Millones de niños y un sueño: ser futbolistas

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En Futbolistas de izquierdas, de Quique Peinado, hablaba así Ivan Ergic, jugador croata que se retiró de fútbol a los 30 años, después de que una depresión le desengañara. Se desahogó para el periódico Politika, donde trabajaba de columnista:

«El fútbol, como otros deportes altamente profesionalizados, sirve para entretener y para mostrar a las clases más pobres que tienen las mismas oportunidades que el resto de ser ricos y famosos. Es la manera más pérfida de ser explotados, no sólo con un propósito ideológico, sino como propaganda de un cuento de hadas donde se puede huir de la miseria. Así, la industria del fútbol se beneficia de aquellos que no pueden tener lo más básico. Ese cuento de hadas sirve para engañar a niños que viven en la pobreza y que nunca podrán acceder a la educación que necesitan para ser médicos, abogados o banqueros. Y que nunca se quejarán por ello».

¿Existen los cuentos de hadas en el fútbol? Esa pregunta trata de responder Juan Pablo Meneses en Niños futbolistas, donde habla de lo que vale, en dinero contante y sonante, el sueño de un niño, y sobre la parte de ese dinero que se llevan todos los eslabones de la cadena que lo conducirán hasta él. Para averiguarlo, Meneses se sumerge en la «Liga de Traficantes», como la bautizó Vázquez Montalbán; una liga en la que juegan dos pueblos: los que han nacido para producir futbolistas y los que pueden comprarlos. Aunque en muchas páginas lo parezca, no estamos hablando de ganado; estamos hablando de niños que piensan que «una carrera de futbolista, con triunfos y goles y aviones y giras y copas y contratos y anuncios publicitarios y hoteles y autógrafos, va a alejarlo de aquí, de esta cancha de tierra en una ciudad de América Latina, de este barrio donde es peligroso andar solo de noche y la droga corre más veloz que las ratas».

Estamos hablando de millones de niños que sueñan con que la magia de unas hadas les saque de la miserable cancha de tierra que, día tras día, les llaga las rodillas y los codos.

Periodismo Cash

ninos_futbolistas_8040_511x.jpgJuan Pablo Meneses es el pionero de un nuevo tipo de periodismo: el cash. Como él mismo revela, la receta es sencilla: «comprar y luego contarlo, consumo más escritura». Su idea es escribir una trilogía. En su primera incursión este nuevo periodismo, tomó como producto para su experimento literario una vaca. En La vida de una vaca contaba, paso a paso, el proceso que iba desde la compra de un ternero hasta que la carne del mismo llegaba al plato del consumidor. En Niños futbolistas ha seguido el mismo patrón, pero con un objetivo más ambicioso: comprar un niño en América Latina y seguirlo hasta que le fiche un equipo europeo. El tercer producto, que cerrará la trilogía cash, de momento solo él lo sabe.

En su segunda aventura ha encontrado más trabas: «La compraventa de un niño futbolista es más hermética y oscura que la de un ternero». Hay muchos intereses —y dinero— en este negocio: padres, cazatalentos, representantes, clubes, notarios; una larga lista de contactos sin los cuales es imposible alcanzar el sueño. Meneses da cifras: «El precio por el que se puede comprar un niño futbolista a veces no supera los 200 dólares, pero el precio de venta final, en pocos años, puede estar por encima del millón». Por mucho que pueda parecerlo, no es un negocio fácil, sino de alto riesgo: no todos los niños futbolistas que aspiran al sueño, lo consiguen. Muchos no salen de la miseria de los campos de tierra y otros tantos quedan perdidos en limbos intermedios.

«Hay una parte en Niños futbolistas donde un abogado y agente de jugadores me advierte que me estoy metiendo en un negocio de altísimo riesgo». A pesar de que en muchos tramos del libro lo perdamos de vista, estamos hablando de deporte, concepto asociado a la deportividad, la vida sana y los valores. Pero lo que se esconde detrás de este lugar común y vacío, es otra palabra más suculenta: dinero. Las grandes cantidades que se manejan en el fútbol provocan que, desde tiernas edades, estos niños futbolistas ya sean tratados como trabajadores. Aunque antes de firmar su primer contrato, el fútbol es considerado aún como deporte, estos chicos ya cumplen con rígidos horarios y estrictos entrenamientos que moldean su día a día como si fueran trabajadores profesionales. Algunos, incluso, hasta han renunciado a los estudios por su sueño.

«Las historias aparentemente exageradas con las que me topado mientras escribía este libro solo demuestran lo grotesco del mundo del fútbol, del negocio y las contrataciones; el modo en que se ha desvirtuado el deporte, llegando a rozar la pornografía». Meneses ha recorrido cientos de canchas en cientos de ciudades de América Latina. Ha visto jugar a miles de pibes, chinos, chamos, chavos, dependiendo del país. Aún niños porque, para ellos, los dieciséis años es una edad límite; más allá se acercan a la vejez para lograr su objetivo. De todos, los brasileños siguen siendo los más valorados; los argentinos, los que más venden; los uruguayos, un producto en alza por su fácil adaptación a cualquier medio.

La larga cadena de esclavitud de los niños futbolistas empieza en sus casas. El primer eslabón, los padres. Muchos proyectan en los hijos su sueño frustrado de convertirse en futbolistas. Para que su historia no se repita, apuntan a los hijos a escuelas de fútbol, los hacen entrenar aparte, los presionan hasta la saciedad. Hay gerentes de escuelas, como Dante, que dice que «cuando hay padres muy belicosos, yo les prohíbo que vengan a ver jugar a los hijos, porque los alteran. Se meten en el campo, agarran a golpes con el árbitro. Algunos han sacado armas». Esta actitud exagerada de los padres no se da solo en el fútbol: «Los padres de los niños futbolistas no tienen ambiciones ni presionan a sus hijos de un modo distinto al de otros padres. Aunque, eso sí, los primeros podrían hacerse ricos más rápidamente que los segundos».

Al eslabón de los padres, le siguen el de los cazatalentos, los representantes, los gerentes del club, los intermediarios, los notarios, los derechos de formación, los bonos de solidaridad. Eslabones que conducen al niño hasta su sueño: convertirse en su ídolo. Pero ¿qué pasa con los miles de niños que no llegan? ¿Qué es de ellos?

Carne de futbolista

«Si para los que queremos comprar un jugador y revenderlo en España la historia termina con el contrato, el traspaso, el dinero y el viaje final, para el niño futbolista la historia ahí recién empieza». Conseguido el primer contrato, el niño futbolista emprende el viaje a un país desconocido, donde se habla un idioma ininteligible, lejos de familia, amigos, compañeros de club, el barrio. Empiezan los entrenamientos serios y feroces con otros niños futbolistas que ansían su sueño. Todos estos retos los debe afrontar con poco más de once años.

«En todo este tiempo cientos de jóvenes han cruzado el charco con un buen contrato bajo el brazo. Cientos de nuevos millonarios que luego regresan a sus barrios pobres en automóviles de superlujo, con regalos para la familia, los amigos y los vecinos».

Muchos a España, concretamente a las filas de los dos equipos más poderosos, Real Madrid y FC Barcelona. Sobre todo al segundo, que se ha transformado en la gran obsesión de los niños futbolistas en América Latina. Lionel Messi, Alexis o Neymar son utilizados como señuelos, ejemplos de que se puede llegar al sueño. El Barça se presenta a estos niños como «un gigante captador de jugadores», como «la profesionalización del reclutamiento de chavales futbolistas», como «imán de sueños», como «formador de héroes».

Meneses reproduce una charla que mantuvo con Coppola, quien llegó a tener bajo su tutela a 200 jugadores, hasta que Maradona le exigió la exclusividad. Ser «el representante de Dios» le llevó a lo más alto: fama internacional, fiestas, mujeres, glamour. A pesar de ello, Coppola se lamenta de lo que sucede hoy con los niños: «No había esta cacería de ahora. Pero el mercado del mundo y la globalización lo han permitido». ¿Qué medidas ha tomado la FIFA para frenar la cacería de niños? En 2009, Joseph Blatter a la cabeza, la FIFA se reunió para abordar el tema. Rodeado de lujos, Blatter anunció su «obligación moral de defender a los chicos de 13 o 14 años» y evitar que se los lleven de sus países. Para ello crearon el TMS —Transfer Matching System—, recurso electrónico con el que rastrear y regular los contratos de los niños y evitar que se conviertan en carne de futbolista. Unos meses después, el Real Madrid presentaba su nuevo fichaje: un pibe argentino de 7 años.

Un entrevistado anónimo, metido en el mundillo, afirma que «todo eso que dicen de las trabas, el control de la FIFA, la protección a los menores… todo eso son simples declaraciones para los medios». La eterna contradicción, reflexiona Meneses: «explotar y transportar niños que jueguen al fútbol es malísimo, pero ver a los muchachos que ganan copas para nuestro club es buenísimo». Contradicción que, por el bien de esos niños, deberíamos de resolver.

«No quisiera que los lectores demonizaran el negocio de la compraventa de jugadores menores con una visión simplista, maniqueista, de esta historia. Este libro no pretende ser una caza de brujas, ni demostrar una mafia. Pretende ser una observación de lo que hacemos a diario y en dónde nos sitúa eso».

Si hay un ejemplo a seguir por encima del resto es el de Lionel Messi. Así lo relata uno de los padres que lo conoció cuando jugaba en las inferiores de Newell’s: «Él no quería llegar a ninguna parte. Él jugaba al fútbol, no sé si pensaba en llegar a ser lo que es, él jugaba al fútbol. No creo que lo demás le importara mucho… O sea, que el tema económico, el tema de llegar, no creo que lo pensara así. El tipo ya era excepcional con Newell’s, él vino a esa edad, y jugaba como tú lo ves jugar ahora, no hay ninguna diferencia». Quizás en las palabras de este padre —que se pasó semanas sin hablar a su hijo por fallar un penalti— está la clave: Messi jugaba al fútbol sin pensar adónde le iba a llevar. Solo jugaba. Era feliz dando patadas a la pelota. Sin cadenas, excepto las que le ataban al balón.

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