El Dios redondo de Juan Villoro

 

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El término esfera proviene del griego sphaîra, que significa pelota. Ya los griegos se hacían esta pregunta: ¿Existe algo más perfecto que la esfera? Si se la formulásemos al mexicano Juan Villoro, probablemente nos contestaría que no; solo hay que ver el título de su famosa crónica futbolística: Dios es redondo. En esta Biblia balompédica, Villoro rastrea el misterio que desprende la hierba de un estadio, el secreto que encierran los palos de una portería o la mística que hace que, las noches de partido, miles de gargantas coreen al unísono un mismo himno. Villoro define el fútbol como «el deporte que ha hecho de la patada una de las bellas artes». Para él, el fútbol no son veintidós tíos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota sobre un pasto verde. Para él —y para mí— el fútbol es un modo de vida o, mejor dicho, un modo de dar sentido a lo que nos rodea. En los primeros compases del libro, Villoro defiende que el fútbol es para ser narrado una y otra vez; que es terreno, no del novelista, sino del cronista. «El fútbol es, en sí mismo, asunto de la palabra». Amén.

Instantes de excepción

En Dios es redondo, Villoro repasa algunos de esos momentos contados una y mil veces. Tras el silbatazo inicial —una serie de artículos breves en los que habla, entre otros temas, de su pasión por el Necaxa, de lo que mueve a los aficionados, además de la relación que, para él, guardan el fútbol y la escritura— Villoro recupera algunos momentos clave del fútbol moderno.

El aficionado —el bueno, el fiel— se acostumbra a esperar. El que ha visto mucho fútbol sabe que los partidos no son como las telenovelas: no siempre pasan cosas, no siempre los momentos excepcionales llegan cuando a uno le gustaría. Unas tardes toca sufrir, morderse las uñas; otras, aburrirse con partidos soporíferos e incluso dar una cabezadita delante del televisor. Eso sí, cuando llega el momento de la gloria, esos instantes inolvidables —goles históricos, confeti y trofeos, celebraciones en las fuentes—, el aficionado saborea por fin el fruto de su lealtad y guarda esos momentos para siempre en las vitrinas del recuerdo.

El tercer capítulo de esta Biblia está dedicado a la vida, muerte y resurrección de Dios. Como un buen evangelista, Villoro narra algunos de los milagros futbolísticos más importantes de Diego Armando Maradona: «La mano de Dios», que solo vio Peter Shilton y que millones de argentinos recordarán por siempre, o el «Gol del Siglo», que hizo Dios al hombre en 37 zancadas y 11 toques de pelota. También recupera la evangelización por tierras italianas. De su paso por Nápoles, quedarán para siempre la pizza Maradona, la Via Maradona, la piazza Maradona. La final del Mundial que perdió en Roma, donde ni siquiera su magia pudo contra una decisión arbitral. Después, los años de deambular por el árido desierto de las drogas. Controles antidoping, suspensiones, recaídas. Sin embargo, sus más fieles seguidores supieron perdonar. Así lo canta Rodrigo, en la canción La mano de Dios: «Carga una cruz en los hombros por ser el mejor,/ por no venderse jamás al poder enfrentó./ Curiosa debilidad, si Jesús tropezó,/ ¿por qué él no habría de hacerlo?»

Una de las ligas con más peso en el fútbol moderno es la española: la llamada Liga de las Estrellas. A ella le dedica Villoro el cuarto capítulo. Además de tratar la fiebre del fichaje, que desde hace ya unos años parece afectar a los grandes clubes españoles, recuerda pasajes históricos del Madrid de los Galácticos, como la inolvidable volea de Zinedine Zidane. El fichaje de Beckham, el nuevo prototipo de futbolista-modelo, que no solo vendía camisetas sino que también llenaba las portadas de revistas femeninas. El odio desatado que despertó el traspaso de Figo: la mítica cabeza de cochinillo en el córner del Camp Nou. También dedica un capítulo a Guardiola como futbolista, aunque ahora le quede por delante la tarea de narrar los espléndidos años que pasó como entrenador en Can Barça.

Un Mundial es un Mundial

bbb6735912b3b24ba395baee473a2a1c3ceeae68Si hay un momento por excepción en el fútbol, es el Mundial. Un Mundial es un Mundial. Nada acelera tanto el ritmo cardíaco de un feligrés futbolístico. Los dos siguientes capítulos de Dios es redondo hablan de dos: el de Francia 98, que cerró el siglo XX, y el de Corea y Japón, en 2002,  que inauguró el XXI.

Sobre el primero de esos torneos, Villoro presenta la recopilación de los textos que escribió como corresponsal en París, a modo de diario, desde el 9 de junio (la víspera de la inauguración) hasta el 13 de julio (día siguiente a la final). «Los goles decisivos —afirma— son algo más que recuerdo: vuelven a suceder». Leer este capítulo refresca los recuerdos del Mundial en el que brillaron la Francia de Zinedine Zidane, que aún conservaba el pelo, y el Brasil de Ronaldo, quien en Francia se convirtió «en un delantero de leyenda, el protagonista de una página de Internet con quinientas mil consultas al año y el máximo vendedor de zapatos del mundo después de Michael Jordan». Fue el campeonato en el que Argentina tuvo «la obligación histórica de aprender a jugar sin Maradona». El Mundial en el que la prometedora España de Clemente y Raúl salió eliminada a las primeras de cambio.

Aquel año Villoro escribió para El País un artículo por semana: «Acepté hacerme cargo de los lunes porque es el día tradicional del periodismo deportivo, aunque eso significara asumir el sacramento de trabajar los domingos». En esos cinco lunes, Villoro recupera la derrota de Francia contra Senegal en el partido inaugural, el extravagante corte de pelo de Ronaldo, el rapado de Beckham o la gran final de marcas de zapatos: «La Alemania de los 22 Adidas se enfrentaba a la Brasil de los 22 Nike». El primer Mundial del siglo XXI, Villoro lo relata en cinco artículos. «Fue un Mundial raro: en Barcelona los partidos llegaban de Oriente al rayar el alba y había que verlos en las cafeterías», describe el autor, que por entonces vivía en la capital catalana. Y es que la empresa Vía Digital se había quedado con los derechos de la transmisión de los partidos en España y solo se emitieron en abierto los de la selección que en aquel mundial comandó José Antonio Camacho.

Entrevista al apóstol Valdano

En el capítulo 7, Villoro trascribe dos conversaciones que mantuvo, en distintos años, con otro ilustre del fútbol argentino: Jorge Valdano. En ellas, entre otros temas —como el Mundial de México, sus años en el Real Madrid o sus teorías futbolísticas—, conversan sobre Maradona, a quien Valdano conocía muy a fondo: «El único sitio en el que Diego se siente auténtico es dentro de la cancha, ahí vuelve a pisar tierra, vuelve a sentirse débil, vuelve a sentirse niño».

En 1986, Valdano fue uno de los 21 apóstoles argentinos que siguieron, a ras de hierba, al Dios hecho hombre en su cabalgada divina hacia el «Gol del Siglo», en su conquista de la Copa del Mundo. «Argentina podría haber sido campeona aunque yo no jugara —asegura—; no se puede decir lo mismo de Maradona. El campeonato ennoblece pero no a todos en la misma medida». Pero también fue testigo de su bajada a los infiernos. En Los cuadernos de Valdano, le dedicó un homenaje sincero a su excompañero de selección. Pero lo hizo con los pies en el suelo, como le cuenta a Villoro: «Diego perdió el sentido del límite demasiado pronto; se desentendió de la realidad y, como la celebridad impone mucho, nadie se animaba a contarle la verdad».

Mesurado como siempre, Valdano contesta acerca del futuro de Maradona como entrenador. «Diego era demasiado original para poder transmitir un mensaje; no creo que su magia, su prestidigitación pueda ser transmitida». Sin embargo, le reconoce el haber cambiado el sino de su selección. «Fue el iniciador de ese orgullo de pertenencia del jugador argentino. […] Después del 78 jugar en la selección empezó a ser un honor, y después de Maradona es lo máximo que puede ocurrir a un jugador argentino».

¡¡Priii, priii, priiiiii!!

En el último capítulo del libro, “Tiempo extra”, Villoro homenajea a Ángel Fernández, un locutor mexicano que marcó su infancia por la intensidad con la que retransmitía los partidos, como si fueran gestas de la Ilíada, y del que, seguramente, se embebió su estilo narrativo. Luego, el colegiado marca el final del partido y del libro. «Siempre me han parecido tristes los tres pitidos que señalan el final de un juego», dice Villoro. Ese sonido, esos tres latigazos de silbato, son para el aficionado —el fiel, el bueno— una pequeña muerte, que abre el camino de espera hasta que un nuevo silbatazo dé comienzo a un otro partido, a una renovada ilusión. Pri, pri, priii.

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7 comentarios en “El Dios redondo de Juan Villoro

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