su influencia, la de los ingleses, en las palabras de los viejos y en las fachadas de los edificios. Las aguas del río bajan cobrizas, no son lo transparentes que debieran. Ya lo avisaba la contraportada: «Una novela de aprendizaje: elegir agota, escribió Rilke, y esta historia lo confirma». Desde el minuto uno, desde la primera línea, el protagonista tiene que decidir por dónde lanzar el balón para marcar el gol decisivo; decidir, al fin y al cabo, si encarar al futuro que se presenta por delante o dejarse quitar el balón por el «silencio manso y feliz» que le echa el aliento por detrás.

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